Capítulo 41
Serena de Bravery
Despedirme del lobo blanco fue una de las cosas más difíciles que había hecho en mi vida.
No obstante, mis recién elaborados planes de futuro nos volverían a reunir en breve, y así se lo prometí en voz baja antes de partir.
Se quedó varado en el círculo del Líbano, mirando cómo me alejaba, como una estatua tallada en piedra, incapaz de moverse.
Descansé con un sueño plácido y profundo lo que restaba de noche, y cuando desperté a la mañana siguiente, tras el desayuno, decidí enfrentarme de nuevo a Soley y a su absurda tozudez.
En la intimidad, lejos de la inquietante supervisión de lord Corset, que también parecía tener proyectos que involucraban a mi hijo, como, por ejemplo, colocarlo en el puesto de primer príncipe que su padre había dejado vacante y manipularlo a su antojo en su más que evidente rivalidad contra Ravenclaw.
Por encima de mi cadáver.
—Soley. —Lo abordé en su alcoba sin llamar siquiera.
Lo encontré frente al espejo, refinando su vestimenta con la consabida pelea contra su corbatín, algo que padecía desde muy joven. Me recibió con una amplia sonrisa capaz de derretir los cascos polares.
—Madre, qué bien que haya venido a buscarme. Quería pedirle disculpas por mis salidas de tono en el día de ayer. ¿Desea que desayunemos juntos?
Me coloqué delante, tapando la imagen del espejo, y me hice cargo de la lazada de seda blanca con dedos habilidosos.
Lista para emplear mi recién adquirida destreza.
—Lo que deseo es que cumplas mi voluntad. —Atrapé sus pupilas con las mías y de inmediato noté su reacción, la docilidad y la falta de oposición con la que me atendía—. Volverás a Viena y permanecerás allí el tiempo necesario, tal y como te he indicado.
Pestañeó varias veces. Muy rápido.
—¿Me has oído, hijo? Volverás a Viena y no pisarás suelo inglés hasta que yo te lo aconseje.
—Regresaré a Viena, madre —aceptó sin emoción en el tono—. Como usted guste.
—Bien, hijo, bien. —Apoyé la mano en su ancho tórax—. Es lo correcto. Ordenaré que preparen hoy mismo tu equipaje.
Para soslayar las trabas, todo se llevó a cabo con una rapidez inusitada, al punto de que, al bajar al comedor para el desayuno, Soley ya había partido. Me vi en la obligación de hablar de un inesperado contratiempo y a despedirme y excusarme ante todos en su nombre.
Podría afirmar que todos aceptaron la buena nueva con relacina naturalidad. Todos menos uno. A lord Ravenclaw se le encendieron las pupilas.
—¿Pretende decirme que ese muchacho ha abandonado esta mansión sin despedirse? ¿Sin presentarme a mí sus respetos?
—Eso digo, señoría. Se los estoy presentando yo —expliqué, imperturbable, sin perder la sonrisa.
—Un comportamiento que debería ser tildado de grosero y bochornoso.
—Marchó porque era su obligación y había llegado la hora.
—Paparruchas. Su obligación era rendirme pleitesía. Cuestión de jerarquías. ¿O acaso olvida con quién está hablando?
El odio se congeló en mis facciones.
Ya no había sonrisa. Ni miramientos hipócritas ni fingimiento.
Mi objetivo de agradar se tornó abierta antipatía.
—Se equivoca, marqués, lo tengo muy presente. De hecho, mi hijo es el heredero del primer príncipe y ocupará su puesto apenas alcance la edad adulta. No necesito recordarle cómo se organizarán las jerarquías a partir de entonces y quién, de entre todos, será llamado Alteza.
Lord Ravenclaw aspiró aire como si quisiera dejarnos sin oxígeno a todos los demás. Furioso porque me hubiera atrevido a insinuar que algún día sería un segundón .
—Y mientras tanto, ¿sugiere que lo esperemos?
—chilló—. Esta condenada hidra de tres cabezas siempre adolece de una falta letal.
Ahora que es cuando debemos ser más fuertes, ya que nos obligan a luchar por mantenernos.
Abandoné mis intereses en Oriente porque solo con Allistair al frente no bastaba.
¿Y ahora usted nos sugiere que el vacío persista y nosotros tengamos aún más paciencia?
—No sufra, si carecen de ella, yo misma les facilitaré el remedio. ¿Han oído hablar de la regencia? —añadí en claro tono de burla.
Los dos caballeros cruzaron sus miradas para luego poner los ojos en blanco.
—Por favor, duquesa, ¿bromea? Claro que sabemos en qué consiste la regencia.
—Espléndido. Pues yo ocuparé el puesto de mi esposo en tanto regresa mi hijo.
Por un instante, temí que Marianne se desvaneciera y rodara por el suelo como una madeja de lana. Al conde de Corset se le descompuso la expresión y el marqués de Ravenclaw se quedó sin habla.
—Este asunto… no debería ser tratado a la ligera, mucho menos en la mesa —logró balbucear Allistair atragantado—, en presencia de las damas…
—Precisamente a las damas deberían reconocerles su espacio y darles la voz que no tienen. Ellas paren a sus hijos y es gracias a ellas que sus estirpes no se extinguen y no queda todo en manos de los conversos. ¿Hay acaso aportación más valiosa?
Marianne se puso en pie, temblando como una hoja.
—Yo… no se preocupen, yo me retiro de inmediato.
No pude disuadirla, aunque hubiera querido.
Mi amiga salió de la sala como una exhalación, haciendo señas a los miembros del servicio para que se recogieran de igual forma. En menos de un minuto, las puertas del comedor se habían cerrado y estábamos los tres solos, en la más estricta intimidad.
—Todo esto es muy irregular, duquesa, espero que lo comprenda —arrancó el segundo príncipe, haciendo girar su taza sobre el platillo.
—Esa petición suya… —lo apalancó Alistair.
—No se confunda, milord, no se trata de una petición —los corté, tajante, a los dos—, sino del reconocimiento de un hecho. Soy la esposa legítima del primer príncipe, madre del heredero al que, a todos los efectos, debo representar. Además…
—Duquesa, por todos los santos, sea razonable…
Ignoré los balbuceos del marqués, giré la cabeza hacia Corset y entrecerré los ojos hasta convertirlos en dos rendijas malignas.
—Tengo la intención de matar a St. Claire con mis propias manos y traerme conmigo de vuelta a lady Helena. Y no son palabras dichas al azar, lord Corset. Es un juramento solemne.
Los dos hombres me observaron, confusos. Turbados y mudos.
Sopesando, con toda probabilidad, las ventajas y los inconvenientes de abrir sus mentes a algo que nunca habían hecho y acceder a que una mujer, por noble que fuera su sangre, ocupara, ni más ni menos, que el puesto de cabecera en el órgano de gobierno vampírico.
Lástima no alcanzar a dominarlos, dado que eran demasiado fuertes y mi poder sobre las voluntades ajenas, todavía demasiado endeble, aunque también me juré que llegaría el momento en que, con una sola mirada, manipularía sus mentes obligándolos a obedecer.
—¿A dónde podría conducirnos este despropósito? —musitó Ravenclaw con visible recelo.
—A un gobierno más plural y justo.
—Da por hecho que nosotros no lo somos.
—Los varones son, por definición, más belicosos y menos conciliadores. En momentos delicados como este, estará conmigo, señoría, no es lo que necesitamos.
—Ah, ¿no? ¿Y qué es lo que necesitamos, si puede saberse?
Me incliné sobre la mesa y ellos, instintivamente, se retreparon contra los respaldos de sus sillas.
—Engaños certeros. Seducción, caballeros; seducción acabada en muerte.