Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 56
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Capítulo 56

Serena de Bravery

La quejumbrosa confesión, debilitada, aunque digna, me alcanzó de lleno en el centro del alma.

«No he matado al duque».

Maldito fuera lord St. Claire. Maldito fuese, porque, por todos los infiernos, sonaba sincero.

—La noche aciaga en que murió lord Bravery, yo la pasé en su alcoba, duquesa. En carne y hueso frente a sus ojos. Con la iniciada de nombre Lia.

Se me disparó la respiración. De repente, mi pecho subía y bajaba agitado, como si de un momento a otro fuese a estallar y mi memoria daba bandazos dolorosos.

—Haga las comprobaciones que estime pertinentes. Descubrirá que no miento.

Miré a Helena.

—¿Puedes dar fe de lo que afirma?

—Desconozco cuándo sucedió lo de su esposo —respondió con toda honestidad.

—Puede comprobarlo si lo desea —insistió el conde desde su deshonrosa posición— ¡Hágalo con todos los medios a su alcance! ¡Compruébelo!

—Pero lord Corset me dijo… —balbuceé para mis adentros.

—Yo le creo —intervino apasionada Helena—. Si lord St. Claire afirma que no fue él, yo creo en su palabra. Y quien quiera que le haya dicho lo contrario, la engaña. De seguro, los que quieren usarla para alcanzar sus propios fines.

—Sabes que estoy refiriéndome a tu propio padre, ¿verdad que sí? —recalqué con intención.

—Incluyendo a mi padre —sentenció ella sin amilanarse.

Siguiendo a mi instinto, tomé una decisión precipitada que me zarandeó de pies a cabeza.

—Debo ir a confirmar algo. Algo trascendental. Helena, ¿me esperarás aquí?

La muchacha me miró confundida, con un parpadeo nervioso y los labios resecos.

—Ahora sé de tus sentimientos hacia el conde. Y los respeto. Sin embargo, también te digo que si le dejas escapar, no voy a perdonártelo. Consagraré mi vida entera a perseguiros y acabar con vuestra existencia. Al fin y al cabo, no tengo otra misión o causa más loable en esta eternidad mía.

Lady Helena esbozó una amarga sonrisa.

—Puede ahorrarse las amenazas, duquesa. Supongo que dejará aquí a su pavoroso lobo para que nos vigile.

—Si se os ocurre hacerle el menor daño…

—Sigo siendo la misma que era, milady. En estas semanas separadas no he enterrado mi nobleza, de eso puede estar segura. Por más que le cueste creerlo, no pienso traicionarla.

Agité la cabeza, tratando de que el remolino de ideas que me aturdía no se hiciera con el control de mis actos.

Un último vistazo apresurado al conde, que soportaba estoico el espeluznante dolor que debía de estar originándole la plata, otro a mi amado lobo blanco, que inclinó ligeramente la cabeza como si asintiera, y abandoné la cripta de Shadow Hall a la velocidad del rayo.

No eran horas de visitas. Aquello era una grosería sin nombre y una temeridad, aunque por la sangre de mi estirpe que Corset iba a responder a mis preguntas. Iba a aclararme de una vez por todas a quién pertenecía la mano ejecutora que asesinó a Arthur. En su calidad de testigo me lo diría.

Así tuviese que arrancarle la información a dentelladas.

—¿Desea tomar algo? ¿Una infusión? ¿Una copa de licor?

—Como comprenderá, conde, no he venido hasta aquí pasado el horario que se estima decente, para intercambiar cortesías. Quiero que me diga quién mató a mi esposo. Y esta vez, quiero que me diga la verdad.

—Ya le dije que…

—¡La verdad!

Allistair torció el gesto. No se esperaba mi reacción, tampoco mi hostilidad.

Ni imaginaba en lo más peregrino, que tuviese cautivo a St. Claire en los sótanos de mi mansión.

Aquel condenado mentiroso, político manipulador no sabía nada, lo ignoraba todo.

Aunque a juzgar por su hermetismo y el músculo que le tiritaba en la mandíbula, tampoco me pondría fáciles las cosas.

—¿Por qué causa no ha atacado a la Rosa Negra desde que sabe que St. Claire forma parte de ella? —lo hostigué—. Podría haberlo hecho detener. Podría haberlo torturado para que confesara. Sin embargo, ha preferido esperar. No ha movido un dedo.

Le concedí turno de palabra para que iniciara su testimonio, mas en lugar de eso, se concentró en servirse una copa tras otra, hasta un total de tres.

—Usted sabía que la logia estaba operando —insistí—. ¡Tenía una espía infiltrada! ¡Su propia hija! Según sus palabras, milord, ¡conocía al asesino! ¡Sabía bien de qué hilo tirar y no lo hizo!

—¿Y qué me dice de usted? Pudo acusarlo, al menos, de secuestro. ¿Sabe lo que vale la palabra de una dama de alta alcurnia como la suya?

—¿Frente a la de un conde? Poca cosa, milord. Ustedes, los hombres, se han encargado de ello. De silenciarnos y colocarnos al fondo de la sala.

—Ahora es la primera autoridad de los Reales. Puede hacer que lo descuarticen si es lo que desea. Pero no, ¿se da cuenta? Todos tenemos nuestros secretos escondidos bajo el suelo, duquesa, nuestras razones ocultas.

Endurecí el gesto. No iba a permitir que se fuera por las ramas.

—¿Quién mató a Arthur? —repetí con gelidez.

Corset dejó caer la cabeza como si no pudiera soportar su peso ni un segundo más.

—Ya le dije… —arrancó, pasando las palabras por el suelo.

—¡Lo que me dijo no era cierto! ¿Quién mató a mi esposo? ¡Dígame la verdad!

Por un instante temí que Allistair se derrumbara como un fardo sobre sus alfombras. A duras penas venció el tambaleo.

—Fue Bryen Winley, ¿cierto? —lo acosé, viendo que no reaccionaba—. Fue su padre, como todos pensamos en un principio. Pese a ello, usted desvió mi atención. Prefirió acusar en falso a St. Claire, liberando a ese monstruo de sospechas. ¿Por qué, conde?

Sacó el aire de los pulmones en una especie de lamento y hundió la cabeza contra el pecho. Vi como los restos de mi paciencia volaban por las ventanas.

—¿Por qué lo hizo? —rugí fuera de mí.

Allistair se encogió sobre sí mismo.

—¡Porque Bryen ya estaba muerto! ¡St. Claire tiene cuentas pendientes con su mentor, cuentas del pasado! ¡Va a matarlo! No sé cuándo, un día de estos, temprano o tarde, pero su suerte está echada y es negra como su sangre. En cambio, St. Claire…

La luz me estalló en la mente, como un fogonazo brutal.

—St. Claire le estorbaba —proseguí tomando su lugar—.

Y como no se atrevía a ajusticiarlo usted, porque es un mísero cobarde, decidió que yo lo haría en su nombre.

Así, de un solo movimiento, se habría librado de los dos dirigentes vitales de la Rosa Negra.

Su rival desaparecido, recuperaría el mercado del opio, el control sobre el resto de negocios, acaparando el poder como hasta ahora, en una Casa única.

¿No es cierto, milord? ¿Fue idea suya, o ha sido Ravenclaw quien se lo ha propuesto?

Tal y como esperaba, Corset no reunió el valor suficiente para responder. Mucho menos para oponerse.

—Son ustedes tal para cual —escupí con desprecio—, deberían sentir vergüenza. No sé qué creí esperar de un hombre que ha perdido el honor, que se ha rebajado a exponer a su propia hija a las peores vejaciones con tal de conservar el mando.

—Helena es una muchacha rebelde y descastada que no sabe cuál es su lugar.

—Oh, créame, sí que lo sabe. No se merece la hija que tiene, Corset. Ella es demasiado valiosa para llevar siquiera una gota de su sangre.

Ahí acabó todo. Ya no había más que decir.

El conde no reconocería sus errores y yo estaba a punto de vomitar si tenía que soportar un minuto más su presencia. Lo sentía por Marianne. Mi amiga era inocente y buena, merecía a su lado un ser mucho menos mezquino.

Giré sobre mis talones y desaparecí, dejándolo derrotado, exhausto y confuso.

Mi carruaje me llevó de regreso a Shadow Hall en menos tiempo del esperado.