Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 37
57%

Capítulo 37

Helena de Corset

Desde que desperdiciara la irrepetible oportunidad de eliminar a Valent sin acertar a explicarme el porqué, por decisión propia, me estaba sometiendo a un profundo y tormentoso escrutinio.

No dejaba de preguntarme los motivos, si bien temía conocerlos y, de ser veraces, no sabía cómo enfrentarme a aquella realidad tan inapropiada.

Yo me había unido a la logia para espiar y servir a mi padre, no para enamorarme.

Y menos aún, en el colmo de la estupidez, de un hombre literalmente obsesionado con otra. Con una amante imposible que no tendría jamás. Un hombre autoritario y controlador que me había usado de criada y me había humillado sin piedad hasta que su otra iniciada pereció caída en desgracia.

No debía hacerme ilusiones. Yo no era otra cosa que la sustituta de Serena de Bravery, el trofeo inalcanzable.

Pero saber que él no sentía absolutamente nada por mí no impedía que mis sentimientos crecieran sin control.

Que cada vez que me tomaba o ante un simple llamado a su presencia, viviera el hecho como una maldita bendición de los cielos.

Las iniciadas carecíamos de bienes. Entrábamos en la logia con lo puesto, un vestido de noche, reminiscencia de nuestra posición social en el mundo exterior, y éramos compelidas a entregarlo y cambiarlo por aquellas túnicas semitransparentes que dejaban traslucir nuestras curvas y nuestros encantos.

Al fin y al cabo, eran el precio por el que nos habían comprado.

De modo que recuperé mi vestido y, en la penumbra de mi alcoba, me lo puse.

La fastuosa tela, las perlas bordadas, los encajes consiguieron que me sintiera extraña en mi propia piel.

Tal que si mi destino real no fuera comportarme como una damita privilegiada que se exhibe de baile en baile y de recepción en recepción, en busca del partido más provechoso, sino quedarme a su lado, junto a St. Claire, el resto de mi vida.

Adorándolo por toda la eternidad.

Como una mujer perdidamente cautivada.

Coloqué una silla en mitad del cuarto y me senté allí a esperar.

Mirando la nada. Escrutando el silencio.

Aguardando paciente a que vinieran a por mí.

Preguntándome cuál era en realidad mi bando, ahora que las cosas parecían haber cambiado.

Si seguiría siendo fiel a las exigencias de mi padre asumiendo traicionar a Valent o elegiría defender los intereses del hombre al que amaba.

¿Lo amaba? ¿Era amor aquello, o simple fascinación?

Alguien llamó despacito a la puerta. Solté un «¡adelante!» y una de las esclavas entró, encogida y mirando al suelo.

—Dama, el amo St. Claire la reclama. Dese prisa.

Solté el aire retenido en los pulmones y me recoloqué en el asiento.

—Dile al amo que lo espero en mi alcoba.

—¡Pero dama…! —La muchacha reculó horrorizada.

—Dile que lo aguardo. Aquí mismo.

La esclava huyó, literalmente, de mis delirios. Ignoraba si transmitiría o no mi mensaje, aunque aquel tira y afloja que yo pretendía rayaba la temeridad. Así y todo, me cubrí los ojos con un pañuelo de seda que até cerca de mi nuca, y seguí esperando.

Calculé unos quince minutos, no más, antes de que la puerta volviera a abrirse, esta vez con mucha menos delicadeza. Tomé aire, coloqué las manos en mi regazo y sonreí. Por el olor supe que se trataba de él. Varonil. Maderas y bosque.

La satisfacción me burbujeó desde la boca del estómago, como un cosquilleo.

—Debemos partir. El enemigo puede presentarse en cualquier momento.

—No sufra, amo. Cuando lleguen, si llegan, encontrarán el edificio vacío.

—¿Cuál es el inconveniente? —Se removió, empezando a impacientarse.

—Una última vez. Una despedida acorde para la casa que usted eligió con tanta… ¿dedicación? ¿Amor, quizá?

—Yo no amo —aseguró rotundo.

—Todos amamos. Tarde o temprano, milord. Solo hay que rendirse, permitir la entrada al sentimiento.

Dio un paso y quedó a mi costado. Su perfume llegó mucho más fuerte, arrollándome. De pronto tenía su sólida mano apoyada en el hombro.

Apretando con exquisitez.

—¿Cómo sabes que no me he despedido ya, de modo adecuado?

No supe qué responder a eso. Puede que, porque no hubiera respuesta, puede que porque su mano descendió lenta y lujuriosa desde la curva del hombro hacia el seno derecho, donde se ancló con firmeza.

—¿Por qué habría de despedirme desde tu alcoba y no desde la mía?

Se me aceleró la respiración. Mi pecho subía y bajaba entrecortado mientras sus dedos reanudaban el movimiento hasta la estrechez de mi cintura, intensificada con el efecto del corsé.

—Tú no quieres una despedida. Tú quieres probarme.

Mis faldas se elevaron de un brusco tirón y mis piernas, cubiertas con medias de seda hasta el inicio de los muslos, quedaron al descubierto. Noté que la diferencia de temperatura me hacía tiritar.

—Pretendes descubrir cuánto me importas. Si soy capaz de ponerme en riesgo, de entretener mi escape lo suficiente como para que me capturen, solo porque me estás tentando con tu ofrecimiento.

Tragué con fuerza. Su voz era sinuosa y ronca como un mal veneno que se va filtrando bajo la piel. Conforme hablaba, yo perdía el control sobre mi voluntad y mis sentidos. Mis manos se morían por cometer una imprudencia, como tocar su entrepierna.

—Olvidas que puedo tenerte cuando me plazca. Que mientras seas iniciada me perteneces, Helena, eres mía. Mía por completo.

Jadeé en un grito ahogado. Sus largos dedos habían alcanzado los pliegues de mi sexo y los separaban y palpaban con maestría hasta hacerme temblar.

—Y que las luchas de poder me irritan, querida. Cuánto descaro por tu parte. Cuánto.

Al recalcar esa última palabra, me penetró con dos dedos hasta el fondo y mi cuerpo se arqueó, encendido, a modo de respuesta.

El caso es que no sonaba enfadado, más bien coqueteaba o estaba tratando de seducirme, algo por completo innecesario, dado que yo ya había caído rendida a sus pies hacía tiempo.

Bombeó dentro y fuera, con la otra mano apoyada en el respaldo de mi asiento. Inclinado sobre mí, buscó mi boca y la lamió de comisura a comisura con la lengua. Sin llegar a besarme, aunque sí inflamándome como yesca sobre hojarasca seca.

Bajo el pañuelo de seda, mis ojos rodaron y todo se volvió blanco.

Luego rojo. Más tarde grité, cuando me corrí estrepitosamente entre sus dedos.

Y enseguida, la tela de mi vestido volvió a su lugar y Valent me arrancó la venda para que pudiera extasiarme con el modo lascivo como se metía en la boca los dedos empapados de mí y los chupaba con placer.

—Y ahora, andando —ordenó—. Se hace tarde.