Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 52
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Capítulo 52

Valent St. Claire

—¿Dónde está? ¿Dónde diablos se mete esa muchacha estúpida?

Los gritos desaforados del antiguo duque de Bravery resonaban por los corredores y encogían de miedo a los sirvientes, esclavos y guardias.

A mí no.

Estaba preparado para soportar la presión de su enfado. De su desenfreno y su cólera al percatarse de que Helena de Blackbury no se encontraba en la logia.

—No sé a quién se refiere, Winley.

Me miró con un odio destructivo en las pupilas.

—¿Me tomas por imbécil? —La hostilidad de su mirada aumentó con la acusación— ¡La escogiste como iniciada! ¡Esa chiquilla no se separaba de ti ni un segundo! ¡Hasta dicen que te la llevaste al baile que celebraste en Claire House!

—Lo cierto es que no volví a verla desde esa noche. Tuvimos una especie de altercado. Esa muchacha… albergaba pretensiones respecto a mí que andaban lejos de ser posibles. Tuve que poner tierra de por medio.

—¿Y entonces? —reclamó sin rebajar ni un ápice su ira.

—Le ordené que abandonara la Rosa Negra. Dimos por terminada su iniciación.

—¿Eso es todo? ¿Dónde está ahora?

—¿Y cómo quiere que lo sepa?

—¡St. Claire…!

—¿Winley?

—¡Te advertí expresamente de que debía entregar a la muchacha!

—Espero que entienda que sus promesas y compromisos no son asunto de mi incumbencia, ni está en mi mano ejecutarlos.

—¡Mi obligación es entregarla y contentar a las hermanas Crowder, tal y como me han solicitado! Y tú estabas al corriente de la petición y de la importancia de no contrariarlas.

—¿Acaso pretendía que la retuviese por la fuerza?

Todas mis réplicas estaban, desde luego, teñidas de una leve burla que el antiguo duque no pareció percibir o acaso su disgusto era de tal calibre, que los truenos y centellas que despedían sus voces eclipsaban mi desdén.

—¿Qué se supone que debo decirles ahora a esas damas?

—Seguro que es capaz de encontrar la excusa perfecta que lo exime. Y ahora, Winley, si me disculpa, tengo mucho que hacer.

Lo ventilé con una acelerada inclinación de cabeza, di media vuelta y escapé de la sala antes de que siguiera golpeándome con sus quejas.

Sin imaginar lo que dejaba detrás. Fantaseando, ingenuamente, con que era el vencedor, al menos, de la primera fase de aquella ruda contienda.

Tomé la agria discusión como punto de partida para el golpe de estado que acabaría con Bryen. Primero lo desligaría de la Rosa Negra. A continuación, acabaría con él usando mis propios métodos.

Gracias a mi gestión impecable al frente de la logia en ausencia de Winley, mientras fue sometido a juicio por sus crímenes y posteriormente encarcelado, mi relación con los Maestres era espléndida.

Así que los convoqué con todo el secreto posible, rogándoles máxima discreción frente al antiguo duque, y los puse al corriente de la grave situación.

—Nos está vendiendo a las brujas. Tarde o temprano esas mujeres exigirán su recompensa.

Y será la que se les antoje, porque si el mercado del opio reposa en sus hechizos, pueden chantajearnos y amenazarnos con retirarlos cuando gusten.

No pienso permitir que la Rosa Negra sea prisionera de un maldito aquelarre.

Todos estuvieron de acuerdo en que el movimiento llevado a cabo por Bryen implicaba grave peligro y que, de no ponerle coto de inmediato, pronto alcanzaría el punto de no retorno.

Había que impedir que el fundador siguiera al frente de la logia, despojarlo de sus poderes para bloquear aquella operación destrozo.

—La opción más viable es destituirlo.

Votamos y nadie se opuso a mi moción. Fue una suerte de juramento de lealtad entre caballeros, al más puro estilo medieval.

Con Helena a salvo en casa de sus padres, bien aleccionada para que no se dejara sorprender por las Crowder de ninguna forma imaginable, sintiéndome en plena libertad de movimientos, llegaba el momento de borrar a Bryen del mapa.

El corazón me tronaba al galope, espoleado por un entusiasmo enfermizo que me gritaba que, una vez se hubiera eliminado el escollo que suponía y, gracias a la tregua de colaboración que firmaría con los Reales, todo podría recomenzar desde una perspectiva mucho más optimista.

Crearía una junta de gobierno con los Maestres, que tomaría las decisiones más vitales por postura mayoritaria, y podría tener a Helena a mi lado sin temer por su vida.

Lejos estaba de suponer lo que se fraguaba a mis espaldas.

La tarde en que acudí a la asamblea donde se acordaría el cese de Bryen, nada más cruzar el umbral de la sala y oír el ruido de las puertas cerrándose por detrás, me sacudió un presentimiento insano.

Un presagio funesto, una corazonada que olía a profunda maldad, al atisbar las miradas perdidas de los miembros del cónclave.

Pupilas desenfocadas y vacías que no miraban a ninguna parte en concreto, como si durmieran con los párpados abiertos o estuviesen ciegos.

—Bienvenido, St. Claire —saludó cortante Bryen.

Había tanta vileza y depravación en sus ojos, tanta gelidez en aquellas palabras suyas, que un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

—Puedes sentarte. O quedarte de pie. No sé bien cómo se debe tratar a un traidor, jamás he mantenido uno vivo entre mis filas.

Lo sabía. ¡Condenada suerte! ¡Lo sabía!

Y todos los demás, a juzgar por su aspecto, estaban conjurados.

Bryen había conocido mi propósito con tiempo suficiente para recabar la ayuda de las brujas y defenderse.

Y ahora era yo el que estaba al borde del precipicio, señalado de muerte.

—Así que pretendías anular a tu mentor para quedarte con su puesto antes de tiempo, ¿no es así? ¿Hasta dónde llega tu ambición, Valent St. Claire?

Mi columna se irguió de un tirón, mi mentón alzado con arrogancia, mis ojos los contemplaron desde arriba. No había llegado a sentarme. Los Maestres callados, con ambas manos extendidas sobre la mesa en una postura anormal y los rostros tan inexpresivos como una colección de máscaras de cera.

Por todos los infiernos, habíamos perdido nuestra mejor oportunidad.

—Nadie en la Rosa Negra quiere tratos con la hechicería —recalqué con aspereza.

Bryen arqueó las cejas.

—Vaya. Pero sí queremos el mercado del opio. Sí queremos controlar las voluntades de los que suponen una molestia. Sí queremos derrotar al enemigo. Y cuando el deseo nos invade, lo de menos son los métodos, ¿no te parece?

—Brujos no —insistí.

—He sido tu mentor, St. Claire. Me lo debes todo. Obediencia, respeto y admiración. Y en lugar de profesármelo, urdes una trama para derrocarme, robarme la posición que me corresponde. Eres un traidor. Ya no eres grato en esta Casa.

Reculé tres pasos. Muy lentamente.

Bryen no mostró el menor atisbo de pretender detenerme.

—Aún no están dichas las últimas palabras —rugí.

—¿Te parece? Yo creo que sí.

Giré sobre mis talones, con todos los sentidos alerta.

Sin llegar a darles la espalda, mi brazo volteó y abrió la puerta que me conduciría a la libertad.

Fue todo muy rápido, hice uso de mis máximos poderes para transformarme en una estela de humo oscuro apenas visible, que se escabulló entre los centinelas que hacían guardia y que observaron la escena con desconcierto.

—¡Matadlo!

Fue lo último que acerté a oír, ya ascendiendo como un viento huracanado por las escaleras de caracol de piedra.

Y así, sin más, Bryen me ganó la partida.