Capítulo 45
Serena de Bravery
Podría haber anotado en un papel mi apuesta acerca de cuántas horas tardaría lord Corset en presentarse en Shadow Hall hecho un energúmeno. A reclamar que rindiera cuentas por mi descalabro y mi aparente demencia.
¿Cuatro? ¿Cinco?
Habría acertado.
Apenas Marianne llegara a su casa, quizá con el acicate de su propia invitación al baile de St. Claire, que la estaría esperando, habría puesto a su marido al corriente de mis planes.
Y el caballero tuvo a bien disponer su carruaje e irrumpir en mis dominios, fuera de horas de visita, con el único fin de increparme.
De haber estado Arthur vivo, nos habríamos reído mucho a su costa.
—Disculpe que se lo repita, duquesa —insistió con la copa que le había obsequiado, en la mano—.
Todo esto me parece un despropósito. Lo que debería, de una vez por todas, es plantear una acusación oficial contra St. Claire por el asesinato de su esposo, del que fui testigo, y que la Hermandad Real tome cartas en el asunto.
Me habría consolado que me mirase a la cara mientras lo decía.
—¿Y se puede saber por qué no lo ha hecho usted mismo hasta ahora?
—¡Porque la tenían retenida! Y temí que poner al tanto de semejante enormidad a los Reales agravara la situación y pusiera en mayor riesgo su vida.
Bueno, pensé, pudiera ser que estuviese mintiendo, pero tenía cierto sentido.
—¿Y una vez liberada?
El conde me miró con las cejas arqueadas por el asombro.
—Esta acusación debemos formularla juntos. Yo expondré los hechos del ataque en Marshalsea y usted los de su secuestro. Ambos por la misma mano.
—No lo haré, milord. Si usted acusa a lord St. Claire, yo desmentiré sus palabras y su credibilidad quedará en entredicho. Recuerde que las aseveraciones del primer príncipe jamás se ponen en duda.
Pensé que las muelas de Corset se resquebrajarían a juzgar por el afán con el que apretó las mandíbulas. Sus ojos despedían chispas de irritación.
—¿Cometería usted semejante dislate?
—Sin dudarlo.
—Y eso… Permítame que no la entienda. Eso, ¿por qué?
—Porque tengo mis propios planes, conde. Porque si los Reales asumen el castigo de St. Claire me privarán de mi merecida venganza. Lo haré yo. Yo misma. Paso por paso y asegurándome de que el resultado sea de lo más sangriento… e inolvidable.
—Siempre imaginé que tendría algo en mente. Y le ruego que me lo aclare, porque de otro modo, no puedo entender qué pretende, no puedo.
Los labios se me curvaron en una sonrisa casi diabólica.
—Ya se lo he dicho. Lo atraeré con paciencia, conseguiré que confíe en mí, le propondré una tregua entre Casas…
Fue como si le hubiesen acercado una antorcha encendida a las posaderas. Se soliviantó de modo evidente.
—¿Una tregua? ¡Eso sería tanto como admitir la existencia real de la Rosa Negra! ¡No podemos hacerlo! ¡Supondría un suicidio para la Hermandad! ¿Acaso hemos perdido por completo el juicio?
—Y cuando la firmemos —proseguí sin alterarme—, cuando más confiado esté, acabaré con su vida. Mataré a Valent St. Claire sin un ápice de piedad. Nuestro enemigo, la logia, descabezado.
—No obstante, eso implicaría… sería conducirse… ¡Duquesa! —se escandalizó con un aspaviento— ¡Tal comportamiento conllevaría una carencia absoluta y completa de honor!
Volví a sonreír. Esta vez muy despacio, con frialdad y sin que los buenos ánimos me llegaran a los ojos.
—Yo no tengo honor, conde. Tengo un esposo muerto al que vengar.