Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 48
74%

Capítulo 48

Valent St. Claire

Con toda probabilidad, el primer plan de su excelencia, lady Bravery, aquella noche, era perturbarme todo lo posible.

No volví a verla en lo que restó de velada y lo peor del asunto, es que también hizo desaparecer a Helena.

Ahora la duquesa era una amenaza, era el enemigo, clamaría resarcimiento por todo el mal que le habíamos causado y solo los infiernos sabían qué información le estaba sonsacando a mi iniciada.

Un poco antes, habría puesto las manos en el fuego por Helena.

No obstante, ahora, con lo mal que la venía tratando, tendría bien merecido que decidiera traicionarme.

Aquello no iba bien. No iba nada bien.

Exhibir mi calma y mi total inocencia en público celebrando un baile, había sido la feliz ocurrencia de Helena y yo la necesitaba a mi lado, aconsejándome para que las cosas no desvariaran.

Sin ella me sentía confuso y perdido, preguntándome hasta qué punto aquella treta había sido un acierto o qué paso dar a continuación.

Cuando me hallaba en el culmen de mi angustia, cuatro mujeres que no había visto antes me abordaron desde sus joyas relucientes y sus sonrisas de palco.

No tenía ni idea de quiénes se trataba.

—Lord St. Claire. —La mayor de ellas, más adelantada, tomó la batuta y alargó la mano para que se la besara—. Mis hermanas y yo nos sentimos muy honradas de que haya contado con nosotras para esta magnífica fiesta.

Hermanas… ¿qué demonios?

¡Diantres! ¡Las brujas!

¡Las brujas de Kensington!

Noté la sacudida en cuanto mi mano hizo contacto con la suya. Un temblor que me recorrió entero, igual que un relámpago. Entonces la miré a los ojos. Y fue como asomarme a un agujero profundo y negro, directo al quinto círculo del infierno.

Eran cuatro mujeres atractivas, aparentemente jóvenes, aunque de edad indeterminada, cargadas de piedras preciosas y ropajes caros.

Sin compañía masculina, pero felices.

—Es una lástima que lord Bravery no haya acudido a divertirse esta noche.

—Hasta donde sé, lord Bravery está muerto —susurré entre dientes, aderezando mi respuesta con una sonrisa ladina.

—No me refería a ese lord Bravery.

—Curioso. Yo me refería a los dos, señora…

—Crowder. Araminta Crowder. Y soy señorita.

—Disculpe el error —me apresuré a rectificar.

—Permita que le presente a mis hermanas, Seraphine, Enora y Fiona.

Dediqué las correspondientes inclinaciones de cabeza a cada una de ellas, sin lograr que mis músculos tensos ni mi ceño se relajaran. El peso infame de aquellos ocho ojos sobre mi persona contaminaba el aire de la sala, haciéndolo pesado e irrespirable.

—Un placer. Bienvenidas a mi casa. Espero que se diviertan.

—Oh, sí, estamos convencidas de que, aun en ausencia del duque, será una celebración inolvidable.

Entonces, como una ráfaga de fuego en mitad de la multitud, distinguí a Helena.

El rojo de su cabello concentró, de pronto, todo el protagonismo y mi atención.

Noté un golpe de alivio al saber que no había abandonado Claire House.

Las pupilas inquietas de Araminta Crowder siguieron la dirección de mi mirada y se toparon con ella.

Hubo un levísimo sobresalto, un atisbo de interés mal disimulado.

Helena se esfumó al instante.

—Espero verlas de nuevo, señoritas. —Volví a inclinarme, loco de ganas por librarme de su angustiosa vigilancia—. Prométanme que lo pasarán bien, y no se olviden de probar el ponche. Es una receta familiar, ancestral y muy secreta.

—Sepa que nos encantan las pócimas, conde. Qué maravilla.

El malestar que se me alojó en la boca del estómago tras el encuentro con las Crowder, no me abandonó durante toda la gala. Mi memoria reprodujo cien veces la torva intención de aquella mirada cuyo objetivo era Helena, y temí por ella.

La torpeza de Bryen podía ponernos a todos en peligro, mas no permitiría que supusiera también una amenaza para la mujer que...

Para mi iniciada.

A partir de ahí, el resto del baile se convirtió en un auténtico suplicio.

Necesitaba parlamentar con la duquesa, confirmar el centelleo de esperanza que me había parecido ver brillar en sus ojos y que, seguramente, no era más que una alucinación.

Me había parecido ver una suerte de mensaje mudo que me indicaba complicidad, que no pensaba delatarme… al menos, por el momento.

También necesitaba bailar con Helena. Rodear su breve cintura con mi brazo y pegarla a mi cuerpo hasta emborracharme con su aroma. Permitiendo que el calor del anhelo se arremolinara como una tormenta a pique de explotar en mi vientre.

En contra de mis deseos, me vi obligado a atender a mis numerosos invitados.

Conversaciones intrascendentes, saludos ceremoniosos, cotilleos sociales que no me interesaban, agasajos vacíos, frases que me adulaban, sonrisas que pedían favores.

Largas peroratas sobre arte y compositores de ópera emergentes que ni conocía ni estaba interesado en conocer.

Esos eran los motivos de que me mortificara tanto la vida social. Un puñado de vampiros grandilocuentes comportándose como aristócratas humanos. Sin embargo, en ningún momento dejé que mi mirada reposara.

En ningún momento dejé de buscar.

En un determinado instante, como una visión fugaz, volví a localizarla.

Sus labios del color de la sangre cuyo dulce sabor ansiaba por las noches, su cabello, donde tantas veces había hundido mis dedos, refulgiendo bajo las velas de las arañas, su maravilloso vestido color esmeralda; felina y etérea como una diosa.

No estaba con Serena, estaba sola, rodeada por las hermanas Crowder que la repasaban con avaricia.

Sentí una sacudida de pánico atravesarme el pecho.

Formulé unas atropelladas disculpas a los nobles que arrollaba con mi avance, crucé el enorme salón casi a la carrera, la atrapé por el brazo y tiré de ella, desquiciado, olvidando las formalidades, la respetabilidad y el decoro.

Fuera de mí, me la llevé a un pasillo adyacente a la sala de baile, lo suficientemente retirado, oscuro y privado como para poder respirar de alivio.

—¡No te acerques a esas mujeres! —rugí furibundo— ¡No se te ocurra acercarte! ¡Ni permitas que ellas lo hagan!

Los expresivos ojos de Helena pestañearon confusos.

—Pero… ¿Por qué razón?

—He dicho que no les dirijas ni la palabra. Con eso basta.

—Son muy amables. Me han dicho que son viejas amigas de tu familia, que te guardan mucho aprecio…

—No las conozco de nada. Solo sé que están ayudando a Bryen con conjuros y hechizos, que practican la magia negra, y no las quiero cerca.

Se me quedó mirando, pasmada y aturdida, sin saber qué decir. Con los labios húmedos y deseables entreabiertos por el miedo. Con mis dedos apretando su brazo como una zarpa, seguramente haciéndole daño.

No pude soportarlo más. Tiré con violencia de la muchacha y me la pegué al pecho. La rodeé con ambos brazos y me perdí en los recuerdos que ella no había dudado en regalarme.

—Maldita sea, Helena. Odio que me preocupe lo que pueda sucederte.

—Amo.

Noté cómo sus delgados brazos se cerraban en torno a mi cuerpo.

—No te separes de mí un solo instante. No lo hagas.

—Pero no es correcto que nos vean juntos, amo, yo no debería haber venido como su acompañante, podría comprometernos a los dos.

—Al diablo la etiqueta y los rituales. Al infierno con todo. Solo quiero que estés a salvo. ¿Acaso es mucho pedir?

Ella quiso desasirse, con toda probabilidad para interrogarme directo a los ojos, y no se lo permití.

Nos quedamos allí, varados en mitad de un pasillo interminable a oscuras, abrazados, siendo consciente de que la deseaba como un jovencito apenas iniciado en las artes amatorias, no como un vampiro de doscientos años, curtido, plagado de cicatrices y curado de espantos.

—Sube a mi alcoba y espérame allí. Subiré en cuanto acabe esta condenada equivocación. Quiero decir, fiesta.

—Desea… ¿que me quede? —pestañeó extrañada— ¿Que me quede a pasar la noche?

Le acaricié el pelo y le besé la frente.

—Voy a hacerte mía tantas veces y con tanto ímpetu, que me suplicarás que pare.