Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

Serena de Bravery

Me llevé las manos al rostro. Cubrí mi boca para amortiguar el gemido que, sin querer, se me escapó de entre las capas del alma misma.

No podía creerlo. ¿St. Claire?

¿Mi secuestrador? ¿El conde que me tuvo a su merced, que podía haberme forzado, haberme sometido a las peores vejaciones y, sin embargo, había perseverado con paciencia esperando que me entregase a voluntad?

La repulsa que sentía por él, por todos los que andaban inmiscuidos en los tejemanejes de la Rosa Negra y su empeño por superar a la Hermandad Real, a los que consideraban enemigos naturales, no me cegaba ni me impedía valorar sus virtudes.

Dentro de lo que un vampiro consideraba honor , concepto altamente ambiguo y de límites tan difusos como grises, St. Claire se había portado como un caballero honorable.

No obstante…

Me había mirado con desfachatez a la cara habiendo sido el asesino de mi esposo. Había compartido con él mesa y cena cuando Arthur, el amor de mi vida, había dejado de existir a sus manos.

Quise aullar de dolor y rabia, desgarrar la tela de la ropa que me vestía, cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca, de no ser porque el terco Soley dependía ahora de su madre para mantenerse a salvo. Más que nunca me necesitaba.

Y solo por eso, mi tormento y yo nos mantendríamos en pie, cuando lo que deseaba era morir y reunirme de una vez por todas con mi adorado esposo.

—Lo lamento. Lamento mucho todo lo que ha ocurrido, duquesa. De algún modo deberíamos haber sido capaces de evitarlo.

Elevé la mirada, mis ojos cansados se pararon a descifrar la extraña expresión facial de lord Corset.

—Dígame qué pretenden. Qué es lo que tanto ambiciona la Rosa Negra.

El conde suspiró, se levantó y caminó con gracilidad hasta la licorera. Sirvió dos pequeñas copas de vino de sangre y volvió hasta mí. Me ofreció una y de un único sorbo, consumió la otra. Yo seguía expectante, en vilo ante su respuesta, sosteniendo mi bebida con una mano que temblaba.

—La existencia misma de la Hermandad Real no es ningún capricho, excelencia.

La comunidad vampírica no se rige por las mismas normas que la humana y, sin embargo, nos vemos obligados a convivir con ellos manteniendo oculta nuestra naturaleza y lo peor de nuestros instintos.

Alguien debe poner orden, marcar las reglas, castigar a los que las infringen poniendo en peligro nuestro anonimato.

Los Reales somos entes privilegiados por nuestra posición social, encargados de vigilar y gobernar al resto.

La Rosa Negra es, por contra, la demarcación rebelde.

—¿Buscan romper el orden establecido? —aventuré.

—Buscan romper el orden. En su concepto global.

—Pero no se trata tan solo de gobernar, ¿verdad que no, milord? Los Reales manejan los hilos de las finanzas, la economía y los negocios, la productividad de las fábricas, la llegada de mercancías por vía marítima, los fumaderos de opio…

Corset hizo un gesto imperceptible, una contracción en sus facciones que era prueba de su contrariedad, puesto que no estaba acostumbrado, en calidad de tercer príncipe, a dar explicaciones de ninguna clase.

—Esto es, al fin y al cabo, una batalla campal por controlar el poder —retomé—. Los negocios legales y, sobre todo, los ilegales, que son más lucrativos. La Rosa Negra pretende arrebatarnos parte de nuestro territorio y no estamos dispuestos a permitir que eso ocurra, ¿me equivoco?

—Veo que el duque la aleccionó debidamente, milady.

—Lo interpretaré como un sí . En resumen, no somos más que dos bandas de malhechores mafiosos enfrentadas, decididas a probar quién es más fuerte.

—La Hermandad Real es oficial y acumula siglos de sagrada legitimidad. Esa chusma de la logia solo busca llenarse los bolsillos con el producto del crimen.

—Puede que no sean tan ilustres ni tan nobles, en eso debo darle la razón.

Lord Corset me vigilaba por debajo de sus párpados entrecerrados. Mi expresión se había endurecido con los pensamientos que barajaba, mi entrecejo fruncido por el esfuerzo de la concentración. Mirándome, a él le sobrevoló una inquietante sospecha.

—¿Qué le pasa por la mente, duquesa? ¿Acaso dispone de alguna información significativa que debería compartir conmigo?

Me bebí el vino, deposité la copa en la mesita y me puse en pie, estirando los pliegues de mi falda. Le dediqué una sonrisa tan cándida como seductora, que lo tomó por sorpresa.

—En absoluto, milord. Si me excusa, voy a visitar a la condesa.

Fue harto difícil restablecer la paz con Soley.

Mi joven hijo demostró ser tan testarudo como yo misma y bastante menos sensato que su padre.

Se mostraba dulce y cariñoso, siempre que no tocase el tema de su viaje.

En el momento en que su vuelta al continente aparecía sobre el tapete, soltaba un exabrupto y abandonaba la sala sin contemplaciones, sin importarle los modales, el guardado de las formas o quien estuviera presente.

Ese día llevaba horas sin verlo. Concretamente, desde el temprano almuerzo.

Despreciando las normas de educación más básicas, inoportunamente, en la mesa, habíamos sostenido otro altercado alrededor del mismo asunto y, hecho un basilisco, se había retirado sin esperar a los postres.

Ahora, los demás tomábamos el té en el saloncito familiar sin saber siquiera si mi hijo se encontraba en la casa.

—Es todo muy vergonzoso y problemático —andaba cuchicheando lord Corset cuando recuperé el contacto con la realidad—. La hija del marqués de Ofelys se ha encaprichado con un vulgar comerciante sin clase alguna. Y al parecer, no está dispuesta a sucumbir ni a acatar sus obligaciones.

Marianne sustentó su crítica con un jadeo de escándalo.

—Fortuna sí, el muchacho la posee, aunque está sin pulir. Y llegados a ese punto, no puedo por menos que mostrarme de acuerdo con su padre: hay que reparar el daño que con toda probabilidad va a ocasionarse, antes de que suceda.

—¿Se refiere a hacer cambiar de opinión a la joven? —pregunté más por cortesía que por interés, que no tenía ninguno.

—Si es la única opción…

—¿Incluso por la fuerza? —intervino lady Corset con su vocecita apagada.

—Intentaremos no llegar a esos extremos. Quizá ascender al muchacho, concederle algún título que le otorgue pátina y relegue al olvido su humilde condición.

—Ese no es un procedimiento sencillo —apunté con malicia. Indignada por la capacidad de aquellos hombres para manipular la vida y deseos del resto.

—O sí. Nuestra mayor virtud es cuidar de nuestra gente, duquesa.

Aquella voz recién llegada no pertenecía a ninguno de nosotros.

Tampoco se trataba de Soley. Los tres giramos los cuellos hacia la puerta donde, perseguido por un lacayo ansioso, acababa de hacer aparición un caballero desconocido.

Alto e imponente, con el cabello del color del cobre y ademanes majestuosos, se desprendió de la capa y la chistera entregándoselos al criado sin mirarlo ni por un momento.

—Usted misma es noble, hija de condes, debería saberlo. Entre nosotros, las capas de la más alta sociedad, nos sustentamos. Digamos que somos como una pequeña familia bien avenida.

Allistair se había deshecho de su taza de té y trotaba con alegría hacia el recién llegado, a recibirlo con todos los honores.

—¡Thorne! ¡Ha vuelto! ¡Cuánto tiempo! ¿Dónde se metía, podemos saberlo?

—¿Antes o después de mi periplo por Oriente?

Con las pupilas fijas en mí, no se entretuvo demasiado cumplimentando al rendido Corset.

Llegó hasta la zona de sofás, se inclinó en una reverencia exquisita y acto seguido me besó la mano.

Ávido de atención o, al menos, de no perder la que ya tenía, el conde se entrometió en nuestro protocolario encuentro.

—Duquesa, permítame presentarle a Thorne Percival, marqués de Ravenclow, segundo príncipe de la Hermandad Real.