Capítulo 39
Serena de Bravery
A ninguno nos pasó desapercibido el malestar con el que Ravenclaw recibió la ausencia de Soley. Como hospedadora responsable y ante su evidente descontento, Marianne cruzó conmigo un par de miradas de tensa pesadumbre.
Quedaba pues, meridianamente claro, que el marqués y segundo príncipe era un ser caprichoso, acostumbrado a salirse con la suya, al que los efebos hermosos hacían perder las maneras.
La conversación, que a priori prometía ser tan entretenida como cautivadora, desgranando los pormenores de su exótico periplo por Oriente, su vida en el atrayente y desconocido Joseon, se redujo a una retahíla de preguntas por parte de lord Corset y respuestas secas en forma de monosílabos por parte de su superior al frente de la Hermandad Real.
—Pasemos a la sala de fumar, señoría —ofreció Allistair, obsequioso, al acabar los postres—.
Le daré a probar uno de los mejores brandys que he tenido el placer de degustar bajo este techo.
Y puros recién llegados de ultramar. Hablaremos del movimiento de mercancías en los muelles que últimamente parecen querer ocasionarnos algún que otro problema.
—Dejemos el asunto del opio para otro momento, lord Corset —rechazó el homenajeado con aire perezoso—. No me encuentro de humor.
Marianne abrió los ojos con desmesura y el rostro de Allistair, que estuvo a punto de atragantarse con el agua, se congestionó en rojo escarlata.
No era habitual que se mencionara con semejante ligereza un asunto tan fuera de la ley como la importación de opio desde China.
Sabía que los Reales controlaban ese mercado, así como los fumaderos clandestinos donde se consumía en grandes cantidades.
A mi pobre amiga, debía de parecerle algo así como un tema tabú, a tratar en exclusiva entre caballeros, por completo prohibido en el resto de circunstancias.
Coincidiendo con el final de la comida, cuando los varones hacían planes para su ratito de esparcimiento, anuncié que me retiraba a mi alcoba.
—Mañana nos vemos, querida —me despedí de la turbada Marianne con especial afecto.
—Que descanse, excelencia —me dedicó lord Ravenclaw desde la puerta—. Transmítale a su adorable hijo mis mejores deseos de igual forma.
—Por supuesto, marqués. En su nombre.
Subí escalón a escalón hasta mi dormitorio, hirviendo de rabia, con los dientes apretados y los nudillos blancos de tanto cerrar los puños.
Furiosa por sentirme de nuevo débil e insignificante, como cuando vivía con mi padre y mi hermana, y los principios aristocráticos de él y las humillaciones a que me sometía ella me empequeñecían hasta convertirme en una mota de polvo.
No era de extrañar que Soley pensara que mi supervivencia dependía de él y no al revés, es lo que la maldita sociedad en la que nos movíamos le había inculcado: que las mujeres no pasaban de ser bonitos objetos de adorno sin apenas capacidad de decisión.
Hasta las vampiras más antiguas y fuertes se plegaban a los deseos de sus amos.
Las iniciadas entregaban su sangre y conocían por primera vez las mieles del placer carnal en brazos de hombres que las violentaban sin ninguna amabilidad, mientras que los iniciados entrenaban para la lucha.
La imperial y todopoderosa Inglaterra victoriana.
Colmada de defectos e injusticia.
Las mujeres podíamos . Éramos capaces. Inteligentes, tan astutas y sagaces como cualquier otro. Y yo iba a demostrarlo.
La ráfaga de poder, tal y como me invadió al llegar a Shadow Hall, me subió, incinerante, desde la base de las entrañas hasta la boca. Con el rostro pétreo de lord Ravenclaw clavado en la frente y toda la animadversión que había tenido oportunidad de acumular desde el vil asesinato de mi esposo.
Mataría a Valent St. Claire con mis propias manos. Vengaría la muerte de Arthur. Lo juré mirando el cielo donde lucía una inmensa luna llena.
Cambié mi indumentaria, me aseguré de abrigarme y de elegir calzado cómodo, y consciente de que la logia podía estar buscándome, bajé la escalera de la mansión en ominoso silencio, crucé el vestíbulo trasero y salí al exterior, a la zona de caballerizas.
Yo misma ensillé un caballo y, sin encontrar a nadie que me cortara el paso dado lo avanzado de la hora, abandoné la propiedad de los Corset.
Dejé que mi cabalgadura escogiera el ritmo que mejor dominase; al fin y al cabo, no tenía prisa y sí toda la noche por delante.
Una hora larga más tarde, me adentraba en los confines del lugar preferido de mi marido, el cementerio de Highgate.
Envuelto en niebla espesa y oscuridad, con su arquitectura gótica, su magia y sus magníficos pasajes.
A la altura del portal egipcio desmonté, y el caballo me acompañó al paso, sujeto por las riendas.
La boca de entrada, custodiada por columnas de piedra negra que semejaban tragarse la bruma, tenía el aspecto de una puerta a otro mundo.
El suelo tembló apenas cuando mi caballo relinchó nervioso, negándose a seguir avanzando.
Al fondo, más allá del portal, solo veía oscuridad.
Un túnel sin fin, una avenida construida no para el tránsito de los vivos, sino para la procesión eterna de los condenados.
Lo calmé con caricias en el cuello, percatándome de cómo sudaba.
Los herrajes de la siguiente puerta dentro de la avenida me sirvieron de punto de amarre de las riendas y, prometiéndole en voz baja al animal que no tardaría en volver, avancé sola sobre el suelo húmedo sin alcanzar a verme los pies.
Si alguno de los vigilantes y guardas del cementerio me descubría, lo mejor que podía hacer era montar un teatro, haciéndome pasar por viuda desquiciada por el martirio del duelo.
Ni más ni menos que lo que era, solo que en el seno de mi noble familia aristocrática se me había enseñado a contener las emociones de la forma más hipócrita, y nunca mostrarlas.
Al abrirme al círculo del Líbano, entendí el porqué del terror de mi corcel.
El lobo blanco aguardaba plantado en mitad del camino.
Miré al cielo, observé el grandioso disco plateado de la luna y luego volví a mirar al ser al que le debía la vida. Y de repente lo entendí todo.
Caí en la cuenta de todo lo que hasta entonces había ignorado.
Resbalé hasta clavar las rodillas en el suelo frente a él, con el corazón en un puño y los ojos anegados en lágrimas.
—Arthur… Arthur, mi amor.
El lobo dio tres pasos cautelosos en mi dirección y se paró delante, su hocico húmedo muy cerca de mi cara, sus iris amarillos resplandeciendo con un brillo cegador.
Tras un suave gruñido, casi afable, hundió la colosal cabeza en el hueco de mi hombro y dejó escapar una suerte de suspiro.
Yo, sin pensar en que pudiera estar equivocada, me abracé a su vigoroso cuello y me vacié desde dentro en un llanto denso y silencioso, aliviando a jadeos el dolor reprimido.
—Arthur, ¡Arthur, eres tú! Debería haberlo sabido —gemí contra su suave pelaje—. Te echo de menos, te echo tanto de menos que podría morir aquí mismo, amor.
El lobo me lamió la mejilla. Me acarició la oreja con el morro.
Y permaneció a mi lado cuando aquella especie de humo espeso y negro me fue envolviendo de manera extraña. De lejos, seguramente parecería una mano gigantesca que me atrapaba, con sus largos dedos engarfiados en torno hasta hacerme desaparecer.
Rodeada por completo, inmersa en el núcleo de aquel extraordinario fenómeno, sentí una súbita sensación de euforia, un poder imparable corriéndome por las venas y la certeza del mayor triunfo, sea lo que fuere lo que me propusiera.