Capítulo 54
Valent St. Claire
Me pregunté cómo era que mi inclemente orgullo de vampiro antiguo me permitía acudir con las orejas gachas al llamado de la duquesa.
Qué era lo que me movía a necesitarla. Si los remordimientos por las penalidades que en su momento le había causado, o lo que sentía por Helena y mi sobrecogedora necesidad de protegerla.
En Shadow Hall reinaban la normalidad y la paz, como si jamás en la vida aquellas salas y corredores hubieran presenciado la sangrienta matanza que tuvo lugar y que impregnó suelos y paredes; alfombras y lienzos; las sedas que envolvían las poltronas y sofás, los mármoles de las embocaduras de las chimeneas.
Un mayordomo refinado y capaz me abrió la puerta y se hizo cargo de mi sombrero, capa y bastón. A continuación, se lo entregó todo a un lacayo y solicitó que lo siguiera. Lady Bravery aguardaba en un saloncito decorado en tonos salmón y crema, con un aperitivo servido para antes de la cena.
Estaba exquisita. Ricamente vestida, peinada a la moda, exhibiendo pocas joyas, aunque de gran valor. Extendió las manos hacia mí, a modo de saludo, para que se las besara, con una sonrisa que hacía pensar que no albergaba rencores.
Creerla, incluso por un solo segundo, habría sido un gran error.
Me mantuve alerta.
—No sabe cuánto le agradezco que haya accedido a venir, milord, sé que lo he importunado avisando con tan escasa antelación.
Me dirigí a ella iniciando la inclinación de mi reverencia, tomándole la punta de los dedos, cuando reparé en la enorme e intimidante bestia de pelaje blanco que me miraba atravesado desde su esquina en el salón.
Mis incisivos crecieron y se me escapó un siseo de alarma.
—No se preocupe, no le hará ningún daño.
Besé su mano y me mantuve en pie, con los músculos tensos, preparado para reaccionar con tanta violencia y velocidad como la situación exigiera, de ser necesario.
—¿Fue el responsable de su fuga?
La duquesa compuso un gentil gesto de confirmación.
—En parte. Le confieso que, por aquel entonces, ni siquiera nos conocíamos.
El lobo entornó sus ojos amarillos y me envió un claro mensaje de advertencia.
—Duquesa, yo querría… —Carraspeé, atorado—. Ha pasado demasiado tiempo y, pese a ello, sigo sin ofrecerle mis excusas. Lo que pasó… yo…
La dama alzó la mano indicándome que no siguiera por ese camino.
—Agua pasada no mueve molinos, conde. Ahora somos aliados para causas de mayor envergadura. Olvidemos lo que sucedió, especialmente, todo lo desagradable.
—Su generosidad me abruma, milady. Ni siquiera creo merecerla.
« Di la verdad: ni siquiera la crees ».
—Esa determinación prefiero dejarla como algo privado entre usted y su conciencia. Tome asiento y acepte un brandy, porque enseguida servirán la cena.
—¿Me ha hecho llamar para hablar de nuestra alianza? —me interesé mientras ella me tendía la copita de licor—. Si es así, debo adelantarle que ahora, más que nunca, resulta imprescindible que aunemos fuerzas.
—¿Ha cumplido su cometido respecto de Bryen Winley? Dígame que ya no se encuentra entre nosotros. Anhelo recibir buenas noticias.
Hundí un instante el mentón contra el pecho, aunque enseguida me repuse.
—Odio reconocer que no he dispuesto de oportunidad.
Una leve sombra de contrariedad crispó el bello rostro de la duquesa.
—Milady, lo que usted pretendía no es factible. Una súbita desaparición del duque…
Un espeluznante gruñido del lobo me cortó en seco. El licor que acababa de consumir de un solo trago se me anudó en la garganta.
—No lo llame así —espetó Serena de Bravery—. Ese ser inmundo ya no es el duque.
Asentí y desplacé la saliva a través de mi garganta.
—Una volatilización sin justificaciones daría lugar a mucha especulación. Unos lo buscarían. Otros culparían a la Hermandad Real, y toda idea de acuerdo o convenio entre nosotros acabaría siendo arena. Por eso pensé que era más acertado empezar por despojarlo de su poder ante su propia Casa.
Los ojos casi transparentes de milady soltaron un destello inteligente. Por lo visto, empezaba a entender y parecía estar de acuerdo con mis planteamientos.
—Continúe.
—Solo después de ese paso, cuando su nombre se olvide y ya no sea relevante para nadie, cuando más miembros de la Rosa Negra lo detesten que lo veneren, podemos eliminarlo sin dar que hablar.
—Cierto. Me veo en la obligación de admitir que quizá fui impaciente en exceso y que usted está en lo cierto.
—Comprendo su ansiedad y sus prisas, las entiendo. El resarcimiento de las afrentas clama alto en las noches de luna. Como un aullido desgarrador. A mí también me pasa.
Tuve un repentino acceso de náusea, que se mitigó al momento.
—¿Usted tiene escarmientos por asignar, conde? —quiso saber Serena arrastrando las palabras.
Fui a responder, aunque no logré mover la lengua, pastosa y pesada, dentro de una boca inexplicablemente seca.
—¿Tiene ofensas que vengar? ¿Heridas abiertas que sangran sin tregua?
Reparé en la copa de brandy, ahora vacía, entre mis dedos de pronto demasiado flojos como para sostenerla. Se me nubló la vista y no acerté a ver cómo resbalaba desde mi mano y caía al suelo dando tumbos por la alfombra.
En ese crucial instante caí en la cuenta de que había sido envenenado.
Había algo en el licor. El sabor ligeramente amargo me subió desde el estómago hasta la lengua, como un ramalazo de burbujas picantes.
Otro mareo. Mi mano voló hasta el reposabrazos del butacón para sujetarme. El ritmo de mi corazón inició un galope desenfrenado, con latidos como redobles de tambor, que me rebotaban en las sienes.
Necio, insensato. Había entrado en la guarida del dragón, hasta el fondo, ciego y confiado. Hasta que salir, escapar y salvar la vida se hizo imposible.
Mi urgencia, mi necesidad me habían hecho confiar en mi enemiga natural. Empujado a fantasear con que aquella oferta de pacto era sincera.
¡Claro que la duquesa no había olvidado!
¡Por supuesto que no había perdonado el modo miserable en que la traté!
Que la arrastrara por la fuerza lejos de los suyos. Que en sus desesperados intentos por rescatarla, su esposo hubiese perdido la vida. Las manchas apiladas sobre su honor.
Nadie perdona una infamia así.
Debería haberlo sabido.
Mi interior se incendió con una llama imparable. Noté el modo abominable como el ácido ascendía y me quemaba la carne y los huesos. Oí el rugido del lobo, cada vez más cerca. Vislumbré la sonrisa de perversa satisfacción en los rojos labios de Serena.
Y todo se volvió negro.