Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 57
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Capítulo 57

Serena de Bravery

Bajé a la cripta con la mente de par en par. Abierta a cualquier cosa que hubiese podido suceder, lista para enfrentarme a lo que fuera.

No me esperaba que, sirviéndose de la plataforma que se encontraba de este lado del riachuelo y que después había empujado para devolverla a su lugar, lady Helena hubiera cruzado el lecho de agua en movimiento, quedando tan aislada como Valent, solo para acompañar a su amado y curarle las heridas.

La encontré sentada en el suelo, con la cabeza del conde sobre su regazo, acariciándole embelesada el pelo. Se las había arreglado para extraer la lanza y era de suponer que la monstruosa herida generada ya estuviese curando.

Juntos eran el vivo retrato del amor más puro. Como Arthur y yo en nuestros tiempos. La congoja me apretó el nudo en la boca del estómago y un caudal de lágrimas ácidas me inundó los ojos.

—Lo siento. He estado a punto de cometer un imperdonable error —admití nada más llegar.

Allí estaba el lobo blanco, en mi orilla del río. Indemne. Entero. Saludable. Suspiré de alivio. Él sabía la verdad, que St. Claire no era culpable de los cargos que yo le imputaba, por eso trató de impedir que lo hiriese por segunda vez.

No había sabido entender su lenguaje mudo, sus miradas llenas de sentimiento.

Me planté frente a ellos, con el agua como muro separador y un pesar insoportable en el corazón.

—¿Cómo está?

—Saldrá de esta, es cuestión de un par de horas que la herida se cierre. Es profunda, aunque sus capacidades como vampiro, apabullantes.

—Espero que pueda perdonarme.

—Estamos en paz, duquesa —murmuró él sin modificar su postura. Curioso que, desde lejos, pudiera oírlo a la perfección—. Yo mutilé su dignidad y ahora usted ha mutilado la mía. No hay nada por lo que deba pedir clemencia.

No acababa de estar de acuerdo. Sin obviar que el secuestro me había herido, estar privada de libertad, su lujuria desatada ante mis ojos con la sola intención de provocarme…, esa no era la cuestión principal.

Si St. Claire estaba allí aquella noche era por Arthur y solo por él.

Y ahora resulta que no era responsable de su muerte. Me sentí abochornada.

—Mi oferta de tregua sigue viva —le recordé—. Y me temo que ahora el enemigo a vencer sean el segundo y el tercer príncipe de la Hermandad. Demasiado ambiciosos para su propio bien.

Caminé hacia la plataforma, la incorporé y, sin necesidad de ayuda, la tendí a través del riachuelo, franqueándoles el paso.

—Helena, podéis quedaros a pasar la noche. El conde no está en condiciones de trasladarse a ninguna parte. En cuanto a tu padre…

—Mejor no lo mencione. Discuto con él sin parar. Es nuestra única rutina desde que regresé. Sé que Valent anda preocupado por mí a causa de las hermanas Crowder, que me pidió que permaneciera en casa, donde estaría más segura. Pero juro que satisfacer ese deseo suyo se me hace imposible.

—¿Las hermanas Crowder? ¿Qué ocurre con ellas?

Había cruzado el puente y le tendía una mano amiga a Helena que, en cuanto estuvo de pie, se arrojó sollozando a mis brazos.

Le devolví la caricia, emocionada.

Luego, entre las dos, levantamos a Valent y, a trompicones, lo sacamos de la cripta.

Ordené que les preparasen dos habitaciones, que las doncellas atendiesen las heridas de milord y le suministraran un reconstituyente y una tisana con algo de láudano para que reposara, mientras Helena y yo, sentadas junto a la chimenea, en mi salón favorito y con el lobo aovillado a mis pies, nos sumergíamos en el fascinante mundo de las brujas y su inexplicable interés por mi joven amiga.

Al despertar, estuve tentada de esconder mi vergüenza bajo la cama, desayunar en mi gabinete, a solas, librándome del mal trago de encarar a Valent, ya perfectamente recuperado.

Sin embargo, no sucumbí al impulso. Mientras me vestían de mañana, me dediqué a analizar la situación y nuestra posición lastimosamente precaria.

Bryen seguía vivo, atesorando, al parecer, más poder que nunca al frente de la logia, yo me había enemistado con los príncipes, Valent St. Claire estaba condenado a muerte, igual que nuestro proyecto de alianza parecía abocado al fracaso.

Sería complicado salir ilesos de todo aquello.

Me reuní con la feliz pareja en el comedor de diario. Y limité mis referencias a los desafortunados sucesos de la noche anterior a un lacónico «¿cómo se encuentra hoy, milord?» que Valent respondió con gentileza y hasta podría decir que con agradecimiento.

—Pierda cuidado, duquesa —añadió—. Tiene mi palabra de que acabaré con Bryen. Del modo que sea y a costa de lo que sea. Lo haré desaparecer.

—Hágame saber si puedo serle de alguna ayuda.

—Usted, entretanto, trate de salvaguardar las relaciones con el segundo y tercer príncipe, aunque solo sea para no empeorar las cosas.

—De acuerdo. Helena, tú te quedarás conmigo.

La muchacha me miró con un pestañeo confuso.

—No pretenderías mudarte a la residencia de St. Claire.

Semejante escándalo sería un golpe del que tu reputación no se recuperaría en la vida, ya no eres una iniciada.

—Alcé una mano abierta para interrumpirla antes de que iniciara su apasionado sermón—.

Sé que vas a decirme que tu buen nombre no es algo que te preocupe, pero el conde estará conmigo en que a nosotros sí.

Y a ti también, querida, pasado un tiempo.

—Coincido con la duquesa —murmuró St. Claire, para disgusto de Helena.

—Tu padre no pondrá demasiados inconvenientes a que permanezcas aquí conmigo. Soy una dama viuda y respetable, necesitada de compañía; velarme, tu buena obra, nadie se atrevería a criticarnos.

La joven se lo pensó unos minutos, durante los cuales observó el mantel, enfurruñada y muda. Con los labios fruncidos y los ojos demasiado brillantes. No obstante, por encima de su terquedad, al final claudicó.

—De acuerdo. No niego que es lo más acertado, excelencia. Residiré en Shadow Hall con usted hasta que todo este embrollo se resuelva.