Capítulo 60
Serena de Bravery
Lo primero que llegó, devastador e imparable, fue el empellón que me alejó del féretro y me lanzó volando por los aires, de boca al suelo. Un huracán de humo oscurecido que se movía a velocidad de vértigo.
El golpe contra las losas de piedra me dejó aturdida unos segundos, lo bastante lúcida, no obstante, para contar hasta cuatro vampiros que nos atacaban, y ver a Betsy contraída de pavor y a Helena dispuesta a todo.
Me incorporé tambaleante. Yo no sabía luchar, pero lady Helena sí.
¡Vaya si era diestra!
Me quedé boquiabierta mirándola. El modo ágil y felino como esquivaba las acometidas de los guerreros, el disparo que efectuó en el centro de la frente de uno de ellos y la habilidad con que le arrebató la espada corta que llevaba en el cinto antes de que se desplomara al suelo, decapitándolo con ella.
Nadie me había enseñado a pelear cuerpo a cuerpo. Tanto mi hermana Rose como yo habíamos sido educadas como damiselas remilgadas que preferirían morir antes de empuñar un arma. Del mismo modo que, ni en mis más trágicas pesadillas, hubiese anticipado que acabaría convirtiéndome en vampiro.
No disponía de habilidad, aunque sí de motivación. Una tan implacable y poderosa como siglos de entrenamiento, que me lanzaba al peligro sin miedo a perder: la posibilidad remota de recuperar a Arthur.
Tenía que alcanzar la estaca del modo que fuera.
Betsy recibió un impacto brutal desde el antebrazo de uno de los atacantes, que la barrió por el espacio y la desplazó, desde su posición hasta chocar con el muro de piedra de la pared.
Estaba segura de que se había golpeado la cabeza.
Se quedó encogida en el suelo, con un fino reguero de sangre resbalándole por la sien hasta la mejilla.
Si era consciente de habernos conducido a una emboscada, acababan de castigarla de la peor manera. Recé, en cualquier caso, porque estuviera viva.
¿Y el lobo? ¿Dónde se metía el lobo?
Su ayuda inestimable habría sido vital en aquellos momentos.
Esquivé como pude las embestidas de dos de los vampiros, demasiado empeñados en que no me acercara al ataúd.
Helena disparó por la espalda a uno de ellos y la bala salió por la parte delantera de su tórax y fue a incrustarse en el muro de detrás.
A continuación, de un solo tajo, separó la cabeza del cuerpo.
Su compañero se abalanzó contra la muchacha con un aullido estentóreo que me hizo desear ser sorda.
El otro vampiro se concentró en mí.
Usó una garrota que portaba en las manos para golpearme la cabeza y, si bien yo carecía de dotes para la lucha, mis reflejos eran increíblemente agudos.
Pude zafarme, aunque solo en parte. Recibí el asalto en la parte trasera, muy cerca de la nuca.
El latigazo de dolor me quebró por la mitad.
Sentí náuseas y por unos segundos, todo alrededor se nubló y se volvió invisible.
—He dicho que las matéis —siseó una voz masculina desde la puerta.
A duras penas conseguí identificarlo. Aquel pelo claro, los ojos fríos.
Bryen Winley. Mi condenado padre político. La criatura más vil y monstruosa que había conocido hasta la fecha.
Trastabillando, conseguí incorporarme. Con Betsy fuera de combate, lady Helena y yo intercambiamos una mirada de angustia. Debían de quedarle pocas balas en la recámara. Pronto estaríamos las dos muertas.
No abandonaría este mundo sin intentarlo.
Me sujeté a la pared con los dedos como garfios ensangrentados y avancé hasta el féretro con su inestimable contenido. Por el rabillo del ojo vi al vampiro desplazarse nuevamente en mi dirección, enarbolando el palo por encima de su cabeza.
Sentí un alivio inenarrable cuando mis manos rodearon la estaca. Lo haría. Aunque tuviera que hacer uso de mis últimas fuerzas y expirara a continuación, lo haría.
Al mismo tiempo que yo tiraba del clavo hacia mí, la voz autoritaria de Bryen alertaba al vampiro y este se movió como una sombra en pleno vuelo, descargando su arma contra mi costado.
Pude oír el crujido de mis costillas al romperse.
Solo que esto tampoco me frenó. Sostenía triunfante la estaca en las manos, fuera del pecho de mi esposo.
Siseé con los colmillos fuera y me abrí la muñeca para que el chorro de sangre cayera sobre sus labios entreabiertos.
Cuando el vampiro se me echó encima dispuesto a partirme el cuello con sus manazas, no me lo pensé dos veces y le cacé el lateral de la garganta, a la altura de la yugular.
Mientras le chupaba la esencia vital, el ser empezó a sufrir una suerte de extrañas convulsiones. Pasados unos segundos, toda su piel se había tornado blanquecina, con el color y el aspecto de la cera, y el cuerpo se desmoronó ante mis ojos como un castillo de arena seca.
Herida y maltrecha, casi sin tenerme en pie, volteé para espiar a Winley, que me observaba con toda la malignidad de este universo concentrada en sus pupilas.
—Infernal sangre de lobo —farfulló—, maldita licania.
Deseé poder atacarlo. Ser capaz de despedazarlo con mis propias manos.
A mis espaldas, Helena daba lo mejor de sí en una lucha sin cuartel contra el vampiro más robusto de los cuatro que nos habían agredido.
Habría querido servir de alguna ayuda, sin embargo, mis costillas destrozadas convertían el mero acto de respirar en una agonía.
Y apenas si veía con normalidad después de aquel testarazo en la coronilla.
Vi, espeluznada, el modo sinuoso como Bryen se acercaba. Con tanta maldad en sus hermosas facciones encabritadas, que gemí de puro miedo.
—Tú tienes la culpa de todo, condenada mujer.
Desde el momento en que llegaste a Shadow Hall, con tu repugnante vínculo lobuno.
Con tu perfume letal de amor verdadero. Me robaste a mi hijo, destruiste todos los planes que tenía para nosotros y nuestro linaje.
No recuperaré lo perdido, pero voy a compensar tanta miseria viéndote sufrir.
Voy a matarte tan despacio que suplicarás por…
—¡Aléjese de ella!
Pensé que soñaba. Que la debilidad y la falta de sangre me habían sumido en el sopor profundo previo al final y que sufría alucinaciones.
Arthur.
Arthur frente a su padre, interponiéndose entre sus promesas de muerte y mi persona.
—Hijo mío —jadeó Bryen con algo semejante a la emoción contenida—. Todavía podemos conseguirlo. Estamos a tiempo de ser lo que estamos destinados a ser. Sangre de mi sangre. Acaba con ella.
Arthur no se movió. No se giró a mirarme, ni siquiera por encima del hombro. Se agachó, después de un tenso lapso y tomó en su mano derecha la estaca que yo le había arrancado del pecho.
¿Iba a clavármela?
Si decidía ser fiel a su apellido, a su progenitor, y atravesarme el corazón con aquella púa, no podría defenderme. Apenas si acertaba a meter aire en los pulmones, el pecho me burbujeaba como si estuviera hueco y lleno de monedas.
Mi pensamiento final fue para Soley, mi amado hijo.
Deseé que conservara la bondad que tanto su padre, el Arthur a quien yo conocía, no aquel ser recién resucitado que podía ser cualquier cosa, como yo, le habíamos inculcado.
Y cuando Arthur buscó mis ojos con los suyos, rotundos y oscurecidos tal que una noche de tormenta en el mar, supe que todo había acabado.
Dejé caer los párpados, preguntándome cuán intenso sería el tormento que sentiría mientras la estaca me partía en dos el esternón y se me clavaba en el corazón.