Capítulo 40
Helena de Corset
El desmantelamiento del cuartel general de la Rosa Negra, donde quiera que se encontrase, nunca llegué a saberlo, fue fulminante.
Todos los que habitaban el edificio clandestino se disgregaron, replegados y esfumándose en espera de disponer de otra guarida igualmente secreta. No volví a verlos a ninguno.
Era culpa de la sobria educación recibida, que yo pensara todo el tiempo en lo indecoroso e improcedente que resultaba alojarme y pernoctar en la mansión privada de un caballero soltero, siendo igualmente soltera.
No informé a mi padre, como cabía esperar.
Mi patética y personal excusa sonaba algo así como que debía esperar a que se reagruparan, emplazasen nuevo establecimiento y, a ser posible, averiguar la dirección de este.
Sin embargo, al margen de justificaciones, lo adecuado habría sido devolverme temporalmente a mi supuesta familia, hasta ser requerida de nuevo.
Lo que no podía negar era que, por encima de todas mis consideraciones y disculpas, el inesperado movimiento de lord St. Claire me había hecho sentir especial, enormemente feliz.
Me había escogido a mí, de entre todas las iniciadas, esclavas y sirvientes, para acompañarlo, llenar sus deseos e iluminar sus noches.
Pese a mi infantil alegría, una vez en su mansión familiar, en pleno Berkeley Square, Valent se pasó tres días enfurruñado sin despegar los labios ni para blasfemar.
Durante el sueño, las pesadillas lo devoraban y yo me pasaba las horas despierta, velando su sufrimiento, abrazándolo, con su cabeza sobre mi regazo, tratando de tranquilizarlo.
—Serena me delatará, sabe quién soy, va a descubrir mi identidad y ya no podré moverme libremente en sociedad como antes —relató en un gruñido seco—. Era mi principal ventaja estratégica sobre Bryen, y acabo de perderla.
Cuando lo dijo, estábamos consumiendo una frugal cena frente a la chimenea. El día había sido agitado, con muchas visitas de caballeros enfurecidos y un sinfín de reuniones en su despacho, a puerta cerrada, de las que salía lívido o iracundo.
Decidí que había llegado el momento de confiarle mis certezas.
—Ella no hará tal cosa —dije con la mayor firmeza.
Valent me miró por entre los mechones salvajes de su cabello, abierto como cortinas oscuras a ambos lados de su cara, y sonrió con cinismo.
—Ah, ¿no? ¿No lo hará? ¡Cuánta bondad por su parte! ¿Debo esperar tal cosa?
—Esa dama solo busca vengar la muerte de su marido.
—No creo que desaproveche semejante oportunidad de pulverizarme. Yo en su lugar, no la desaprovecharía.
—Por fortuna, Serena de Bravery no es usted, ni ninguno de los varones que rigen esta sociedad vampírica nuestra.
Ella es honesta y justa. Además, piénselo con calma: la duquesa no solo carece de pruebas.
Es una mujer sola, recientemente enviudada y, con toda probabilidad, trastornada por el dolor.
Si acusara a alguien, ¿quién se molestaría en creerla?
Él unió las yemas de los dedos, formando un triángulo que se meció atrás y adelante de su cara, permitiéndome ver lo insoportablemente bello que era.
—Puede que tengas razón, aunque no deja de ser una teoría muy osada la tuya.
—Soy osada por naturaleza, ya lo sabe. Y eso le agrada.
Su respuesta fue una sonrisa canalla y torcida que me erizó el vello de los brazos.
—Probémosla —sugerí un poco más emocionada—. Probemos mi teoría. Organicemos un baile.
Fue una temeridad hablarle con esa familiaridad, como si él y yo fuésemos algo.
No solo eso, también me expresé en plural, como si la mansión nos perteneciera a ambos y juntos fuéramos a actuar de anfitriones en la dichosa fiesta, si es que llegaba a celebrarse.
Mientras él cavilaba asuntos políticos, yo me dejaba llevar por mi estúpido romanticismo e iba dando pasos de gigante en dirección al precipicio.
—¿Un baile? Menudo disparate, ¿es que has perdido por completo el sentido común?
—Expóngase sin temor ante la sociedad, amo —proseguí sin pensar—, demuéstreles a la duquesa y al resto, que no tienen pruebas en su contra, que nada teme.
Contuvo a duras penas otra sonrisa. Parecía haberle gustado mi propuesta, aunque prefirió dárselas de enfadado.
—Lo pensaré. Vaya por delante que lo juzgo una auténtica locura.
—Amo, ¿puedo preguntarle algo?
Me devolvió una mirada llena de curiosidad.
—Veo que esta noche vienes con toda la artillería, pequeña bruja.
—¿Puedo preguntar? —insistí.
—Adelante, eso sí, no te garantizo respuesta.
—¿Por qué me ha pedido que lo acompañe? Aquí, a su casa.
Frunció el ceño.
—Supongo que la gravedad de la situación no me permitió meditar demasiado —dijo tras pensárselo un buen rato.
—Pero ¿qué lazo nos vincula?
—¿Lazo?
—Hubiera sido más fácil dejarme allí, con los demás. O restituirme a mi familia, dando la iniciación por terminada. Pero no, me ha traído con usted a su entorno más íntimo y privado. ¿Cuál es la razón?
—¿Debo responder a eso?
—Me haría inmensamente dichosa que lo hiciera —coqueteé.
Primero intentó escabullirse.
—Muchacha, déjate de interrogatorios impertinentes.
Luego ladeó la cabeza. Como si cavilara.
—Supongo que tenerte cerca me transmite… ¿paz? Lo sé, conociéndote suena descabellado.
—Tiene unas pesadillas espantosas, amo, cada vez con mayor frecuencia.
De pronto, todo rastro de humor se había borrado de su rostro. Aquella expresión hipnótica suya lucía amenazadoramente seria.
—Lo sé. Y por todos los infiernos, tú te cuelas en ellas. Oigo tu voz en los peores momentos.
—Será porque intento calmarlo. ¿Quiere un vino?
Sin esperar respuesta, me puse en pie y caminé hasta la mesita de los licores. Inesperadamente turbada, sin entender bien los motivos.
—Helena.
—¿Amo?
—Gracias.
—Ya es la segunda vez que me las da. No las merezco.
—Ven aquí. —Señaló su regazo.
Solté sin pensarlo dos veces el decantador y la copa que sostenía entre los dedos y acudí a su llamada con los ojos nublados de deseo.
Solo tenía que alzar la vista y buscarme con los ojos para tenerme.
Podía disgustarme el hecho de ser tan blanda y débil, sin embargo, sería de necios no admitir que me tenía rendida a su voluntad.
Lo encaré conteniendo el aliento, con los músculos tensos por la vibración de la anticipación.
Entreabrí mi túnica solo para dejarle ver que no llevaba nada debajo, solo la piel y los huesos.
Me senté a horcajadas notando la dureza de su bulto en mi entrepierna, un roce sensual y casi prohibitivo que convirtió mis pezones en diamantes.
Rodeé su cuello con mis brazos y, tomando con atrevimiento la iniciativa, lo besé.
Pero no fue un beso como los de siempre.
Fue distinto. Muy distinto.
Lento y tierno. Húmedo, intenso y caliente a un tiempo.
El beso intenso de unos amantes.
Nuestras lenguas perezosas se enroscaron entre sí, saboreándose con un deleite desconocido.
Si un rato antes nos habíamos devorado con ansia salvaje, consumidos por la fiebre y la desesperación, ahora Valent me devolvía las caricias casi con mimo, apartando mi melena hacia atrás para disponer de acceso directo a mis pechos y a mi cuello.
—Bébeme —le pedí, olvidando la formalidad del tratamiento que, se supone, le debía.
Y lo que sentí justo a continuación, fueron sus afilados colmillos traspasando mi piel y el estremecimiento de un orgasmo inacabable.