Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Helena de Corset

—Amo, usted desea librarse del duque, ¿verdad que sí?

Valent estaba tumbado bocarriba en el lecho, la mirada perdida en las alturas y las puntas de los dedos dibujando distraídos círculos sobre la piel de mi brazo. Mi cabeza apoyada contra su pecho, rendidos tras una demoledora sesión cuerpo a cuerpo.

Completamente desnudo, igual que yo. Y calmado. Sorprendentemente sereno.

Pese a ello, ante mi pregunta, arqueó una ceja.

—Me agradaría saber de dónde sacas ciertas conclusiones peregrinas.

—Se lo dije hace mucho tiempo. Me bastaron unas semanas en la logia para entender que es usted quien toma las decisiones, quien asume las responsabilidades y diseña las estrategias. Amo, es a usted a quien respetan los Maestres.

—Bryen Winley fundó la Rosa Negra.

—Los valores se degradan con el tiempo. Su gloria pasó. El duque, a estas alturas, no ve más allá de sus propias venganzas. Usted sería un mejor líder para esta agrupación si aspiran a salir del anonimato y convertirse en Casa.

—¿Por qué piensas que queremos salir del anonimato?

Separé la cabeza de mi cálido apoyo y lo miré directo a los ojos, con aire extrañado.

—¡Amo! Todo el que aspira a crecer y ser alguien debe salir de las sombras. En la clandestinidad solo se quedan los mediocres.

Valent suspiró pensativo y no dijo nada.

Fue al cabo de un buen rato, cuando yo había vuelto a acomodarme y respondía a sus caricias con dedos juguetones a lo largo de su brazo, que contestó.

—Bryen Winley es la mayor equivocación de esta logia. Efectivamente, fue el fundador. Pero de eso hace cientos de años. Entonces, sus metas eran nobles, no lo discuto, aunque algunos de sus métodos siempre destacaron por su crueldad.

Los dos pensamos en la desdichada Lia y su terrible destino a manos del duque.

—Cuando se trata de vencer, Bryen es una criatura despiadada. Ahora que camina ciego y desesperado, es mucho peor. Su principal obsesión era que su hijo dejara de existir. Bien, eso ya sucedió. Y ahora, no contento con haberlo logrado, la sustituye con la aniquilación de los Reales.

—¿Esa meta no le parece bien?

—No estamos, ni de lejos, preparados para algo así. La Casa oficial nos aplastaría con un solo movimiento. Lo más sensato es fortalecernos antes de jugárnosla. Sin embargo…

—¿Sin embargo? —lo animé a que prosiguiera.

—No me fio de que Bryen sea capaz de esperar. Ese caballero carece, entre muchas otras virtudes, de paciencia.

Serena de Bravery

Temí que se desmayaran.

Al escuchar mis consignas, al palpar mi resolución, al imaginarme a la cabeza de la Hermandad Real. Ravenclaw carraspeó azorado.

—Valoraremos su propuesta y le…

—No, no lo han entendido. No hay nada que pensar ni calcular. Convocarán a los Maestres hoy mismo y les comunicarán el nombramiento. Sé que los muelles están revueltos, el mercado del opio en peligro, no hay tiempo que perder.

—¿Qué es exactamente lo que sabe de ese asunto? —intervino lord Corset, tan curioso como esperanzado.

—Que es el mercado menos legal y el más rentable. ¿Por qué no lo dejan?

Las cejas de lord Ravenclaw volaron hasta el nacimiento de su pelo.

—Usted misma lo ha dicho: es, con diferencia, el que más beneficios reporta.

—A ninguno de nosotros nos falta fortuna. Sean sinceros, no es por eso —recalqué, abriendo una larga pausa dramática—. No lo abandonan porque la Rosa Negra lo codicia y persigue manejarlo. ¿Acierto?

Los dos caballeros se removieron con extremo disgusto en sus asientos, incómodos dentro de sus ropas.

—Si permitimos que otra Casa se apropie del mercado del opio, pronto crecerán y se harán tan fuertes que no podremos vencerlos. ¿Por qué, si no, piensa que se han decantado precisamente por ese emporio para arrancar con sus actividades ruines?

—Cierto. Buscan poder. Habrá que valorar otras estrategias entonces —musité con aire meditabundo.

Les concedí unos minutos para que madurasen las novedades. Se les veía perdidos, confusos y casi asustados. Decidí alimentar aquel fuego destructor con un poco de leña adicional.

—Sepan que pienso plantear mi demanda ante los Maestres y que me asiste el derecho como esposa del primer príncipe y representante legal del heredero.

No se atreverán a negarme lo que pido. Mucho mejor si lo presentamos como una decisión consensuada, una muestra de buena alianza entre nosotros tres.

Lord Ravenclaw llegó al límite de su resistencia.

Con toda probabilidad, se sentía ultrajado y ofendido por mis pretensiones. Si había permanecido como huésped de los Corset un par de días, era, indefectiblemente, porque yo le parecía… ¿interesante? ¿Misteriosa? ¿Particular y extravagante?

O porque la belleza cegadora de mi hijo le había impactado en demasía.

Llegados a este punto, agotados sus argumentos, tocaba marchar.

Abandonó la mesa con una ligera reverencia, haciéndole saber al anfitrión su decisión de partir dentro de aquel mismo día. Luego, antes de que las puertas del comedor se abrieran para él, me clavó sus frías pupilas.

—Seguiremos en contacto, duquesa. O ahora que va a ocupar el trono carmesí, debería mejor decir, ¿Alteza?

Pasé el resto del día en compañía de lady Corset. Paseando por el jardín, bordando frente a la chimenea, tomando el té, charlando de naderías. El tipo de actividades insulsas que ocupan las jornadas de una dama.

Deseando irme.

—Me marcho mañana temprano, Marianne —anuncié con amabilidad—. Es hora de tomar las riendas de mi vida despedazada.

—¡Oh, querida! ¡Esas prisas no hacen ninguna falta! Estamos encantados de tenerla…

—Tanto mi hijo como yo hemos abusado en exceso de su hospitalidad. Necesito recomenzar, espero que lo entienda.

—Y, ¿a dónde piensa ir? ¿A su residencia en St. Jame´s?

—No. Volveré a poner en pie Shadow Hall.

Los ojos azules de Marianne se abrieron desencajados.

—¿En esa casa tan enorme? ¿Después de…? ¿Usted sola?

—Es el hogar de mi esposo, de sus ancestros. Debo honrarlo.

—¿No siente pánico solo de pensar lo que allí sucedió?

—Esa es mi misión, el velo que debo rasgar.

En realidad, aquella era mi casa. Sus piedras me habían reconocido nada más llegar y me habían abierto los brazos, dándome la bienvenida, regalándome un ramalazo de poder y seguridad en mí misma de los que siempre había carecido.

Shadow Hall había adivinado el vínculo sagrado que me unía a su señor, me había aceptado como dueña, como la esposa del lobo, como la vampira que estaba destinada a ser, y no se merecía perecer en el abandono ni convertirse en una montaña de escombros y ceniza.

—Leo en sus ojos que está determinada a hacerlo —aventuró Marianne con dulzura—, sin importar lo mucho que tratemos de disuadirla. La ayudaré con el equipaje. Espere al menos unos días, a que mi esposo encuentre un cuerpo básico de servidumbre para que la atienda.

Sonreí con deferencia.

Tuve que morderme la lengua para no soltar que venía de un secuestro en el que toda mi vida se había reducido a unos aposentos con paredes forradas y que, con tal de ser libre, habría sobrevivido con nada.

Sin embargo, Marianne era un alma sensible, no había necesidad de agitarla con aquellos recuerdos envenenados.

—Será un placer aceptar su ofrecimiento —le dije.

—La echaré de menos. Igual que ya echo de menos a Soley, ¡qué muchacho tan extraordinario! Lamento enormemente no haber podido despedirme de él.

—Ha sido una marcha súbita y muy brusca, lo admito.

Y me disculpo en su nombre por la falta de modales.

Después de cómo lo han cuidado y protegido ustedes en mi ausencia, esta despedida a la francesa resulta imperdonable.

Mas deben entenderme, tras incontables negativas, de repente, sin saber ni cómo, mi hijo aceptó lo que tanto llevaba rogándole.

No podía demorar la partida y arriesgarme a que cambiase de opinión.

La condesa inclinó con elegancia la cabeza, aunque en la crispación de sus rasgos y en el pequeño bufido que se le escapó, leí discrepancia. Solo que era demasiado decorosa como para manifestarla de viva voz.

—Bueno. Lo que no llego a comprender… ¿Por qué era tan importante para usted que Soley abandonase Inglaterra de nuevo?

—No es un adulto. Es un muchacho vehemente e impetuoso, con venganzas pendientes, que pueden ponerlo en grave peligro. Y yo no puedo protegerlo sola, condesa, no me basto.

—¿Y por qué razón no lo ha acompañado? Cambiar de aires también supondría para usted una pausa tan beneficiosa como curativa.

Mi mirada se endureció y se volvió oscura.

—Porque voy a vengar la muerte de mi esposo, Marianne. Cuando mi hijo regrese, ya estará hecho. Así él no tendrá que adentrarse en el trance de una amenaza.