Capítulo 47
Helena de Corset
Cuántas veces no habría soñado, desde que empecé a ser consciente de que sentía algo por lord St. Claire, con acudir a un baile imponente, ataviada con lo mejor de mi armario, rutilante y de su brazo.
Sin embargo, ahora, el hecho de que me lo hubiera pedido, más bien ordenado, me espinaba. Y la parafernalia de ajustarme vestido, tocado, peinado y joyas frente al tocador y el espejo, asistida por tres esclavas, me provocó una espantosa tristeza.
Las cinco jornadas previas a la fiesta no lo vi en ningún momento. Fue comunicarme su decisión en cuanto al papel que yo debía jugar en el evento, y desaparecer. Por eso, vestida y todo, me estuve preguntando si finalmente se echaría atrás y me dejaría allí, engalanada y esperando.
Pues no. Estaba equivocada. Como tantas otras veces.
Dos siervas vinieron a avisarme de que milord me requería en el vestíbulo y cuando lo vi, alto e impresionante, tan temible como solemne, vestido de negro, con aquellos ojos del color de las llamas al bailar centelleando, mi corazón se retorció en un doble salto mortal.
Que los dioses del Inframundo me protegiesen. Estaba loca, completamente desquiciada de amor y deseo por él.
—Oh, Helena, me alegro de que por fin aparezcas. Casi llego tarde a mi propio baile.
Lo dijo apresurado, sin mirarme a la cara, mucho menos a los ojos, y con tanta gelidez e indiferencia como cabía esperar en una pantomima. Me llevaba como pareja de baile porque era joven, supuestamente bonita, y sabía comportarme.
Poco más.
Me vendaron los ojos para salir de la mansión, tomada de su mano como guía, y no se me permitió retirar el antifaz hasta estar, prácticamente, a las puertas de Claire House.
No intercambiamos ni una palabra durante el trayecto, aunque mi corazón bombeaba con tal intensidad que temí que Valent lo escuchara en mitad de aquel silencio sepulcral.
Una vez en destino, decidí dejar de compadecerme de mí misma y consolar mi alma herida con toda la belleza que nos rodeaba.
Me dediqué a asombrarme con la exuberancia de la decoración.
Miles de flores rojas como gotas de sangre recién derramada.
El intenso y embriagador perfume deslizándose de sala en sala, como una neblina invisible.
Las arañas de cristal pendían del techo, con cientos de velas, soltando arcoíris de destellos coloreados.
La nutrida orquesta que amenizaría la velada con sus piezas, ya situada y dando los toques finales a la afinación.
Todo lo que cabía esperar de un St. Claire y su adinerada estirpe.
Al recordar los días vividos con el conde en aquella mansión, noté un aguijonazo de nostalgia. Allí nos habíamos aproximado mucho, quizá más de lo conveniente.
Intimando desde lo más profundo.
Me había abierto el corazón y se había mostrado tan solícito y atento que me había hecho sacar conclusiones ridículamente románticas.
Recogí al vuelo la lágrima que se escapó por el rabillo del ojo y me coloqué en mi lugar, en segundo plano detrás del anfitrión, cuando las puertas de aquella espectacular residencia se abrieron para recibir a los encopetados visitantes.
Uno tras otro, fueron desfilando.
Haciéndole los honores a St. Claire, agradeciéndole tanto la organización de la velada como la invitación misma, alabando el buen gusto decorativo y otro ciento de cosas superfluas más.
Eran vampiros, sobre todo, supuse que habría algún humano insensato que no sabía dónde se metía, aunque no reconocí a ninguno, y casi empezaba a aburrirme, cuando llegó el primer sobresalto de la noche.
Los autores de mis días.
Tanto padre como madre fingieron no verme siquiera, menos aún conocerme, cumplimentaron a St. Claire con la elegancia y mojigatería esperadas, y enseguida pasaron a fusionarse con la bulliciosa multitud que se movía en la gran sala, como una lluvia de estrellas en pleno verano.
La segunda conmoción, superada la de mis padres, fue lady Bravery.
Serena.
En verdad era audaz aquella mujer. Presentarse en la fiesta de su raptor, del que había escapado dejando a su espalda una ristra de cadáveres sanguinolentos, y mirarlo a la cara con el mayor descaro. Mi admiración por ella escaló hasta la cima del monte imaginario más alto.
—Duquesa.
Juraría que oí temblar ligeramente la voz de Valent al saludarla. Tan sutil que enseguida pensé que lo había imaginado.
—Lord St. Claire. Mi más sincera gratitud por su invitación.
—Mi reconocimiento por haber tenido la gentileza de aceptar.
Ahí sí que cortaron los tonos como una cuchilla afilada sobre piel fina. Tanto por parte de él, como de ella. Un duelo de titanes, dos voluntades enfrentadas sin manifestarse, envueltas en falsedad y en sonrisas.
—Espero tener el honor de que me conceda un baile esta noche, duquesa.
—No sabría decirle, milord. Tengo comprometido el carné. Es posible que pueda hacerle un hueco en algún momento. ¡Helena! ¡Querida!
Me descubrió, por más que quise impedirlo y pasar desapercibida. E hizo un aspaviento con el brazo, casi apartando a St. Claire de su camino, para sacarme de mi rincón seguro y arrastrarme con ella.
—¡Cómo me alegro de verte! No sabía que asistirías.
En un abrir y cerrar de ojos, lord St. Claire se había quedado atrás, saludando y recibiendo a gente, y nosotras nos mezclábamos con el sinfín de aristócratas vanidosos, desapareciendo como dos volutas de humo.
Serena no me soltó, en ningún momento, la mano. Al contrario, conforme daba rienda suelta a su preocupación, me la apretaba más.
—¿Estás bien? ¿Han sospechado de ti? —susurró apresurada— ¿Te han acusado de algo?
—¿Cómo habrían de hacerlo, si cuando me dirigía a llevar el agua emponzoñada a los centinelas St. Claire me salió al encuentro y me encerró en su alcoba?
—¿Estuviste con él todo el tiempo? Es una magnífica coartada.
Pareció alegrarse mucho, como si se quitase un gran peso de encima.
—Duquesa, lo siento, lamento lo indecible no haber podido cumplir con mi parte del plan. ¿Cómo escapó? ¿Cómo lo consiguió? ¿Y por qué está hoy aquí?
—Necesito sacar al conde de sus casillas. Y aquella noche… bueno, conté con una ayuda inesperada. Sin embargo, eso ahora carece de importancia. Me preocupabas tú, querida. —Me acarició la mejilla con la mano enguantada—. Voy a sacarte de allí en cuanto pueda.
—Mis padres han venido, aunque voy a procurar no cruzarme con ellos siquiera. Cualquier mirada o gesto fuera de lugar podría delatarnos.
—Bien pensado. Relájate, sonríe y vamos a divertirnos. Estás preciosa.