Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 62
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Capítulo 62

Serena de Bravery

—Pudo tratarse de un simple truco.

—¿Un truco?

—Colocarlo allí sin estar, hacer parecer que participaba estando a millas de distancia. Algo que solo una bruja poderosa puede conseguir. Y si me dices que mi padre tiene tratos con ellas…

De pronto, Arthur se revolvió sobre sí mismo y, sin dejar de cobijarme, cambió de postura para mirarme cara a cara en una obvia señal de advertencia.

—Esas mujeres son muy peligrosas, Serena. Mucho. Solo ellas saben lo que son capaces de hacer.

—Al parecer, han mostrado un interés malsano por lady Helena. Pidieron tomarla como pupila o algo por el estilo.

—Entonces podemos decir que la hija de Corset está fatalmente marcada. Debe vigilar sus espaldas y evitar cualquier sombra de relación con las Crowder. Hace años, padre tuvo una historia tempestuosa, un amorío con Seraphine, una de las hermanas. Por lo que sé, acabaron bastante mal.

—Remitiéndome a los hechos, no lo suficiente como para no sentarse a conspirar juntos.

—Ya. Son un enemigo temible.

—Valent St. Claire tiene como primer objetivo cortar todo lazo de dependencia con ellas. Bryen prácticamente entregó la logia a las brujas.

—¿Por qué ese afán tuyo por una alianza?

—Salvará vidas, cariño. De otra manera, nos enzarzaremos en una matanza, una guerra sin fin que no conduce a nada porque, suponiendo que aniquilásemos a la Rosa Negra, otras facciones surgirían con el tiempo. El dinero y el poder despiertan el apetito. Los que no lo poseen no dejarán de intentarlo.

—Sin embargo, nuestras dos fuerzas unidas acapararían todo el mercado y nos harían invencibles —entendió Arthur, con una nueva luz en las pupilas.

—Exacto. Hay más que de sobra para repartir. No precisamos de un monopolio que cada año será más complicado de sostener.

Arthur esbozó una sonrisa, mirándome con una expresión de auténtica fascinación en el rostro.

—¿Cómo puede ser mi mujercita tan sagaz e inteligente? —Su dedo índice estirado resiguió el canal entre mis pechos— Querida mía, no te merezco.

—Bueno —respondí juguetona—, podrías empezar por acumular méritos donde mejor se te da, duque. Entre sábanas.

—Entre tus piernas.

—Eso también —reí recibiéndolo sobre mi cuerpo.

Me cubrió con su peso, trenzó sus dedos con los míos y tiró de mis brazos para colocármelos estirados por encima de la cabeza. Sin parar de besarme, devorándome la boca, los labios, la lengua.

Con una sed de meses convertida en ternura.

Mi querido esposo. Mi amante. Mi compañero de alma. Mi otra mitad.

Arthur mutó a dulzura su pasión de siempre. Esa noche sus besos fueron delicadas alas de mariposa recorriéndome el rostro, sellando mis párpados.

Las yemas de sus dedos viajaron por mi piel, de un extremo al otro de mi cuerpo. Desde el nacimiento del cabello suelto y desparramado sobre las almohadas hasta la punta de los pies. Con sedosa suavidad.

Con amor. Todo el amor del mundo.

Sin despegar los labios, únicamente con caricias, me confesó cuánto me amaba. Lo mucho que me había echado de menos. El borrón sin cuenta nueva en que se había convertido su existencia cuando me creyó perdida.

Y valiéndome de idéntica técnica, yo respondí que mis sentimientos eran suyos, mi razón de ser, mis despertares y mis vigilias, por entero, le pertenecían.

—El lobo… —susurré en un soplo casi inaudible, con su boca pegada al lóbulo de mi oreja, consiguiendo que se me erizara el vello con el toque de su aliento.

—Aunque mi cuerpo se encontrara en aquel ataúd, mi alma seguía libre y deseaba estar contigo.

—Me besó con cuidado la punta de la nariz y se apoyó en el antebrazo y el codo para observarme con adoración—.

Serena, esa parte de nuestra sangre que pertenece al universo de los lobos es inesperadamente poderosa.

Me concedió la oportunidad de ocupar otro cuerpo para no abandonarte.

Me permitió olfatear tu rastro por todo Londres hasta dar con el sitio donde te tenían prisionera. Fueron semanas buscando sin descanso.

Levanté una mano y enterré de nuevo los dedos en el mar denso de su pelo negro. Me bastó medio segundo para perderme en el azul cobalto de su mirada.

—Nunca me abandonaste.

—Nunca.