Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 50
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Capítulo 50

Serena de Bravery

—¿Ve, milord, como no era tan difícil? Tantos recelos, tantas sospechas por su parte. La negociación de una tregua solo exige una pizca de buena voluntad compartida. Sea bienvenido.

Lo observé, varado bajo el dintel de piedra de la puerta demasiado baja para su estatura. Imponente como la escultura de un genio.

Y una vez más, por mucho que me repeliera, se me encogiesen las tripas de amargura y se me erizase la piel, tuve que reconocer que su belleza era apabullante.

—¿Es cierto que estamos solos? ¿Solos usted y yo?

Hice un movimiento de vaivén con la mano. La sala era angosta y claustrofóbica, y estaba desierta, de no ser por la destartalada mesa que tenía delante y un butacón idéntico al mío, cuyos lujos y brocados parecían fuera de lugar, esperando desocupado a que él se sentara.

—A la vista queda.

—Tiene usted mucho valor, duquesa. Podría tomar represalias por la humillación de su fuga.

—Podría —accedí con una calma desesperante—. Sin embargo, de hacerlo, perdería su depósito de mil libras.

—Que puede que no me duela tanto como no darle su merecido.

Hice un gesto con el que le indicaba que mi paciencia se acercaba al límite. Que los preámbulos ya sobraban.

—Qué, conde, ¿se sienta o no? —lo azucé con una tibia sonrisa entre los labios.

Consumió el espacio que lo separaba de mí y se acomodó sin más protestas.

—Esto —comenzó refiriéndose al formato de nuestra reunión—, si me lo permite, cabe calificarlo de muy inusual

—Esto, mi estimado St. Claire, es inteligencia —lo corregí—. Es buscar soluciones a los problemas en lugar de enzarzarse en discusiones estériles y guerras eternas; es demostrar que en una misma ciudad pueden coexistir dos facciones opuestas que colaboran sin necesidad de ser enemigos.

—¿Es eso lo que viene a proponerme? ¿Una colaboración con una logia proscrita? —Arqueó las cejas con asombro— ¿Y qué tiene que decir a tal sugerencia la todopoderosa Hermandad Real? ¿Consentiría? ¿De qué autoridad se sirve, si puede saberse?

—Vaya, veo que no lo tienen al día de las buenas nuevas. Mi querido padre político debe de estar vomitando bilis después de haberse enterado. Ahora soy la primera princesa de la Hermandad Real, en calidad de sustituta de mi hijo, hasta que alcance la madurez.

Su rostro era una máscara pétrea que no dejó traslucir el sobresalto que le provocó la noticia. Se limitó a inclinar con galantería la cabeza, y su comisura derecha tembló de forma imperceptible, como si me felicitara por el nombramiento.

—Así que sí, conde, como ve, estoy legitimada para convocar y asistir a esta… llamémosle asamblea , y para cerrar acuerdos en ella.

—Solo que no se ha molestado en poner al tanto al resto del tripartito.

—Digamos que no están abiertos a la conciliación. Yo, por el contrario, sí.

—La secuestré, la separé de su hijo, la ultrajé. ¿Se puede saber por qué pasa todas esas ofensas por alto?

Llegados a ese punto, me costó una enormidad mantener la calma.

—¿Quién dice que las paso por alto? Pero estamos aquí para hablar de negocios, milord, no para debatir cuestiones personales, no lo olvide.

Valent echó el peso de su tremendo corpachón hacia adelante, sobre la mesa, proyectando una sombra gigantesca que me cubrió por entero.

—Pensé que me delataría. Es la única que conoce mi identidad, mi vínculo con la Rosa Negra.

Mentira.

« Alguien más lo sabe. Lord Corset, que fue testigo de cómo asesinaste a mi esposo, maldita criatura ».

Mas no podía contarlo y descubrir mis cartas. Si mencionaba a Corset, él podía pensar en «aquella noche contra Arthur» y atar cabos. No. Valent no sabría que yo conocía los pecados de su mano asesina hasta que acabara con su vida.

—No me interesa si puede o no pavonearse por los salones. No busco que los Reales lo estigmaticen. Ni siquiera persigo que la Rosa Negra desaparezca.

Esta vez, su desconcierto fue real, sincero y evidente.

—Como le he anticipado, mi propuesta es una tregua. Un acuerdo que conlleva un reparto justo del mercado.

—Y ya que ha decidido correr el riesgo, ¿por qué no negocia directamente con Bryen? Al fin y al cabo, es la cabeza de la logia.

—Porque Bryen… está muerto. Usted va a matarlo.

Valent apretó los labios, entrecerró los párpados y su garganta emitió un siseo.

—¿Cómo lo sabe?

—Me lo dicen sus ojos. Y cuando eso suceda, usted quedará al frente de la logia, como máximo dirigente. Cada cosa en su lugar. Únicamente me anticipo.

Valent St., Claire dedicó unos minutos a meditar y yo no lo interrumpí. Tampoco quería presionarlo. Era importante que estuviese plenamente convencido de lo que le planteaba, que destacase con nitidez las bondades del convenio y la posibilidad de un futuro en relativa paz.

—No es necesario que nos liquidemos a dentelladas entre nosotros, conde. Nada más lejos de mis deseos que entregarle a mi hijo una herencia envenenada donde mantenerse con vida sea casi un milagro divino. En Londres hay negocio para todos, ya no digamos en la extensa Inglaterra.

—Es… Resulta extraño escucharla, duquesa. La finalidad principal de la Hermandad Real ha sido siempre exterminar a la Rosa Negra.

—Y lo que han conseguido es que sobrevivan y que cada vez sean más poderosos. No nos engañemos, ya controlan casi la totalidad del mercado del opio, los fumaderos. Pronto serán tan ricos que los Reales empezaremos a tener problemas.

—¿Y cómo piensa solucionarlo? ¿Averiguando dónde se repliega la logia? ¿Organizando un ataque seguido de una carnicería?

—No, conde, eso es lo que planearían los príncipes, pero no yo. No es mi estilo, así no se hacen las cosas. ¿Se contentarían ustedes con el opio? ¿Con ese mercado al margen de la ley respetando las fábricas y el ferrocarril?

—¿Con todo el opio?

—El mercado en su totalidad. Importaciones y distribución.

—¿Al margen de inversiones privadas?

—Desde luego. Ustedes, como particulares, pueden invertir donde deseen.

Asintió con un cabeceo seco.

—Podría ser. Considerémoslo un principio de acuerdo.

Lo fulminé con una mirada brotada de las mismísimas hogueras del purgatorio.

—Entonces, St, Claire, acabe con Bryen Winley. Ese es el precio. Mátelo y firmaremos nuestra tregua y el futuro de todos. Somos los próximos mil años del mundo.