Capítulo 38
Serena de Bravery
—Encantadora criatura —murmuró el segundo príncipe sobre la piel de mis nudillos—, mis condolencias. Me llegó noticia del triste final de su esposo. Lo lamento, no imagina cuánto.
Agradecí sus cumplidos y su deferencia con un atisbo de sonrisa. Él tomó asiento tras saludar ceremoniosamente a lady Corset y enseguida le sirvieron un té con más aromas que todos los nuestros juntos.
—Ese Bravery con su elegante diplomacia —añadió con un deje de melancolía—; resultará una pieza insustituible.
¿Una pieza? ¿Eso era mi esposo? ¿Una ficha más en el tablero de juego de los intereses vampíricos? ¿De la Hermandad Real? ¿De sus intereses particulares?
—Eran ustedes padres de un varón, ¿me equivoco?
Por el corsé de las reglas sociales, me vi obligada a responder. Cualquier otro acto habría sido interpretado como inadmisible grosería, si bien no me agradó la intromisión en mi vida privada y familiar. Que supiera tanto de nosotros, pese al exilio y nuestro escaso trato social, me espinaba.
—No se equivoca, marqués —recalqué su título, inferior al mío—, un niño.
—Deberíamos ir pensando en darle a conocer sus obligaciones.
Se me encogió el corazón. Horrorizada solo de pensar que Soley quedara expuesto al peligro de aquel influjo antes de alcanzar la adultez, mi mente atormentada empezó a encajar los pedazos de un rompecabezas disparatado.
—Me pregunto por qué oscura razón el puesto de primer príncipe está últimamente siempre vacante —prosiguió lord Ravenclaw, ajeno, al parecer, al dolor que me provocaba la conversación.
—Bueno —intervino el conde con aire desenfadado—, el joven duque es aún un muchacho imberbe e inexperto.
Justo cuando usted ha entrado, atormentaba a las damas con los muchos quebraderos de cabeza que la hija de lord Ofelys está causando con sus amoríos a su padre. ¿Se le ocurre algo que pudiera ayudar?
El príncipe no dudó al responder.
—Por supuesto que sí. Solicitaré un título para él a la reina. —Marcó una pausa dramática—. Vamos, Corset, no ponga esa cara, no irá a negarme que ha oído rumores.
—¿Respecto a que es ahora un consejero muy cercano a Su Majestad? Sí, desde luego que sí, algo tenía entendido.
Lord Ravenclaw esbozó una sonrisa maquiavélica, disfrutando del azoro de su anfitrión.
—Dé pábulo a los comentarios más perversos, conde. Soy, de lejos, mucho más que un consejero. Nuestra pobre reina vive suspirando su abandono de viuda y precisa de permanente consuelo.
A Marianne se le colorearon las mejillas. Y yo me lo imaginé ejerciendo de amante de la reina en todas las posturas imaginables. No era difícil, el segundo príncipe parecía disponer de un ágil cerebro para los negocios y un cuerpo para el pecado.
—El tripartito de la Hermandad Real debe completarse cuanto antes. Hay negocios de los que ocuparse, decisiones que tomar.
—Espero que nos honre quedándose a cenar, señoría —ofreció cortés mi querida Marianne.
—Sí, después de la cena podríamos tratar algunos asuntos, los más acuciantes —se congratuló Allistair con una sonrisa bonachona.
Asuntos de urgencia y no siempre acordes a ley.
De todo me había puesto al corriente Arthur en su momento. El amargo, aunque cálido recuerdo de mi marido me atravesó el pecho, fue un punzante latigazo de aflicción que estuvo a punto de hacerme perder la compostura.
Cuando el invitado aceptaba de buen grado quedarse al refrigerio, apareció mi hijo. Soley acababa de terminar sus lecciones y pese a estar vestido informalmente, de andar por casa, era un auténtico Adonis. Un ser resplandeciente que parecía gozar de su propio sol particular sobre la cabeza.
Los dueños de la casa lo presentaron a su señoría y no me pasó desapercibida la intensa mirada de deseo que Ravenclaw le lanzó, recorriéndolo por entero con pupilas codiciosas, como si fuese un pajarillo al que pensaba devorar en breve.
Mis sentidos se alertaron. El vello se me erizó sin poderlo evitar.
Me daban igual sus razones, su terquedad.
La vida en Londres, sin el respaldo de su padre mientras no fuera un adulto, no era segura.
Estaba plagada de amenazas por donde quiera que mirase y el hecho de ser el vástago nacido vampiro del que fuera primer príncipe de la Hermandad Real, el único digno de ser tratado como Alteza , lo convertía en diana, centro de todas las miradas. También de todos los odios.
Y como que me llamaba Serena Winley que lo obligaría a abandonar el país, salvándolo hasta de sí mismo.
Es de sabios admitir los propios errores. Y yo puede que subestimara la tozudez de mi hijo.
Antes de la prueba de fuego de la cena, me reuní en privado con él en su alcoba.
Le hablé con delicadeza del insano brillo de deseo que había detectado en los ojos de Ravenclaw, de los múltiples peligros que acechaban a nuestra familia mientras Bryen siguiera vivo y en libertad, aunque conforme me expresaba, mi mente se retorcía como un gusano a punto de morir, con la imagen de lord St. Claire, el hombre que casi había llegado a embaucarme con sus buenas maneras y su aparente respeto, cuando no era más que un asesino miserable.
Hasta yo era un punto débil frente a ellos. Máxime un niño sin malicia alguna.
—Lo que te pido, lo pido por tu bien, por el futuro de esta pequeña familia que ahora somos, Soley. Volverás convertido en adulto, ocuparás tu puesto a la cabeza de los Reales y entonces, me guste o no, no tendré más remedio que confiar en tus capacidades. El caso es que ahora…
—Ahora, me considera un incapaz —me interrumpió cortante, con los labios apretados.
—¡Eres joven, Soley! No es ningún pecado, hijo mío, solo un hecho al que enfrentarse. Ellos son antiguos y poderosos, expertos en manipulación, saben manejar los hilos de sus influencias. Solo te sugiero que les ganemos en astucia.
—Madre, si algo tengo claro desde que padre murió, es que no la dejaré a su suerte, sin protección. Acaba de escapar de un encierro espeluznante. Solo los dioses saben lo que ha sufrido y nos oculta. ¿Por qué piensa que dejaría que sucediera de nuevo? Ni en sueños.
Bufé, desanimada. De repente, me abandonaban las fuerzas, ya no sabía qué argucias emplear para seguir peleando aquella batalla que parecía perdida.
—Y si la actitud de ese marqués de pacotilla…
—Soley, te lo ruego… —suspiré mortificada por su falta de decoro.
—Del segundo príncipe estando yo presente la incomoda —rectificó a regañadientes—, no se preocupe, me mantendré bien lejos de su persona.
Me excusaré con una indisposición y pediré que me sirvan la cena en mi gabinete.
¿Ha pensado ya en la conveniencia de regresar a nuestra residencia en St. Jame´s?
—Sí —confirmé, abatida—. Va siendo hora de abandonar esta casa, hemos abusado en exceso de la hospitalidad de los Corset. Y tampoco dispongo de la certeza de que el conde no esté contando contigo como instrumento para sus propios planes.
—¿No se fía de él?
—Desde luego que no.
—Se ha portado conmigo de manera impecable mientras usted no estaba. Me consta que la ha buscado por cielo y tierra. —Me miró con una chispa de desencanto en las pupilas— ¿Lo ve? ¿Ve cómo es? ¡No se fía usted de nadie!
—¡No! ¡No lo hago! En eso consiste ser adulto y haber experimentado sufrimientos inimaginables, Soley. ¡Se pierde la inocencia! Esa que tú aún conservas y que te pone constantemente en peligro. ¿Lo entiendes ahora?