Capítulo 58
Serena de Bravery
Los tres días que siguieron a aquella desbocada jornada, con todos sus sobresaltos y colosales errores, fueron de paz absoluta.
Incluso me atrevería a decir que de aburrimiento, acostumbradas como estábamos, tanto lady Helena como yo, al ritmo tenso, a la angustia suprema de los días en la Rosa Negra.
Ahora tocaba vivir como las damas de alta sociedad que éramos, rodeadas de recato y pulcritud: tomábamos té, nos leíamos novelas en voz alta la una a la otra, paseábamos por el jardín o en carruaje por Hyde Park.
Con el corazón en vilo, esperando noticias de Valent.
Cada una en las antípodas de donde se encontraba la otra.
Yo deseando escuchar que Bryen ya no existía; no importaban los métodos. Helena, temerosa de que, a causa de esa misión, el hombre al que amaba se viera en aprietos o resultara herido.
Y por fin, una tarde a la hora del aperitivo, los cielos o los infiernos escucharon nuestras plegarias y sonó frenética la campanilla de la puerta. Las dos nos agitamos en nuestros asientos, impresionadas, suponiendo que el mayordomo acudiría a anunciar la llegada de lord St. Claire.
El sirviente apareció, en efecto, con aire contrariado. Sospechoso, si teníamos en cuenta que quien venía de visita era un noble de alta cuna.
—Su Gracia, hay una muchacha que se empeña en verla.
Arqueé las cejas, interesada.
—¿De quién se trata?
—Esa es la cuestión, milady. La muchacha se obstina en no dar su nombre…
—¡Duquesa!
La criaturita se coló de malas maneras por debajo del brazo extendido del mayordomo, dejándose ver. Una muchacha que, a juzgar por su extrema palidez, no debía de ser humana, sino vampiro, y cuya visión me trastornó a tal extremo, que caí redonda al suelo, desvanecida.
Desperté al cabo de unos minutos, recostada en el sofá, con lady Helena abanicándome y tres doncellas revoloteando con el frasco de las sales, por si volvían a necesitarse. No obstante, mis ojos recorrieron el espacio con ansia buscando a la inesperada visitante y no pararon hasta localizarla.
En un rincón de la sala, recibiendo de lleno el resplandor del fuego en la chimenea, con las manos enlazadas contra el regazo, como solía ponerlas, y los labios apretados en una mueca de desconsuelo.
—Betsy… ¡Betsy!
—Señora.
Las criadas se apartaron para dejarla avanzar y Helena se hizo a un lado para que la buena de Betsy, que venía con los brazos extendidos en mi dirección, ocupara su puesto. Nos fundimos en un abrazo de hermanas, ante el estupor de todas las presentes.
—¡Betsy! ¡Betsy querida! —Le aferré la cara con ambas manos para poder mirarla bien, para asegurar cada uno de sus rasgos— ¿Eres tú? ¿Dónde has estado? ¿Qué ha sido de ti todo este tiempo?
—Ay, duquesa —lloriqueó sin querer soltarme—, ay, señora, si le cuento…
La tomé de la barbilla y la obligué a girar su rostro a derecha e izquierda, para seguir estudiándola, desde todos los ángulos. La saliva se me volvió salmuera. Ordené a las doncellas que abandonaran la estancia y nos dejaran solas.
—¿Quién te ha convertido? —pregunté a bocajarro en cuanto dispusimos de intimidad— ¿Quién fue?
En primer lugar, pensé que no me respondería. Betsy estaba histérica, temblando, a punto de echarse a llorar. Y yo no le andaba a la zaga. Con el corazón en la garganta, a pique de saltarme fuera de la boca.
Desde su silla, lady Helena nos contemplaba por completo perpleja.
—Oh, Helena, tú no conoces a Betsy. Mi… doncella personal de toda la vida. Desde niñas —añadí acurrucándole una mano helada entre las mías.
—Encantada —susurró la hija de lord Corset con una amable sonrisa, aunque manteniendo las distancias.
Betsy no acertó a corresponderle. Ni me soltaba las manos ni apartaba de mí sus ojos. En una ocasión excepcional como aquella, le perdoné la falta de modales.
—Desapareció de Shadow Hall hace años, de la noche a la mañana y sin ninguna razón de su paradero o explicación.
—¿Y no le parece una muy sospechosa casualidad que después de tanto tiempo aparezca ahora así, sin más, tal y como están las cosas?
Pestañeé confusa.
¿Por qué se mostraba Helena tan recelosa?
¿O era yo que, ante el júbilo de reencontrarme con mi querida compañera de vida, no sabía ver el peligro aun teniéndolo delante?
—Es que no tiene a nadie más en Londres —le expliqué—. Yo soy su única familia, ¿verdad, Betsy? ¿Verdad que nos conocemos desde la infancia?
El llanto de Betsy, hasta entonces un gimoteo sordo cercano a un lamento, arreció, como si escucharme la mortificara.
—Sí, duquesa, usted es todo lo que tengo.
—¿Por qué te fuiste de aquella manera? ¿Tienes idea de lo mucho que me hiciste sufrir con tu desaparición?
—Excelencia, se lo contaré, se lo contaré todo en cuanto me sea posible. Pero ahora tiene que venir conmigo.
—¿Ir contigo? ¿A dónde?
—Tiene que venir conmigo —repitió agobiada—, debo enseñarle algo… Algo muy importante, duquesa. Mucho.
—Pero… ¿a dónde? ¿De qué se trata?
Helena se puso en pie de un brinco y se interpuso. Tomó a Betsy por los hombros, sin contemplaciones, y la zarandeó sin piedad.
—¿Quién te convirtió, muchacha? La duquesa te ha preguntado. Dilo de una vez. ¿Quién?
La miré resentida. A ella y a su maldita suspicacia.
—Betsy jamás me haría daño —recalqué—. No levantaría un dedo para herirme.
—Antes moriría, milady, usted lo sabe bien, pero…
—¿Quién fue? —insistió Helena sin perderla de vista— ¿A quién has servido todo este tiempo que no has estado con Su Gracia?
Los ojos vidriosos de Betsy trataron de zafarse de aquella mirada hostil, buscando consuelo en la dulce agua de mar de mis iris.
—Yo… milady…
—¿A quién sirves? ¿Es al antiguo duque de Bravery? ¿Es a él?
La muchacha hundió la cabeza como si le hubiesen tirado de una soga atada al cuello. Y a mí estuvo a punto de darme un ataque.
—Me he escapado.
Expulsé de golpe el aire de los pulmones. Retrocedí horrorizada dos pasos, con los ojos desencajados y una mano sobre el corazón.
—El… ¿duque?
—¡Señora! Me entregaron a él como alimento cuando estaba encarcelado.
—¿Quién cometió semejante abominación? —logré preguntar tras muchos intentos vanos.
—Una criada de la mansión, milady. Y él decidió convertirme en lugar de matarme, para tener un entretenimiento mientras le llegaba la muerte.
No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Has estado a su lado todos estos años?
Betsy asintió muy avergonzada.
—No es de fiar, duquesa —me advirtió Helena en tono afilado—. Viniendo de donde viene, sería una equivocación terrible confiar en ella, no importa el cariño que usted le profese.
—¡Tiene que escucharme! —se exasperó Betsy, tomándome las manos por la fuerza entre las suyas—, me enteré de algo. Algo acerca de su esposo… su duque.