Capítulo 49
Valent St. Claire
Dos días más tarde, recibí la desconcertante nota en la que su excelencia la duquesa viuda de Bravery, me convocaba a un encuentro.
Solos nosotros dos reunidos. Para llegar a un acuerdo.
¿En qué clase de acuerdo estaba pensando?
Ella, la muy desvergonzada, después de haber osado aceptar mi invitación y presentarse en Claire House, en mi baile, para mirarme con descaro a los ojos y retarme con una sonrisa perturbadora, cosa que jamás sospeché que haría, la denominaba «tregua».
Yo más bien me inclinaba por el calificativo «trampa».
No tardé en variar de opinión, cuando leí la extensa carta que acompañaba a la nota, desgranando las instrucciones que obligatoria y necesariamente habría de seguir, si aceptaba la propuesta de vernos.
Todo un protocolo de precauciones para una entrevista pacífica en terreno neutral, sin consecuencias que lamentar para ninguna de las partes implicadas.
Nos encontraríamos en una iglesia, concretamente, St. Dunstan in the East , la edificación gótica normanda del siglo XI, situada entre la torre de Londres y el puente.
En pleno centro, solo que en un rincón lo bastante silencioso y olvidado como para pasar desapercibida.
Parcialmente destruida por el Gran Incendio de 1666 y solo reconstruida a pedazos, seguía manteniendo tramos cerrados al público y, los que continuaban abiertos, eran poco frecuentados, salvo por los fieles más antiguos.
A la entrada, en el tercer confesionario, alguien me esperaría. Allí debía depositar una bolsa de viaje con, ni más ni menos que mil libras a modo de fianza, que recuperaría al salir, siempre que no incumpliera ninguna de las reglas.
Del mismo modo, en el confesionario debía entregar mis armas.
Todo correcto, teniendo en cuenta que mis armas más mortíferas eran mi titánica fuerza y mis afilados colmillos, y eso no podían arrebatármelo.
Había que considerar, no obstante, que pisando suelo sagrado, habilidades como la velocidad y la fuerza, disminuían notablemente, en algunos individuos más débiles, hasta casi desaparecer.
Mantuve los papeles en las manos, tentado de arrojarlos a la chimenea en un arranque de estúpido orgullo, y se me escapó una sonrisa torcida.
Era astuta la duquesa, ¡vaya si lo era!
Lo había programado todo con una meticulosidad exagerada. Haciendo posible lo que a simple vista parecía una quimera: reunir en un único espacio a los representantes de intereses enfrentados, con el objetivo de dialogar y llegar a un punto medio, sin matarnos.
¿Por qué a nadie se le había ocurrido algo así hasta ahora?
Aquella mujer era brillante.
Brillante y valerosa como no la había conocido igual.
Si exceptuaba a Helena. La misiva procedía de Shadow Hall y a esa misma dirección envié mi respuesta, aceptando.
Ello significaba que, tras lo sucedido en aquella mansión, estando muerto su esposo, su decisión había sido regresar e instalarse de nuevo en Mayfair, pese a todo.
Increíble. Admirable.
Me detuve un instante a analizar lo que Serena me provocaba.
Si eran emociones o sentimientos o ambas cosas mezcladas a la vez.
Hubo un tiempo en que la deseé con hambre ciega, consumido por la fiebre y la desesperación, con solo recrearla en mi memoria.
La había tenido a mi merced, para poder hacer con ella lo que se me antojase y, así y todo, quise actuar como el caballero que me habían enseñado a ser y no forzarla, algo que solía ser habitual entre los vampiros de clase alta.
Aunque no contra una duquesa, por todos los dioses del Averno.
Quise que fuera ella la que se entregase. Voluntariamente. Todo un ceremonioso ritual del que no me arrepentía en absoluto, dado que, de haberla violentado, el vacío posterior habría sido espeluznante. Un proceso que al final no había llegado a ninguna parte y que acabó bruscamente con su huida.
Y una vez que no la tuve, entendí que no era amor, ni mucho menos, lo que me ataba a ella. Era simple deseo carnal. Era fantasía, antojo, extravagancia y desvarío.
Puede que admirase profundamente a lady Bravery, sin embargo, no la amaba. Podía vivir sin ella.
Si por el contrario pensaba en Helena, en mi pequeña bruja de pelo de fuego, mis entrañas se encogían y las excusas se esfumaban en un remolino multicolor.
Kensington Hollow
La sirvienta de las hermanas Crowder se llamaba Branwen y no solo era muda. También era gris como un espectro. No comía, no bebía, no envejecía, igual que sus amas.
Las Crowder más jóvenes sospechaban que se trataba de un ánima atada a la casa por culpa de un ritual fallido. El caso es que la respuesta a tal cuestión solo la tenía Araminta y jamás había querido desvelarla.
La mujer condujo a la atribulada muchacha hasta el saloncito donde sus amas bordaban y tomaban té, como la más pura imagen del candor y las buenas maneras.
Tuvo que empujarla desde atrás, dado que cuando las damas alzaron las miradas para posarlas en la desconocida, esta se ruborizó hasta el nacimiento del cabello, y se quedó clavada en el sitio sin poderse mover.
—Adelante, muchacha, adelante —la animó Fiona con su melodiosa voz.
—Gracias… muchas gracias, señoras… gracias por… recibirme —tartamudeó la joven al borde del desmayo.
Araminta la repasó de pies a cabeza, poniendo especial interés en lo humilde de su vestimenta, sus marcadas ojeras y en su abultada tripa de embarazada.
—Debes de estar aterida de frío, pobre niña. Ven, siéntate aquí, con nosotras, frente al fuego. Branwen, sírvale una taza de té al instante. ¿O prefieres un chocolate bien caliente?
Por el modo en que se le desencajaron los ojos y las pupilas le soltaron un centelleo, las hermanas adivinaron que aquel desdichado paladar no había catado el manjar llamado «chocolate» en su mísera vida.
—Cho… ch…
—Chocolate, Branwen, gracias —zanjó Araminta rotunda.
Conforme la chiquilla tomaba asiento, con una torpeza digna de elogio, sujetándose la voluminosa barriga con las dos manos, dos de las Crowder se relamieron y una tercera, sentada bastante más lejos, le lanzó una mirada codiciosa.
—Se dice que ustedes son almas piadosas, que… que ayudan a muchachas descarriadas como yo.
—Por supuesto. ¿Has cumplido ya las ocho lunas?
—En breve, señora. Faltan solo unos días.
—Y dinos, pequeña, ¿quién ha sido? ¿Un desconocido en la calle? ¿Un supervisor de las fábricas? ¿Tu proxeneta? ¿Tal vez algún hermanastro díscolo? —se interesó Enora con tono pegajoso.
Los ojos de la muchacha se volvieron vidriosos.
—El señorito de la casa donde servía… —logró aclarar tras muchos intentos.
Las hermanas intercambiaron miradas censuradoras.
—No digas más, hija mía. Te ayudaremos —aseveró Araminta con una sonrisa aceitosa—, claro que te ayudaremos.
—Como hemos ayudado a otras muchas antes que tú. ¡Oh! Aquí llega el chocolate. Bébelo y caliéntate por dentro.
Las cuatro hermanas sonrieron amplias, a la vez.
—Te sentará de maravilla.