Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

Valent St. Claire

Menos de una quincena se tardó en ubicar otro edificio donde sembrar la semilla de nuestra Casa. La futura Casa de la Rosa Negra, a pie de igualdad con la Hermandad Real, o por encima de ella, si por fin lográbamos controlar el mercado del opio en su totalidad.

En nombre de esa finalidad y solo en su virtud, no puse impedimentos a las triquiñuelas de Bryen: acuerdos con las brujas, que le permitieran emplear hechizos y conjuros para someter a los implicados, tanto en los muelles como en los fumaderos, doblegándolos para que obedecieran nuestras órdenes, desoyendo las de la Hermandad.

Algo que, no obstante, me causaba una innegable repulsa.

Magia negra.

Altamente peligrosa. Los vampiros no sabíamos manejarla y podíamos sucumbir con facilidad a su diabólico poder.

Bryen había contactado en secreto con un oscuro aquelarre de los barrios altos de Londres.

Una comunión de brujas que se mostraban al exterior como honorables damas solteras con ciertos talentos para la videncia y el establecimiento de contacto con los muertos.

El que el más allá y todo lo relacionado con su submundo estuviera tan de moda, las había convertido en personajes altamente populares.

Las médiums de Kensington, las llamaban.

Brujas más que médiums. Peligro. Peligro en letras capitales.

Bryen podía pensar que mandaba y caer en sus garras antes de ser consciente de que lo estaban enredando. Y entonces, no solo él, todo nuestro imperio en construcción dependería de esas víboras. Y lo peor, se negaba a confesarnos qué les había ofrecido a cambio de su ayuda.

Las brujas jamás trabajan gratis.

En esos quince días me dediqué a fornicar a todas horas y a analizar a fondo mis emociones, a pasarlas por el tamiz de la razón.

Haber perdido a lady Bravery me enfurecía, me causaba un hondo malestar, una especie de escozor desagradable más relacionado con el hecho de no haberme salido con la mía, ver insatisfecho mi capricho, que con un corazón roto.

Helena. Pelo de fuego.

Helena me tenía desconcertado. No ella. Yo. Quien yo era estando juntos. Cuando la tenía cerca.

Esa mujer había llegado a mi mundo para ponerlo del revés y no estaba del todo seguro de que me conviniese, de estarme comportando de forma inteligente si lo permitía.

Con tantos frentes abiertos, tantos problemas graves que solventar, lo último que necesitaba era atascarme con asuntos sentimentales. Los accesos carnales los tenía al alcance de la mano; con solo desearlo, lanzar una orden y elegir compañía, mis deseos más libidinosos se verían satisfechos.

En realidad, no la necesitaba.

Claro que, también hacía algunas lunas que el principal papel de Helena en mi vida no se reducía a calentarme las sábanas.

Sin pretenderlo, ni por su parte ni por la mía, se había convertido en una suerte de confidente.

Alguien cuya ausencia molestaba como una pequeña herida abierta y que, estando presente, me traía algo que vagamente recordaba a la pacífica quietud.

Deseaba su cuerpo, no iba a negarlo. Me daba placer tocarla, poseerla. Para demostrarme cosas que ponía en duda, me forzaba a mí mismo a reclamar a mi alcoba a muchas otras esclavas y dadoras de sangre, si bien, el agravio comparativo siempre acababa surgiendo.

Helena era especial.

Lo que me irritaba era que, de forma involuntaria, mi mente la estuviera convirtiendo en un ser superior del que yo empezaba a depender.

Y, por las hogueras del infierno, no quería eso.

No quería pensar en nadie cuando tomara una decisión. No quería que otros intereses ni futuros que no fueran los míos o los de la Rosa Negra nublaran mi juicio.

No deseaba preocuparme por ella.

Me obsesionaba que nacieran sentimientos que me eran ajenos y con los que no sabía batallar. Que la situación se me fuera de las manos y acabase convertido en un petimetre de esos que una dama inteligente maneja con el meñique.

Aprovechando la mudanza a un edificio que no era mi residencia privada, decidí imponer distancia con Helena.

No la dispensaría de sus labores como iniciada, pero la haría venir a mí mucho menos y procuraría rodearme de otras mujeres que me facilitaran la ruptura de ese…

, ese extraño y desconcertante lazo que parecía vincularme a ella.

A Helena le había contado cosas que nadie más sabía.

Le había abierto el corazón, mi particular caja de Pandora.

Y ahora me preguntaba si no acabaría arrepintiéndome.

No sé por qué no me extrañó en exceso que la nueva guarida de la Rosa Negra fuera un majestuoso edificio en Kensington. Mucho más próximo a las presuntas videntes, de lo que yo habría aprobado. Que esa tenebrosa amistad creciente entre Bryen y las brujas se fortaleciera, no me agradaba en absoluto.

Sin embargo, Winley había ordenado la elección sin contar con nadie más, abusando de su posición como cabeza de la logia.

Tenía razón Helena. Nuestra supervivencia pasaba por eliminarlo.

Daba igual que continuase socialmente muerto ; desde dentro ya hacía suficiente daño. Conforme fuera agrandándose el poder de la Casa, su autoridad aumentaría en paralelo.

A no ser que lo frenásemos.

Y dado que nadie que no fuera yo se atrevería a ir contra el fundador, iba a tocarme ejecutar tan codiciada misión.

Me asigné unos aposentos en la planta más alta de la mansión, acomodaron mis cosas, y nada más instalarme, mandé llamar a una esclava y a continuación, a Helena.

Cuando esta última llamó a la puerta, me sorprendió exactamente como quería que me sorprendiera: con la esclava arrodillada a mis pies y mi verga dura como una roca dentro de su boca.

Helena se quedó congelada bajo el dintel. Mirando la parte inferior de mi cuerpo con ojos desorbitados.

—Sirve vino —exigí con aspereza.

No se movió una pulgada. Me desagradó que pensara que gozaba de algún derecho en exclusiva sobre mis diversiones carnales. Que sería mi única mujer. No recordaba haberle dado pie a que pensara nada parecido.

Y a la vez…

El corazón me latía al galope; cuando la miraba, los segundos que corrían, de repente se paraban.

La intensidad de su mirada me traspasó, tal que si pudiera leer todo lo que me torturaba por dentro.

Amaneceres, oscuridad, los hilos con los que se tejían mis deseos, mis sueños y mis ambiciones.

Lo que me arrancaba la risa y lo que me hacía llorar.

Ninguna mujer, nunca, me había mirado como ella.

Jadeé intentando descifrar lo que sentía en ese instante.

—¿A qué estás esperando? ¿Es que no me has oído? —rugí en cuanto me recompuse— ¡Que sirvas vino! Dos copas.

—Sí, amo —obedeció por fin, con la voz quebrada.

Cruzó a la carrera el dormitorio, con la cabeza gacha y los ojos clavados en las puntas de sus zapatos. Mi mano aferró la coronilla de la esclava y empujó para introducirme más profundo. Hasta me permití la licencia de soltar un largo gruñido de placer.

De reojo, observé cómo temblaban las manos de Helena al verter el vino de sangre. Indignación, rabia o vergüenza, no podía saberlo.

—Puedes retirarte.

Volvió a recorrer el mismo camino en sentido inverso, en tanto yo avivaba el ritmo dentro y fuera de los labios que me chupaban con afán, intentando derramarme antes de que Helena saliera y cerrase la puerta.

Lo conseguí justo a tiempo. Hasta pude escuchar el crujido de sus dientes al apretarse con furia.

En cuanto ella se marchó, despedí a la esclava y me bebí, yo solo, las dos copas de vino.

¿Me sentía satisfecho?

No. Para mi infortunio, no más allá del clímax erótico y del placer físico.