Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 59
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Capítulo 59

Serena de Bravery

Noté el aguijonazo en mitad del corazón y el latido que se saltaba al pararse.

—¿Está vivo?

—No, pero sé dónde ocultaron su cuerpo, milady.

Me llevé las manos trémulas a la base de la garganta, a ver si así conseguía que me entrase más aire.

—¡Oh, Betsy! ¿Estás segura?

—¡No la escuche, duquesa! —insistió Helena, agobiada— ¡No se le ocurra escucharla! Sus frases son engaños, maquinaciones plagadas de ponzoña.

Ella no lo entendía. ¿Cómo iba a poder entenderlo? Ignoraba los vínculos que siempre habían existido entre Betsy y yo.

—Tengo que ir, Helena. Si Arthur está en alguna parte, si recupero su cuerpo… Al menos podré enterrarlo. En Highgate, en su lugar favorito.

—No me cabe duda de que está conduciéndola directa a una trampa —insistió entre dientes.

—Puede, pero ¡necesito saber si es cierto! ¡Lo necesito!

—Los oí, señora —prosiguió Betsy, con voz estrangulada—. El antiguo duque dijo que su sangre quedaría maldita por atentar contra su descendiente.

—¡Es peligroso! —chilló Helena, al borde de la histeria.

Desesperada por no lograr hacerme entrar en razón.

—El caso es que no le importaba —zanjó Betsy con la mirada perdida.

Tal que si recordase una escena dantesca y dolorosa.

—El lobo nos acompañará —decidí.

—¡No basta! —volvió a intervenir Helena—. Permita al menos que avise a lord St. Claire.

—No lo metas en esto, Helena. Es una cuestión familiar, debe quedar entre nosotros. Valent tiene suficiente mugre alrededor de la que defenderse.

Giré hacia Betsy, que todavía me sostenía con fuerza las manos. Le devolví el apretoncito tratando de leer en sus ojos si me estaba engañando. Sus pupilas dilatadas no me dijeron nada.

—¿Dónde es? ¿Dónde está?

—En la vieja Casa de la Rosa Negra, milady.  Allí lo dejaron.

El mundo y mi realidad dieron una delirante vuelta en torno, cuando Betsy nos condujo directamente a lo que había sido la habitación de mi encierro y reconocí cada pulgada del espacio.

Los mismos muebles, abandonados del modo en que estaban cuando escapé.

Las manchas de sangre de los centinelas a los que el lobo atacó, resecas y ennegrecidas en el suelo junto a la puerta.

La lujosa mansión vecina de la Casa de Eglantine, esa especie de club privado para caballeros que los Reales habían inaugurado para poder reunirse y hacer negocios con absoluta impunidad, lejos de los ojos humanos, ahora estaba abandonada y desierta.

Ni un ruido más allá del crujido de los suelos de madera al avanzar y la queja de los escalones conforme ascendíamos de planta.

Lobo permaneció en el corredor frente a la entrada de la alcoba, en el mismo lugar que en su día habían ocupado los guardianes, desempeñando una función idéntica, mientras nosotras nos movíamos por el cuarto siguiendo los avances de Betsy.

Noté la tensión de Helena, que había acudido a regañadientes, por no dejarme a mi suerte, pero que no acababa de relajarse, con una pistola de balas de plata en la mano, lista para ser disparada.

Los ojos de mi doncella recorrieron la pared frontal, esa donde se apoyaba el cabecero de mi cama, como buscando alguna fisura invisible, difícil de ver.

Por un instante, la imagen de una mujer que sufría, ataviada con una larga túnica blanca semitransparente, atada de tobillos y muñecas a aquel lecho, mi propia imagen, me asaltó y me sacudió como el peor latigazo.

Solo el chasquido de lo que parecía ser una puerta disimulada en el artesonado de la pared y la exclamación de entusiasmo de Betsy al hallarla, me devolvieron a tierra.

—Debe de ser aquí, duquesa —indicó la muchacha con un hilo emocionado de voz—. Por lo que escuché…

Revestida de la mayor imprudencia, confieso que mi anhelo ganó la batalla a la cordura, me abalancé contra aquel agujero de negrura, sin encomendarme ni al cielo ni a los infiernos.

Creo que lady Helena me chilló un aviso desde fuera, aunque preferí no atenderla.

La portezuela comunicaba con un corredor angosto y sin iluminar, construido en piedra, que me recordó al acceso a la cripta en mi propio hogar.

Unos pasos por detrás, Betsy acababa de entrar con una palmatoria y una vela encendida entre los dedos crispados.

No me paré a esperar a Helena. Tampoco al lobo.

El pulso me latía desbocado.  En el pecho. En la garganta. Contra las sienes.

No sé qué esperaba encontrar, si bien, fuera lo que fuese, si tenía que ver con Arthur, con el amor de mi vida, lo recibiría con los brazos abiertos y el alma henchida de pasión.

Llegamos a la carrera allí donde el pasillo se ensanchaba y de pronto lo vi.

El ataúd.

Tosco, de madera barata sin labrar, con el interior crudo, sin almohadones ni forros acolchados que amortiguaran la aspereza del contacto. Y dentro…

Arthur tenía clavada una estaca de madera en el corazón y parecía haberse convertido en piedra. Una bella estatua de mármol idéntica a como era en vida.

Por lo demás, lucía intacto.

Mirarlo me desgarró el alma. Quise tocarlo, aunque mi mano no llegó a completar el movimiento. La alcé, la dirigí a su rostro…, y se quedó en el aire.

—Milady, ¿es el duque? —preguntó Betsy con la timidez que yo recordaba.

Helena nos miraba perpleja desde el acceso, sin dejar de vigilar el corredor, el pistolón listo para vomitar su mensaje de muerte.

Del lobo no vi ni rastro.

Con sumo esfuerzo conseguí calmar mi respiración acelerada. Logré que no me faltara el aire y que la visión, que se había vuelto borrosa, se aclarara de nuevo.

¿Qué se supone que debía hacer? ¿Arrancar de su pecho aquel espantoso clavo?

Había muchos detalles de la naturaleza vampírica que todavía se me escapaban.

Arthur era noble, aristócrata, con todo lo que ello implicaba: su inmunidad al sol, mayores poderes, sin embargo, no era un sangreazul como Soley, nacido vampiro.

¿Habría detenido la estaca su existencia manteniéndola en pausa, en lugar de matarlo? ¿Había querido Bryen eximirse de culpa al atentar contra su propio hijo, al derramar su sangre, usando aquel método medieval?

Y lo más significativo de todo, ¿volvería Arthur a la vida si lo libraba de aquel suplicio?

De repente, la esperanza dejaba de ser un sueño fantasioso y se convertía en una maravillosa posibilidad.

Se me cerró la garganta, consumida de inquietud.

Muy lentamente, levanté ambas manos, cuyo destino era envolver la estaca por su parte superior, para poder tirar fuerte y extraerla.

Cada vez que mis pupilas se desviaban hacia Arthur, hacia su piel de alabastro, sus altos pómulos, sus largas pestañas proyectando sombras, sus labios inigualables privados de color… Temblé.

Temblé hasta el tuétano de los huesos.

Y en lugar de aferrar el punzón de madera, ahora sí, resbalé los dedos hasta su cara y deposité allí, en el hielo de su piel petrificada, una caricia.

Esos valiosos segundos que me permití malgastar fueron mi perdición.