Capítulo 35
Serena de Bravery
Los ojos cristalinos de Soley despidieron llamaradas azules. Yo no me acobardé, porque ponerlo a salvo estaba por encima de mis temores o de cualquier otro asunto.
—Viajarás al continente y no regresarás hasta haber completado tu desarrollo. ¡Es primordial! ¡Y también es solo un año y medio, Soley! Dos como máximo. ¡Hablamos de apenas un puñado de meses!
Se quedó cavilando un instante muy breve, que me llenó de optimismo.
—¿Usted vendrá conmigo?
—Más adelante, hijo, ahora no. Yo debo quedarme.
Eso no era lo que quería escuchar, así que volvió a encolerizarse.
—¿Usted sí, pero yo no? ¿Tan inútil me considera? ¿Un estorbo?
—No lo entiendes, debo poder actuar con la tranquilidad de que te encuentras a salvo. Sin puntos débiles.
Mi hijo se puso en pie de un brinco, con los puños apretados contra los costados.
—Olvídelo, no pienso obedecer a una orden tan ridícula, madre, ni abandonarla aquí a su suerte después de lo que ha pasado. Lo siento en el alma.
Abandonó la sala a grandes zancadas furiosas y yo me atraganté con mi propia saliva. Mi hijo se creía un adulto sin serlo todavía.
Era un sangreazul, nacido vampiro y, por lo tanto, poderoso. Seguramente estaba destinado a acometer grandes hazañas cuando llegara su momento. No obstante, ese momento aún no había llegado.
Por encima de mi cadáver permitiría que se precipitara y pusiera en juego algo tan valioso como su vida.
—He perdido a su padre. No lo perderé a él también —musité para mis adentros.
Por un instante había olvidado que el conde de Corset seguía en la estancia. Sentado en un butacón frente a mí, contemplando con los ojos entornados y las yemas de los dedos unidas formando una pirámide, cómo ejercía infructuosamente de madre.
—Está en esa edad difícil… Duquesa.
—No trate de convencerme para retenerlo, porque no pienso escucharlo.
—No es eso. Usted parece dar por sentados ciertos aspectos de la desgracia de lord Bravery que podrían implicar un riesgo para el joven, sin embargo, se equivoca.
Lo miré sin entender, con un repentino sofoco que me subió desde el vientre a la garganta y me abrasó la lengua.
—Me temo que no fue Bryen Winley quien asesinó a Arthur.
—¿Entonces…?
—No dudo que el viejo duque lo tuviese planeado. El caso es que yo estaba presente en aquella emboscada, vi lo que sucedió.
—¿Y…? —lo azucé, trémula, notando el modo demencial en que el corazón se me aceleraba y me retumbaba dentro, como un millar de truenos desencadenados.
—No fue Bryen el causante de su pérdida, lady Bravery. Fue Valent St. Claire.
Valent St. Claire
Lo primero que se descubrieron fueron los cuerpos.
Degollados y despedazados del modo más sangriento, al parecer, según dictaminaron los entendidos, por una sola bestia. El ataque fue tan veloz y brutal que no dispusieron de tiempo para defenderse. Murieron en el acto.
En cualquier caso, se descubrió con más análisis, habrían muerto de igual forma, aunque sus heridas no hubieran sido mortales, ya que estaban invadidos por la Licania, ese veneno sagrado, mortal para cualquier vampiro, que los lobos portaban en su saliva.
Así pues, había sido un lobo.
Y se había llevado a Serena o la había matado también.
De ser así, ¿dónde estaba el cadáver?
¿Podía no haber cuerpo? Habría sido… ¿ella?
—Amo, ¿me permite?
Acababa de mantener una discusión terrible con Bryen Winley, en presencia de casi todos nuestros Maestres.
El viejo zorro había aprovechado el caos para arremeter en mi contra y humillarme de la peor manera, culpándome por mi empeño en mantener a Serena con vida, alegando que había traído el enemigo a la fortaleza, manteniéndolo dentro como un particularmente bello caballo de Troya.
Di por terminada su sarta de ofensas largándome de la sala del consejo, donde los dejé con el insulto en la boca, y me refugié en el gabinete de mis aposentos, en mi butaca preferida, mirando la calle.
Allí estaba, con el mentón apoyado sobre la mano derecha, imaginando sapos y culebras, todos con el nombre de Winley, cuando Helena pidió permiso para entrar.
Malhumorado y huraño, le hice una seña distraída con la mano. La muchacha avanzó, cerrando la puerta tras ella, y se acercó con una timidez a la que no me tenía acostumbrado.
—¿Qué se te ofrece?
—Solo quería ver cómo se encuentra después de lo sucedido, amo.
Tuve unas irreprimibles ganas de reír a carcajadas. Finalmente me contenté con encogerme de hombros y resoplar con furia.
—La mujer a la que secuestré para hacerla mía, ha desaparecido. Ignoramos si sigue viva o no. Dado que me detestaba, creo que podré vivir con ello. El problema es que vamos a tener que marcharnos.
—¿Abandonar este acuartelamiento?
—Falta la necesaria certeza acerca del destino de Serena. Puede estar muerta, nadie lo niega. Pero si logró escapar… Delatará nuestra ubicación, es cuestión de tiempo.
—¿Cuándo…?
—Ahora mismo. No le daré al condenado Winley ocasión de aplastarme con sus acusaciones.
—¿Por qué lo acusa? No sabemos dónde está la duquesa. Tampoco si nos ha delatado…
Me puse en pie con la sangre hirviendo a borbotones.
—Recoge tus cosas, te vendrás conmigo a Claire House.
—¿A su residencia privada, amo?
—Nos instalaremos allí hasta que la Rosa Negra tenga nueva ubicación. La dispersión de todos los miembros, desde el más ilustre al más humilde siervo, será total, aunque breve.
Helena se me colocó delante, con su valentía de nuevo recuperada y los ojos muy abiertos. Caí en la cuenta de que iba vestida con la túnica blanca que traslucía sus encantos dejando al descubierto su silueta y sus curvas.
Me encendí, noté el tirón de la excitación dentro de los pantalones. El relieve de sus pezones bajo la tela parecía llamarme.
Me obligué a apartar la mirada, a posar los ojos en cualquier otro lugar que no fuera aquellos deliciosos montículos que encajaban a la perfección con las palmas de mis manos.
—Voy a recoger mis cosas —anunció dando un paso atrás.
La agarré de la muñeca antes de que se fuera. Con un solo gesto, la tenía pegada a mí, embriagándome con el perfume que emanaba su piel. Le besé el cabello.
—Gracias.