Capítulo 34
Serena de Bravery
Mi sueño estuvo plagado de sombras, sobresaltos y pesadillas y, no obstante, resultó reparador. Puede que porque por primera vez me sentía a salvo, lejos de las garras de la logia. No era ajena al hecho de que la enfermiza obsesión de St. Claire por mi persona me había salvado la vida.
De no haberse convertido por pura lascivia en mi salvador, Bryen me habría descuartizado sin misericordia y les habría dado de comer mis pedazos a los cuervos.
En cuanto abrí los ojos, como si alguien adivinase que había vuelto a la vida, la puerta de mi dormitorio se movió para que entraran dos doncellas cargadas con el servicio de desayuno y la condesa de Corset, con una nueva luz en los ojos.
—¡Querida! ¿Cómo se encuentra? ¿Ha descansado?
—Necesito ver a mi hijo.
—Y lo verá, no se apure. Pero primero debe alimentarse. Enseguida las doncellas la ayudarán a vestirse y se reunirá con él. Imagino, además, que tiene conversaciones pendientes con mi marido.
—Marianne, Helena…
—La entrenó bien, no sufra, mi hija sabe cuidarse.
Se me revolvió la bilis.
—¿Eso es lo que argumenta su esposo para que usted se sienta mejor?
—Igualmente habría entrado como iniciada en la Hermandad Real.
—¡No es lo mismo! Marianne, ella está infiltrada con una identidad falsa. Si alguien sospecha por asomo que es la hija del tercer príncipe…
Al parecer, que la condesa se quedara sin pretextos no bastó para darme la razón.
Hundió la cabeza hacia el camafeo que llevaba prendido del cuello de su blusa y con un hilo de voz me invitó a consumir el desayuno, cosa que hice porque mis tripas rugían de hambre y yo no deseaba disgustarla más de lo que ya estaba.
El que aparentase serenidad al acatar las directrices de milord, no implicaba ausencia de sufrimiento por el destino de su única hija.
En menos de lo esperado, había llenado el estómago, me sentía infinitamente mejor y me habían vestido con ropa prestada. Me aleteaba el corazón, las piernas y las manos por las ganas de abrazar a Soley. Mi pobre hijo, de pronto, huérfano de padre y madre, ¿cuánto no habría sufrido?
Me condujeron a la sala de lectura donde, por lo visto, me esperaba el conde.
Más dueño de sí que la madrugada anterior, como si se hubiera estado preparando expresamente para aquel enfrentamiento.
Pese a ser la mano derecha de Arthur, Corset nunca fue santo de mi devoción.
Su obstinación por anteponer los intereses de la Hermandad Real a todo lo demás, su absoluta ceguera, fue lo que siempre lo distanció de mi esposo.
Jamás llegaría a emular la nobleza de Arthur en ninguna de sus formas.
—Duquesa. —Se puso en pie de un salto y me cumplimentó con una inclinación de cabeza—. Tiene mucho mejor aspecto. Por favor, tome asiento.
—¿Y mi hijo?
—Llegará en breve. Entretanto, invirtamos nuestro tiempo en parlamentar, si le parece.
—Quiere saber cuánto he averiguado —adiviné.
—¿Me culpa por ello?
No, desde luego que, dada su posición y sus ideales, no podía culparlo por querer sacar rédito de las desgracias ajenas, si estas lo tenían.
—Pese a toda la información que nos ha suministrado Helena, seguimos sin saber dónde se encuentra la guarida de la Rosa Negra. A ella no le permiten salir y por lo visto, la condujeron hasta allí con los ojos vendados.
Me dolió de nuevo que se refiriera a su hija como un extraño. Como un agente prescindible al servicio de la corona.
—Sí, eso me contó. Pero yo sí sé dónde se encuentra. Y ni en mil años se lo podría imaginar.
Apretó las manos en los reposabrazos de su butaca. Los nudillos se le pusieron blancos. Echó el cuerpo hacia adelante, derrochando ansiedad, con los ojos muy abiertos.
—Hable —jadeó.
—Es el edificio contiguo a la Casa de Eglantine.
—¿Cómo dice?
—Dadas mis penosas circunstancias, me costó reconocer la calle. Pero sí, la logia de la Rosa Negra se esconde en los sótanos del edificio que linda con la Hermandad Real.
La boca del conde, en un rostro que había palidecido mortalmente, se abrió y ya no alcanzaba a cerrarse. Sentí un estallido de euforia ante su desconcierto, un diminuto fragmento de mi venganza pendiente, cumplido.
—Sé lo que está pensando, milord. Y puede hacerlo. —Sonreí irónica—. Puede enviar a sus mejores hombres a esa dirección, aunque, ¿cree que seguirán allí sin desmantelar el acuartelamiento en cuanto se hayan percatado de mi desaparición?
El conde apretó los dientes y oí crujir sus mandíbulas.
Imité su postura, inclinando el cuerpo hacia adelante.
—Por favor, cuénteme cómo sucedió —le pedí—. Sin escatimar en detalles. Se lo ruego.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Alabado sean los dioses!
La joven voz de mi pequeño amor, mi hijo, me llegó por la espalda y borró de un plumazo cualquier otro interés que no fuera él.
Abandoné la butaca y me giré a recibirlo.
Aunque quise abrirle los brazos, no dispuse de tiempo, Soley se me abalanzó como una tromba imparable, abrazándome y sollozando como el niño que era.
Me aferré a su cuerpo atlético tal que si me fuera la vida en ello. Con la impresión de haber estado separada de él por siglos. De que ese período de ausencia me había arrebatado parte de mi alma y, a su tacto, la recuperaba.
Al cabo de un rato, me distancié lo suficiente como para poder verlo, repasarlo de cabeza a pies, comprobando su magnífico aspecto.
—Soley. Hijo querido.
—Madre. Pensamos que no volveríamos a verla.
Mis manos emocionadas lo tocaron por todas partes. Sus tersas mejillas, su espesa mata de pelo rubio casi plateado, sus ojos azules clarísimos centelleando como nunca por la felicidad.
—Hijo.
Volvimos a abrazarnos.
En ningún momento el conde se ofreció a retirarse en aras de concedernos la procedente intimidad. Era obvio que su ansiedad por saber detalles de eso que yo había vivido en manos del enemigo, lo consumía y le empujaba a olvidar sus principios de educación y honorabilidad más básicos.
Soley y yo nos sentamos en el coqueto sofá con las manos entrelazadas, incapaces de separarnos una sola pulgada.
—Hijo, vamos a organizar tu vuelta al continente cuanto antes.
Soley se revolvió como una fiera a la que hubieran disparado.
—¿Qué dice? ¡No! ¡Usted acaba de regresar! ¡No! ¡No pienso dejarla de nuevo!
—Irás, porque mientras no te hayas convertido en adulto, corres un serio peligro. Debes abandonar Inglaterra. Querido mío. Tenía razón tu padre, no debimos regresar.
—Padre ha muerto. Y sería una vergüenza no vengarlo —recitó con aspereza.
—Te entiendo. Tengo el mismo sentimiento bulléndome aquí dentro. —Me señalé el pecho—. Sin embargo, para enfrentarte a tu abuelo, debes estar preparado, Soley. El duque es una criatura abominable que no se detendrá hasta acabar con nosotros.