Capítulo 55
Valent St. Claire
Cuando separé los párpados y observé lo que me rodeaba, deseé estar muerto.
Después de todo, milady no había usado veneno. Al parecer, lo que había vertido en mi copa no era más que un narcótico para conducirme a aquella suerte de catacumba subterránea, a cuya pared me tenía encadenado. Con un riachuelo corriendo por delante, imposibilitando mi fuga.
Mi maldición. Mi fin.
En la cabeza se había desencadenado una tempestad que me torturaba con sus punzadas.
Las cadenas y grilletes apestaban a plata y me abrasaban la piel con su roce.
Cuando la visión fue menos borrosa, pude fijarla al otro lado del río y descubrí a la duquesa, cómodamente sentada en una butaca con el lobo a su costado, acariciándole el lomo, los ojos de ambos fijos en mí.
—Bienvenido al infierno, milord.
No me molesté en responder. ¿De qué iba a servir?
Ya estaba muerto.
Sospechaba que antes de poner fin a mi larga existencia, Serena trataría de obtener cuanta información pudiera acerca de la Rosa Negra. Y no se la daría. Poco importaba el dolor que me infligiera, no delataría a los míos ni los pondría en peligro. No sacaría de mí la menor ventaja.
Sin embargo, sí le sostuve la mirada. Dura y desafiante.
Pasados unos minutos de denso silencio, milady se levantó, tomándose su tiempo para atemorizarme. Llegó hasta un reposaaceros de madera en el que no había reparado hasta entonces, en cuyas baldas descansaban hasta quince lanzas o jabalinas de un material que brillaba como brilla la plata.
Tragué saliva con sumo esfuerzo.
Serena tomó una lanza poco gruesa, tan afilada que, desde mi posición, pasado el riachuelo, podía comprobar cómo destacaba la punta. La recorrió con dedos ágiles, recreándose en su letalidad, y una turbia media sonrisa dedicada a mi tortura.
Se posicionó de frente, con la jabalina en las manos. El río nos separaba. Por un momento solo se oyó el rumor del agua en movimiento y los residuos de la ponzoña que me tronaba en los oídos.
Antes de que pudiera percatarme de que se había movido, la lanza volaba por los aires y llegó a clavarse en mi costado, bajo las costillas. El latigazo de dolor fue espantoso. Peor aún, la sensación de quemazón creciente, casi insoportable, allí donde la jabalina se había hundido.
Levanté los ojos y busqué a la duquesa, que seguía vigilándome. Una gruesa gota de sudor resbaló por mi frente. Iba a coger otra. La lanzaría contra mi cuerpo y, poco a poco, el poder de la plata me devoraría como un nido de insectos carnívoros.
Algo que no esperaba ni en mis mejores sueños, fue que el lobo blanco se le atravesara en el camino. La bestia se colocó delante del armero obstaculizando sus movimientos, estorbando e impidiendo que Serena se hiciera con la segunda lanza.
Milady le dirigió una mirada de honda incomprensión.
—¡Duquesa! ¡Duquesa, Por lo que más quiera! ¡Deténgase!
El grito que rasgó el silencio me atravesó el alma y me la hizo pedazos con más efectividad que las lanzas de su gracia, la duquesa. La esbelta silueta apareció de la nada, surgida de la oscuridad, el cabello largo, alborotado y rojo. Los ojos centelleando como luceros en mitad de una tormenta.
Helena.
¿De dónde había salido aquella muchacha insensata?
La duquesa de Bravery la contempló sin salir de su asombro.
Ya no era únicamente el lobo quien le impedía lanzarme el siguiente proyectil de muerte: también la pequeña Helena con sus ojos llorosos y sus súplicas.
—¡Se lo ruego, duquesa! Por la amistad que nos une, se lo suplico. No lo mate.
Serena contuvo la ira, apretando los dientes. Sin articular una sola palabra.
—¡No lo mate! Sé que lo que le hizo fue horrible, que sus actos carecen de honor, pero… perdónele la vida. Si algún momento me ha tenido algún afecto, no lo mate. Se lo suplico, no lo haga.
Serena volteó sus pupilas hacia Helena, cargadas de una inmensa e inenarrable tristeza.
—¿Acaso conoces sus pecados? ¿Tienes idea de los límites de su maldad?
—La entiendo. Conozco su dolor, milady, la he visto sufrir, he enjugado sus lágrimas, ¿no lo recuerda? Yo estaba con usted, paseábamos juntas por los jardines, la ayudaba a vestirse. No ignoro cuánto ha padecido, pero…
—Ni en el más benevolente de sus días aceptarían los dioses conceder el perdón a esta criatura malvada. Sus crímenes son demasiado horribles.
—Se lo repito. Está en su derecho de clamar venganza, duquesa, la compadezco por sus tormentos. Se lo estoy rogando como un favor personal. No lo mate. ¡No lo mate!
Se abrió una larga pausa que me permitió reparar en el calvario de la plata clavada en mi carne. La herida trataba de cerrarse, algo que resultaba imposible con la jabalina allí, ocupando espacio. Escuché el llanto silencioso de Helena, su sacrificio implorando por mi vida y la adoré.
Como jamás había venerado a nadie vivo y por encima de todas las cosas que conocía.
—Yo… duquesa, yo lo amo… —confesó con un hilo de voz.
Serena de Bravery dejó caer los hombros, vencidos bajo un peso invisible y monstruoso.
—Él asesinó a Arthur —anunció atragantada—. Me quitó a mi marido.
—¿Cómo dice?
—Debe pagar por ello. Lo lamento, Helena, sabes lo mucho que te aprecio. Pero no saldrá de aquí con vida.
Reuní las pocas fuerzas que me quedaban. El narcótico que me había suministrado aún corría por mis venas y me robaba hasta el aliento.
—¡Yo no asesiné al duque! ¡No lo hice!
Las dos damas volcaron en mí su atención.
—Admito tener una interminable ristra de pecados que expiar. Y pagaré por ellos, si es lo que se me exige. Pero no cargaré con un crimen que no me pertenece —repetí—. ¡No. Maté. Al. Duque!