Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 61
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Capítulo 61

Serena de Bravery

El largo estertor de agonía que me llegó al oído y, que no me pertenecía, me empujó a recuperar la consciencia. A salir a trompicones del limbo en el que había caído y volver a palpar la realidad.

Arthur de espaldas, erguido cuan alto era, majestuoso y mortífero. Y Bryen con la estaca enterrada en mitad del pecho, desencajado por la sorpresa, mirando la parte que sobresalía sin poder creérselo, mientras su carne se iba plagando de diminutas grietas, transformándose en piedra color ceniza.

Cayó al suelo como un fardo rígido, con un gran estruendo, al tiempo que Helena empleaba su última bala contra el vampiro que había lacerado la mayor parte de su cuerpo.

Durante algo que olía igual que la eternidad, todos nos mantuvimos inmóviles, mudos, espantados, sin saber qué hacer a continuación.

Arthur fue el primero en reaccionar. Se arrodilló frente a mí, y con delicadeza, para no hacerme penar por mis lesiones, me abrazó entre lágrimas, me besó el cabello, la frente, las sienes, las mejillas… los labios.

Para volver al punto de partida y besarme de nuevo.

La desazón de la histeria no me permitía corresponder a sus gestos de cariño.

Yo solo temblaba como una pluma a merced de un huracán.

Y sollozaba. Sollozaba desde dentro, desde tan profundo, que temí que mis órganos vitales se hicieran añicos y no ser capaz de recoger los pedazos para recomponerlos.

—Serena, Serena, mi vida. Mi amor… Serena, mi duquesa.

Me dejé acunar por los brazos de mi marido, cálidos y acogedores como los recordaba, y sin que el llanto aflojara, mi pulso se fue calmando y tras un rato interminable, fui capaz de rodearle el cuello con los brazos y repartirle la miríada de besos que atesoraba desde hacía meses, por todo el rostro.

Intercambié una veloz mirada con lady Helena, que con mucho esfuerzo había abandonado el suelo y reptaba hasta el rincón donde Betsy seguía convertida en un ovillo encogido. La revisó y me hizo una seña con la que pretendía tranquilizarme.

Entonces, la hoguera que llevaba aleteando en el vientre saltó por los aires.

Reventó y me insufló la energía que me faltaba para arrastrarme hasta el cuerpo inerte de Bryen Winley, causante de todas nuestras penas. Me coloqué delante y repasé con ojos agotados la estaca en su pecho.

—No quiero que vuelva a la vida. Jamás. No quiero que nadie pueda sacarla de su corazón y permitirle seguir haciendo el mal —balbuceé atropellada—. Tú eres su descendiente, quedarías maldito si derramaras su sangre, pero yo… yo no soy nadie.

—Serena…

—Nadie salvo la persona que va a arrancarte el corazón, condenado engendro perverso.

Formé una garra con los dedos y no me permití el lujo de pensarlo.

En algún recóndito recoveco de mi ser, yo seguía siendo esa muchachita timorata que llegó a Shadow Hall a desposarse con el prometido de su hermana mayor. Con la mano libre arranqué la estaca y la otra la hundí entre los huesos de Bryen hasta que mis yemas rozaron el bulto de su corazón.

Lo rodeé con saña y lo extraje de un solo movimiento, violento, vengativo y lleno de rabia. No era más que un pedazo de piedra, pero sin él, Bryen jamás volvería a la vida. Lo levanté, triunfante, por delante de mi cara.

—Volvamos a casa.

Sellamos el acceso a la tumba jurando olvidarla por el resto de nuestras longevas vidas.

Salimos a la calle y solicitamos la ayuda de las autoridades alegando que habíamos sido asaltados y robados por una banda de maleantes.

Un coche de alquiler que nos condujera a casa, médicos que atendieran la gravedad de nuestras heridas y la ilusión de una nueva oportunidad junto a mi otra mitad.

Fue todo cuanto necesitamos para sentirnos plenos y felices.

Y aquella noche, con Betsy y lady Helena en sus respectivas alcobas, recuperándose del maltrato soportado, Arthur y yo nos reencontramos como pareja en el mar inmenso de nuestro lecho.

Curiosamente, ninguno de los dos consideró necesario desprenderse de la ropa.

Arthur llevaba unos pantalones de seda oscura holgados, el atlético torso al descubierto y su batín de seda azul penumbra.

Yo, mi camisón de encajes, azul pálido. Nos abrazamos, nos arrullamos como dos pajaritos, sintiendo el rítmico cántico de los corazones bajo la piel y así nos mantuvimos un largo rato, sin hablar.

Instalados en un silencio cómodo del que extraer el aroma del otro, la fuerza de su presencia y su calidez. Por fin, fue Arthur el que con voz ronca rompió el encanto, su mano dibujando caricias sobre la curva de mi hombro.

—Pensé que te había perdido para siempre. Aquella noche… cuando nadie supo darme razón de tu destino, cuando entendí que habías desaparecido, fue como si me arrancaran el alma de cuajo.

Me pegué todavía más a él, algo que ya resultaba imposible.

—No me hicieron daño, salvo separarme de ti y de Soley. Y lo tuyo… —Le pasé la palma por la mejilla, mis dedos se enterraron entre sus mechones— ¿Cómo fue lo tuyo?

—Recibimos un mensaje anónimo asegurando que te tenían encerrada en la vieja cárcel de Marshalsea.

—¡Pero Arthur…!

—Lo sé, lo sé, no me lo digas, apestaba a trampa por todas partes, aunque ignorábamos quién te tenía, Serena.

Podía ser mi padre, la Rosa Negra o cualquier otro.

Tampoco nos habían hecho saber qué querían, no habían pedido un rescate, no habían impuesto condiciones.

¿Qué otra cosa podía hacer? No iba a dejar de intentarlo por temerario que pareciese.

De haberme dicho que te tenían presa en la luna habría escalado de rodillas la montaña más alta.

—Y allí…

—Allí nos vimos metidos de lleno en una emboscada capitaneada por mi padre.

Dispuesto a cobrarse su venganza. Después de un largo enfrentamiento y de muchas bajas por los dos bandos, le grité a Corset que se marchara.

Estaba claro que aquello era entre Bryen y yo, los demás no iban a lograr nada quedándose, salvo perder la vida.

—¿No identificaste a nadie más conocido?

Arthur entrecerró los ojos, haciendo memoria.

—Por un momento me pareció ver…

—¿A lord St. Claire? —me adelanté poseída por el ansia.

El asintió con un cabeceo pensativo.

—Fue muy fugaz, solo un pestañeo. Quizá una ilusión. No vi que participara en la lucha. De hecho, no volví a verlo.

—Durante un tiempo lo acusé de tu muerte. Y quise borrarlo de la faz de la tierra. Sin embargo, me juró que esa noche no estuvo en Marshalsea. Y era cierto, yo fui testigo.