Capítulo 46
Valent St. Claire
Pues sí.
Finalmente, en un alarde de deshonor, había decidido apropiarme de la idea de Helena y celebrar aquella pomposa e inconveniente fiesta. Así que, para compensarla, decidí que lo justo sería que ella también asistiera en calidad de acompañante.
Me ausenté de la nueva Casa, lo indispensable para que mis criados en Claire House decorasen las estancias donde se celebraría el baile.
Para redactar de puño y letra las invitaciones y entregárselas a mi mayordomo, para su reparto.
Para escoger indumentaria con mi ayuda de cámara y dar el visto bueno a las propuestas de menú.
Todo lo que habría correspondido a mi condesa.
De haber existido una lady St. Claire.
Como era de esperar, al regresar a Kensington, Bryen puso el grito en el cielo. Más ofendido por no poder asistir, como el resto de los Maestres, que por el hecho en sí de que se celebrara.
—¿Cómo se te ocurre exponerte de ese modo? ¿Olvidas que ahora estás tan señalado como enemigo de la Hermandad Real como yo?
—Aparentemente, Winley, no es el caso. De momento no ha habido el menor movimiento en mi contra.
—Porque estarán pergeñando una trampa rastrera y sucia.
—¡Por supuesto que querrán tenderme una trampa! ¡Yo lo haría! ¡También usted! El caso es que necesito averiguar cuál es y cuándo me caerá encima.
El anterior duque de Bravery soltó un gruñido iracundo entre dientes y apuró su copa de un trago brusco.
—Te estás buscando la ruina. No seré yo quien te lo impida, muchacho impetuoso.
—Cosa que le agradezco, Winley. Desde lo más hondo y sincero de mi alma.
Mi sarcasmo se quedó flotando por encima de nuestras cabezas, cerca del techo, y si Bryen lo advirtió no dio muestra alguna de estar ofendido.
—El mercado del opio está prácticamente en nuestras manos —relató complacido—. Hasta nos hemos adueñado del último envío procedente de China. Se lo hemos robado a los Reales en sus propias narices.
—¿Bajas en el enfrentamiento?
—Más por su bando que por el nuestro.
Hice un gesto de aprobación, ladeando la cabeza.
—Aceptable.
—Oye, St. Claire…
El antiguo duque se quedó atascado y mis cejas se arquearon incitándolo a proseguir.
—Sabes que siempre pensé… Que algún día te convertirías en mi heredero.
—Debe de estar bromeando, teniendo un hijo legítimo.
—Me refiero al frente de la Rosa Negra.
Me lo tomé como lo que era: como una estupidez supina. Quizá hubiera un tiempo en que lo habría creído. Cuando me convertí en su pupilo y lo idolatraba. Cuando tratando de ganarme su afecto, olvidé lo que me había conducido hasta él: mi venganza.
Todo eso, los buenos sentimientos, estaba muerto ahora.
—A usted le quedan siglos de vida, Winley —rezongué.
—Si me ocurriera algo. Nadie está a salvo de un desafortunado accidente o de que la Hermandad Real por fin me capture para ajusticiarme. Debería dejar ordenada por escrito la cuestión de mi sucesión.
Sonreí para mis adentros, armándome de paciencia para lo que vendría a continuación: Bryen Winley, la serpiente sinuosa y traicionera, tratando de comprarme.
—Si voy a nombrarte mi sucesor a la cabeza de la nueva Casa, nuestra relación debería ser mucho más colaborativa de lo que es ahora.
—¿Se está refiriendo, por casualidad, a las brujas?
—No las llames así, son unas auténticas damas, se sentirían profundamente agraviadas, de enterarse. Por cierto, ¿les has extendido invitación para ese baile suicida que pretendes celebrar?
—¿A las videntes? —me horroricé.
—St. Claire. Compórtate con ellas de forma adecuada y estoy dispuesto a olvidar tu imperdonable falta de diligencia con la… esposa de mi difunto hijo.
La forma posesiva en que se refirió a Serena acrecentó mi mal humor y recrudeció mi tono.
—¿Deberé yo olvidar, a cambio, el recital de vejaciones a que me sometió delante de los Maestres?
—Ah, eso. Deberás entender que fue radicalmente necesario. ¿Qué sería de la logia si no imponemos algo de disciplina?
Se abrió un incómodo silencio entre los dos.
No veía el momento de que Bryen abandonara mi despacho. No obstante, muy en contra de mis deseos, se llegó hasta la mesa de los licores y se sirvió un brandy. Luego, suspirando con un extraño mugido, se volvió a sentar y me miró como si se estuviera pensando perdonarme la vida.
—Muchacho, hubo un tiempo en que fui tu mentor, nuestra relación era cordial. Antes de mi encarcelamiento…
—Antes de su encarcelamiento, yo era su vil servidor.
—Di mejor que me venerabas. ¿Qué problema le ves a eso? Era tu maestro y guía. Lo correcto era tratarme con respeto, tal y como siempre hiciste.
No quise responder, enrocado en mi huraño silencio.
—Soy mucho más comprensivo de lo que accedes a pensar. Entiendo que el hecho de haber suplantado mis funciones y posición en mi ausencia te haya convertido en un engreído. Un pequeño dictador arrogante. Pero estoy de vuelta.
Calló de repente, como si le interesara mucho conocer mi reacción, si bien, no le di el gusto. Mi respuesta fue la nada: un rostro de piedra sin ninguna emoción reflejada.
Entonces, Winley retomó el asunto.
—Soy la cabeza de esta Casa, no tú. Y debes limitarte a obedecer. Esas brujas , como tú las llamas, han sido el instrumento que nos ha permitido controlar el mercado del opio.
Sacudí la cabeza al borde del aullido.
—¿Tiene idea de lo peligroso que es mantener alejados a los Reales a costa de hechizos y conjuros? ¿Qué pasaría si alguna vez esas mujeres deciden cambiar de bando?
El imperceptible gesto de sorpresa que zarandeó las comisuras de Bryen, me hicieron pensar que hasta ese momento no se había parado a considerar ciertas posibilidades de lo más funestas.
—Precisamente por eso debemos tenerlas contentas. Extiéndeles una invitación para ese baile tuyo, dejando muy claro que se las invita en mi nombre.