Capítulo 44
Serena de Bravery
Allistair contrató en mi nombre un cuerpo básico de servidumbre para Shadow Hall, del que no terminaba de fiarme.
En cierto modo, tenía razón Soley que, por cierto, ya estaba de nuevo instalado en nuestra residencia de Viena, rodeado por nuestros amigos de siempre, mucho más complacido de lo que cabía esperar y con nuevas ilusiones propias de su edad, según pude saber al recibir su primera carta.
Ya no me fiaba de nadie. Solo de mí misma, y dependiendo del momento.
Dos figuras ocupaban mi mente noche y día. Dos objetivos, a eliminar ambos.
Bryen Winley, antiguo duque de Bravery. Por la amenaza que suponía para la supervivencia de Soley. Por su conocida crueldad. Porque seguramente, tras mi huida del escondrijo de la Rosa Negra, me había sentenciado a muerte.
Y Valent St. Claire.
No por haberme privado de libertad. No por haberme humillado y maniatado semidesnuda a una cama. No por haberme vejado cometiendo mil actos indecorosos frente a mis ojos con sus esclavas e iniciadas. No.
Por haber asesinado a mi esposo.
Y dada la magnitud del enemigo doble al que me enfrentaba, debía dividir las cuitas, extremar la cautela, y emplearme a fondo contra cada uno de ellos, por separado.
Marianne me había convencido de ser juiciosa y esperar un par de jornadas más, hasta que el cuerpo de servicio limpiara a fondo los rincones de Shadow Hall tras la masacre.
A que las manchas de sangre vieja desaparecieran del suelo, retirasen las telarañas de las esquinas, se abrieran de par en par las vidrieras y se sacudiera el polvo de los gruesos cortinones de terciopelo y las alfombras.
Fue un sacrificio espantoso, porque recuperar mi independencia haría posible que el lobo blanco ocupara su posición a mi lado, a todas horas, tal y como le había prometido aquella noche en Highgate, parecía que un año atrás.
Entonces, y solo entonces, regresé al que había sido mi hogar, con el corazón oprimido.
Cada estancia de aquella mansión traía oleadas de recuerdos imborrables.
Las salas, los divanes donde Arthur me había besado, confesado sus sentimientos y hecho el amor.
La biblioteca pequeña donde solíamos reunirnos tras la cena a charlar junto al fuego o a jugar al ajedrez.
Y a reír.
Shadow Hall estaba impregnada de nuestras risas, del alma de mi esposo, y seguía transmitiéndome aquella sensación de fuerza y fuego insuperable.
La primera noche deambulé angustiada por mi alcoba en camisón y descalza, apartando cada cinco minutos las cortinas para otear el exterior, hasta que lo vislumbré. Hermoso y blanco como una pequeña colina de nieve pura.
Bajé en un vuelo las escaleras hasta la calle, yo misma abrí las puertas y le di la bienvenida, arrodillada, abrazada a su cuello y llorando.
El lobo. Mi lobo. El ser que encerraba el espíritu del hombre que había sido el amor de mi vida. O enviado por él.
No quería saberlo porque no lo necesitaba.
—No nos separaremos —juré con la voz rota—. No nos separaremos jamás.
Al día siguiente ordené al mayordomo que los reuniera a todos en el vasto vestíbulo. Uniformados e impecables, inexpresivos, las miradas un poco perdidas y sin sonreír, como sucedía con todos los humanos esclavizados, las manos recogidas contra los regazos y el mayor respeto escrito en sus rostros.
—Bienvenidos sean todos a Shadow Hall.
Mi voz retumbó poderosa, trepando por las paredes, escaleras arriba. Todos los ojos se detuvieron, temerosos, en el lobo que vigilaba a mi costado.
—Agradezco al conde de Corset la gentileza de haberlos encontrado y contratado para que sirvan en esta casa. No obstante…
Me coloqué de cara al mayordomo, que abría la fila en primera posición, y lo miré directamente a los ojos, haciendo uso de aquel talento que me había concedido la niebla negra en Highgate.
Puede que no pudiera domeñar la voluntad de un vampiro más antiguo que yo, pero frente a meros mortales era pan comido.
El pobre hombre reaccionó al instante a mi hipnótica cadena. Cuando supe que me pertenecía, pasé al ama de llaves y así, sucesivamente, uno tras otro, hasta acabar.
—Ahora me sirven a mí. Soy la duquesa de Bravery y solo ante mi persona responden.
No informarán a nadie, sea quien sea ese alguien, acerca de esta casa.
Ni los invitados ni las visitas que se reciban ni las conversaciones que accidentalmente puedan escuchar.
No comentarán intimidades. Si fuera de Shadow Hall son interrogados en algún sentido, no responderán y me informarán a mí de inmediato. ¿Ha quedado claro?
—Como usted ordene, excelencia —respondieron a coro, como un solo ser unificado.
—Espléndido. Vayan a atender a sus tareas.
Los vi marchar, invadida por una inesperada calma. Las circunstancias que se habían fracturado y torcido, poco a poco, recuperaban el lustre de lo nuevo y se recolocaban en su lugar.
Todo menos la ausencia de Arthur.
No conocía palabras lo bastante intensas como para describir el modo terrible en que lo echaba de menos.
Miré al lobo que probablemente él había enviado desde donde quiera que estuviese para que me protegiera, y noté una punzada aguda, como si un cepo de hierro me apretara el torso dispuesto a triturarme las costillas.
No me acostumbraría jamás a vivir sin él.
La mera idea de una eternidad sin tenerlo me estremecía.
Quizá cuando Soley ya no me necesitara, cuando realmente no me necesitara en ningún aspecto, sería buena idea partir al más allá a reunirme con el amor de mi vida.
Mi primera visita fue la afligida Marianne, que no comprendía cómo podía haber elegido vivir allí, en completa soledad, dejándola a ella, a un tiempo, en similares y desoladoras circunstancias.
Dado que Helena, al igual que Soley, no volvería hasta más adelante, y que las continuas gestiones y labores del conde lo mantenían ocupado la mayor parte del día, mi querida amiga se diluía en la desidia, la soledad y el aburrimiento.
Le pedí al lobo que aguardara en mis aposentos para evitar que lady Corset sufriera un ataque de pánico al verlo. Bajé al salón de recibir, deseando que todo terminara y volver a reunirme con él cuanto antes.
—¿No ha vuelto lord Ravenclaw a visitarlos? —indagué con cierta malicia, cuando nos cansamos de hablar de superficialidades.
Marianne me sonrió cándida.
—Oh, no, no. Debo decir que esos casi tres días completos que lo tuvimos en casa fueron más que suficiente. Qué hombre tan excéntrico y meticuloso.
—No me gusta.
—Bueno, consideremos que viene empapado de una cultura muy diferente.
—No tiene nada que ver con Joseon. Huele a perfidia.
Marianne sofocó una risita timorata.
—No diga eso donde nadie pueda escucharla, duquesa, se metería en un buen lío.
—Pese a ello, ha accedido a que ocupe el lugar de mi esposo. Mañana por la noche seré oficialmente presentada a los Maestres de la Hermandad Real como primera princesa de la Casa.
Mi amiga desorbitó los ojos y cubrió con una mano enguantada el gesto de asombro que le abrió la boca.
—Entonces, ¿lo ha conseguido?
Asentí, atravesada por una ráfaga de fugaz orgullo.
—Mi esposo lo creía de todo punto imposible. El suyo es un logro histórico.
—Imagino que el segundo príncipe trata de averiguar hasta dónde puedo llegar. Le concederemos el placer de fisgonear cuanto desee.
En ese momento, mi mayordomo pidió permiso para interrumpirnos, con una bandeja de plata y un mensaje en ella.
—Disculpe, duquesa, acaban de traer esto para usted.
Desgarré el lacre, indiqué al sirviente que se marchara y leí los perfectos renglones con sumo deleite. Supongo que me traicionó mi sonrisa.
—¿De qué se trata? —quiso saber Marianne.
—Lord St. Claire celebra un baile y me está invitando.
La agitación que se apoderó de Marianne fue de tal calibre, que se vio obligada a soltar la taza de té para no verter el contenido sobre su precioso traje.
—¿Cómo puede tener la desfachatez…? —Abrió mucho más los ojos al comprender mis intenciones— ¡No me dirá que piensa asistir!
—Por descontado que sí. Y ustedes, que me imagino recibirán también su invitación, igualmente deberían.
—Pe… pero ya sabemos… ¡Querida! ¡Ya sabemos quién es! ¡A lo que se dedica! ¡Sabemos lo que hizo!
Me mantuve impasible, en tanto mi cabeza daba vueltas delirantes alrededor de ciertas ideas.
—Serena, por todos los dioses, ese hombre…
ese hombre asesinó a su esposo. ¡A usted la privó de libertad!
¡Es posible que ande buscándola para raptarla de nuevo!
¿Va a decirme que aceptará sin más su invitación?
¿Que se calzará sus mejores galas y se adentrará en su territorio a fingir que se divierte?
—Acierta, amiga. Eso mismo pienso hacer.
Un color rojizo exuberante arreboló las mejillas de Marianne. La vi muy turbada. Pasados unos instantes, el sonrojo se extendió a su rostro al completo.
—Permítame decirle que lo considero un disparate.
—Es posible. Sin embargo, ahora, por fin, él y yo estamos a la misma altura. Comienza la guerra.