Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

Valent St. Claire

Mi experiencia a través de los siglos, los impedimentos y adversarios que había tenido que enfrentar, me probaban que, en condiciones normales, vencerme no resultaba fácil: sangreazul nacido vampiro, según la conciencia que tenía desde siempre y la inexistencia de un pasado como humano, aunque no recordara a mi creador, con casi doscientos años ahora, que destacaba por sus capacidades, velocidad y fuerza, fuera de lo común.

Los desafíos que me había visto obligado a encarar a lo largo de una vida tan dilatada también habían pulido mi ingenio, y me habían enseñado que, a menudo, la astucia funciona mejor que las sonrisas engañosas y que la fuerza bruta.

Así que me lancé frenético a los pasillos, resuelto a hacer volar por los aires a cualquiera que intentara frenarme, armado o no. Envuelto en una energía tan sombría como imparable, un vendaval de naturaleza salvaje que me brotaba de lo más profundo.

Sin embargo, para mi absoluto asombro, nadie me salió al paso.

Nadie trató de interceptar mi violenta huida.

Con un puñado de Maestres idiotizados alrededor, el decreto del antiguo duque había caído en saco roto, sin llegar a ningún puerto en concreto.

Aunque no tardaría en recapitular, activar sus maquiavélicos hilos y sentenciarme a muerte frente a todos los miembros de la logia, del mismo modo que él lo había sido en el ámbito de la Hermandad Real.

Tomé el primer carruaje de alquiler que me crucé en la calle y ordené que me trasladaran a mi casa. Jamás usaba mis coches, con el blasón familiar grabado en las portezuelas, para visitar Kensington; que nadie pudiera identificarme en los alrededores de la Casa prohibida.

Y empleé el relativamente breve trayecto en recomponer mis ideas.

Mi plan inicial había sido despojar a Winley de sus atribuciones y privilegios en la Rosa Negra y eliminarlo a continuación, como un insecto molesto.

Por desgracia, en vista de cómo se planteaban las cosas, de la forma grotesca en que se habían torcido, solo me quedaba acometer directamente la segunda parte del proyecto.

Pero no sería ahora.

Primero, desaparecería.

Antes de que enviasen una horda de vampiros desatados de hambre a buscarme, reforzados seguramente con los peores hechizos, me evaporaría en el aire como una gota de rocío.

El continente estaba plagado de comunidades vampíricas, podía visitar París o el exuberante norte de España.

Y una vez se hubieran olvidado de mí por completo, volvería para ejecutar mi macabra misión.

Tampoco viajaría solo, me llevaría a Helena conmigo. No pensaba, ni por un segundo, abandonarla al peligro de las Crowder, del propio Winley. Ni dejarla en manos de un padre que no había vacilado en entregarla a la Casa enemiga para que espiase en su beneficio.

No. No la dejaría atrás. Helena me importaba. Ya iba siendo hora de dejar de negármelo, al menos, a mí mismo.

Sin embargo, en Claire House me esperaba una misiva que nunca habría imaginado y que trastocó todas mis resoluciones.

La duquesa de Bravery me invitaba a Shadow Hall aquella misma noche, con el pretexto de una cena y el compartido de una información vital, pidiendo disculpas por la premura de la convocatoria.

Maldición.

Daba la casualidad de que esa velada proyectaba pasarla con Helena, así habíamos quedado con una nota enviada la mañana anterior.

Me apresuré a cancelar nuestra cita con otro mensaje que envié al instante, a través de un mozo para que la entregara en mano.

Era probable, solo probable, que lady Bravery y su aguda inteligencia ingeniaran alguna treta con la que salir del atolladero donde me encontraba.

Algo que tuviera que ver con el exterminio de Winley y la posterior alianza entre las dos Casas.

Me resultaba patético tener que recurrir como última salida a la mujer a la que poco antes había sometido con violencia y a la que, por propios actos, convertí en mi enemiga.

Luego de despachar al recadero, me di un baño, procuré beber todo el vino de sangre que fui capaz de degustar y me atavié para la ocasión, planteándome si la intervención de lady Bravery justo en aquellos momentos, no resultaría auspiciosa.

El sol ya había caído, el lacayo me ofreció la chistera, y yo me la colocaba en el vestíbulo de mi residencia, listo para partir, cuando de repente, interrumpiendo a las bravas mis turbulentas reflexiones, la puerta principal se abrió y un pequeño torbellino envuelto en seda azul atravesó como una tromba el espacio hasta mi posición.

La visión en túnel abierta y directa a la calle me permitió ver el carruaje con el escudo de los Corset en la portezuela, antes de reparar en la muchacha que se me había lanzado a los brazos.

—¡Helena! Helena, ¿qué diablos haces aquí?

Recordé la nota que le había enviado y nuestra cita fallida de aquella noche.

—¿Acaso no has recibido mi mensaje? Tengo que ausentarme, lo siento. Ha surgido un imprevisto, no me queda más remedio que cancelar…

—Vas a Shadow Hall —me interrumpió ella.

Así se lo había hecho saber en la carta. Asentí sin entender muy bien las razones de su agitación y su sofoco.

—¡No vayas! —jadeó con desesperada angustia.

—Pero ¿qué dices?

—¡No vayas a Shadow Hall! Puede ser una trampa.

—¡Por descontado que podría serlo! ¡Como casi siempre! ¿Y qué importa? El destino de todos nosotros depende de esa alianza a medio consumar.

Las pequeñas manos de Helena aferraron mis solapas. Tiró de ellas con agonía.

—No vayas, no quiero que vayas. ¡No quiero que estés a solas con esa mujer!

—Dijiste que la admirabas, que tú misma la habrías ayudado a escapar de haber podido. Helena… —recapitulé mentalmente—. Helena, ¿esto es una escena? ¿Estás celosa?

No me respondió. No obstante, sus labios apretados con ira y las lágrimas que a la fuerza retenía en los ojos, fueron mucho más explícitos que ella.

Traté de zafarme de su agarre.

—No, por todos los infiernos, no puede ser. Maldito sea si necesito más problemas de los que ya tengo.

—¡No vayas! Te lo ruego, no vayas. Tengo un mal presentimiento. Tengo…

La tomé por las muñecas y la hice a un lado, sin ocultar mi irritación.

—No es momento de dramas, espero que entiendas que no dispongo de tiempo que perder. Regresa a tu casa y no salgas de allí hasta que vuelva a avisarte.

—¡Valent! ¡No vayas, te lo pido por lo que más quieras! ¡Hazlo por mí…!

La agarré por la cintura y, a rastras, la llevé de vuelta hasta su coche, donde el palafrenero se apuró en abrir cuanto antes la puerta, al tiempo que marcaba una venia. De un empellón poco delicado la metí dentro y atranqué el cierre.

—¡De vuelta a la mansión Corset! —ordené al cochero— ¡Y recto! ¡Sin paradas ni demoras!

—Valent, por favor… —Helena se asomó a la ventanilla y yo apreté fuerte los puños contra los costados, para no desfallecer ante sus súplicas y mantenerme firme en mi negativa.

Evitando mirarla. Para no sentirme aún peor, más mezquino, de lo que me sentía.