Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Valent St. Claire

Salí ileso de la reunión con la duquesa, ahora, primera princesa. No daba crédito.

Recogí mi dinero, recuperé mis armas y volví a la Rosa Negra en un carruaje de alquiler, sin dejar de darle vueltas en la cabeza a la condición que Serena me había impuesto. Y al hecho de que, curiosamente, coincidiera con mi interés prioritario.

—Milord, el amo Bravery… el Gran Maestre le espera en su despacho.

El mayordomo de la logia me salió al encuentro nada más aparecer, congestionado, nervioso y con palpitaciones.

Prácticamente me arrebató la chistera, el bastón y la capa de las manos, perdido en una sarta de reverencias de las que deduje que el humor de Winley sería el de una hidra de seis cabezas y los habría atemorizado a todos.

—Infórmele que voy enseguida.

—Amo St. Claire, se lo ruego… amo.

Me negué a dejarme llevar por el agobio y la histeria de otros, cuando precisamente venía de realizar un esfuerzo sobrehumano por mantener la frialdad y fingir un sosiego que andaba lejos de padecer.

—Voy enseguida —silabeé.

Cuando Helena llamó con los nudillos a la puerta de mis aposentos y la hice entrar, me encontró sentado junto al ventanal, en mi poltrona de siempre, hosco y meditabundo, con el mentón apoyado en la mano y el entrecejo plegado.

—¿Ha llamado, amo?

—Sí, Helena. Cierra la puerta y escucha atentamente lo que tengo que decirte, porque es de suma importancia y no pienso repetirlo.

Obedeció y caminó hasta mí, muy intrigada, sentándose en el suelo, junto a mis pies.

—Acabo de entrevistarme con lord Bryen y lo que me ha comunicado me empuja, de una vez por todas, a dar por definitiva una resolución que ya venía bosquejando desde hace algunas semanas.

—¿Tiene que ver conmigo?

La miré con un nudo espantoso en el estómago y muchas ganas de acariciar la suave piel de su mejilla.

—Tiene que ver contigo, Helena. Voy a devolverte a casa de tu padre.

—¡Amo!

—¿Recuerdas esas mujeres que te abordaron en el baile y sobre las que te previne?

Helena aspiró una bocanada de aire y se llevó la mano, impresionada, al pecho.

—Las… ¿brujas?

—Le han exigido a Bryen que te entregue.

—¿Que me entregue? ¿A mí? ¿Por qué causa?

—Alegan que han detectado en ti… aptitudes.

—Aptitudes, ¿para qué?

—Para practicar la magia negra, desde luego.

—¿Yo? En toda mi vida… ¡Eso es un auténtico disparate!

—Y aunque no lo fuese. Antes te estrangularía con mis propias manos que dejarte a merced de esas arpías.

—Esas mujeres…

—Esas mujeres son brujas. Y solo Belcebú sabe para qué te quieren. Algo advirtieron en tu persona durante el baile, se las veía claramente interesadas. Volverás a tu casa, al amparo de tu familia. ¿Quién podría protegerte mejor que ellos?

—Amo, mi padre no es…

—Repito. —Endurecí el tono—. ¿Quién podría protegerte mejor que el tercer príncipe de la Hermandad Real?

Helena me observó boquiabierta. Con la misma expresión de una niña cuando la cazan cometiendo una travesura irreparable.

—¿Desde cuándo lo sabe?

Contuve una carcajada sardónica, perfecta muestra de mi catastrófico estado de ánimo en aquel momento.

—Desde que llegaste. ¿Por qué, si no, piensas que te ordené limpiar? Primero quise denigrarte, vengándome así de él, de su mera existencia y de su burdo intento de espionaje. Sin embargo, más adelante descubrí algo inaudito. Algo con lo que no contaba.

—¿El qué?

—Tu lealtad.

—Mi lealtad.

—Me has demostrado con creces tu valía, Helena. Que puedo fiarme de ti, que de algún modo y por razones que no acierto a entender, me eres fiel.

La vi agachar la cabeza, abrumada, como si ocultase algo que le picaba en la punta de la lengua sin acabar de dejarlo salir.

—Sabe que no compartía su postura frente al cautiverio de la duquesa.

Asentí sin añadir palabras. Porque pese a discrepar respecto de Serena, no se había inmiscuido.

—Quiero que sepa que la habría liberado de haber podido.

—Helena…

—Es la verdad, lo habría hecho. Esa mujer magnífica no se merecía esa suerte horrible ni que la tratasen como a una….

—Lady Bravery ya no está entre nosotros —interrumpí cortante—, y es posible hasta que retenerla fuese un error. De forma que es absurdo hablar de ella.

—Sin embargo, le ha tendido una mano amiga y usted ha decidido tomarla.

—Yo no le llamaría amiga . Es más bien un arreglo de conveniencia.

—Llámele como guste, amo, eso es lo de menos. El caso es que esa dama sigue muy presente.

—Ahora, lo único que me importa es sacarte del radio de acción de Bryen Winley, alejarte e impedir que tenga oportunidad de entregarte a las Crowder, que sobrevenga una desgracia que no podamos enmendar. Antes de que sea demasiado tarde.

Helena se incorporó a medias. Pasó de estar sentada a mis pies, a estar de rodillas, apoyada en mis muslos.

Movió las manos a lo largo de mis piernas hasta alcanzar las caderas, para enseguida volver a bajar.

Mi bragueta reaccionó con virulencia a su caricia y ella me sonrió pícara desde debajo de sus pestañas.

—Te deseo —me dijo, saltando por encima de los tratamientos formales.

Me incliné y la tomé por las axilas.

—Ven aquí. Desabróchame los pantalones y métetela en la boca. Disfrutemos un poco y cuando caiga la noche, desapareceremos.