Capítulo 33
Serena de Bravery
Apuesto a que el mayordomo de los Corset estuvo a punto de sufrir un ataque al corazón cuando abrió la puerta y me encontró allí, medio muerta.
Descalza, desgreñada, con un vestido de día salpicado de sangre y barro, mojada por la fina lluvia que había comenzado hacía un rato, más próxima a una aparición del Averno que a una dama de salón de alcurnia.
Mi llegada a altas horas de la madrugada supuso un revuelo sin parangón en el hogar de los Corset.
El pobre sirviente salió a recibirme a medio vestir, con la levita sin encajar y el corbatín casi suelto.
En cuanto dio muestras de reconocerme, algo que yo precisaba de forma imperiosa, fallaron mis fuerzas y me desvanecí en sus brazos.
Recuperé la consciencia algo después, y me hallé tendida en un diván junto a la chimenea, con la familia Corset vestida de noche, con sus batas y batines sobre los camisones, y expresión de auténtica perplejidad en sus rostros preocupados.
La condesa estaba acuclillada a mi lado, con los ojos empañados y mi mano entre las suyas, en tanto el conde daba vueltas histéricas por la sala, en espera de que yo resucitara.
—Duquesa, ¡duquesa! ¡Allistair! ¡Por fin! —exclamó Marianne con la voz estrangulada.
Lord Corset llegó al galope, dando instrucciones por señas a los criados.
— Lady Bravery, ¡milady!, ¿se encuentra bien? ¿Cómo ha logrado escapar?
—Soley —fue lo único que logré articular.
—Pierda cuidado. El joven duque duerme, por fortuna no se ha enterado de nada. Mejor esperar a mañana, ¿no le parece?
Asentí con la sensación de que el cuello y el resto de partes en mi cuerpo se quebrarían por un mal movimiento en cuanto me descuidara. La devastación física era, de repente, tal, que creí morir seis veces antes de poder sonreír.
—Duquesa, debo pedirle perdón, ¿qué digo perdón? Cien perdones, mil. —El atribulado conde tomó asiento frente a mí—. Por no haber sido capaz de encontrarla y rescatarla como merecía, pese a todos nuestros esfuerzos. Por no haber sido capaz de evitar…
Algo atascó su retahíla de disculpas. A mi corazón hecho añicos no le hacía ninguna falta seguir oyéndolo. No soportaba que lo dijera. Ya lo sabía.
Lo sabía y me desgarraba de arriba abajo como una espada samurái.
—Arthur…
Los Corset bajaron al unísono las miradas y las enterraron en la alfombra. El cepo sanguinario que por desgracia ya conocía me apretó bien fuerte el estómago.
—Arthur ha… ¿ha muerto? Es… ¿cierto?
Lord Corset asintió con abatimiento después de muchos intentos. Mi estúpida pregunta, formulada solo para barrer definitivamente mi último resquicio de esperanza.
—No sabe cuánto lo lamento. Nos emboscaron con un anónimo falso en la vieja cárcel de Marshalsea, en Borough; fue imposible escapar, aunque debo decir que Bravery luchó como un auténtico guerrero.
Rompí a llorar. Con tanta congoja que pensé que me ahogaría. Conservar mi ridícula ilusión hasta última hora no había sido más que una pérdida de tiempo.
—Yo esperaba… esperaba…
—Duquesa, no son horas, primero debe descansar —intervino mi buena Marianne—. Tiene que contarnos tantas cosas, aunque dispondremos de tiempo de sobra para conversar acerca de todo. Su ausencia tan prolongada ha dado pie a muchas circunstancias que debe conocer. Pero, antes que nada, lo importante…
—Cuánto… ¿cuánto ha sido?
—Casi siete semanas.
¡Cielo santo!
—He estado con lady Helena —balbuceé a trompicones—, o debería decir, ella ha estado conmigo. Me ha ayudado muchísimo, creo que solo gracias a su apoyo he sobrevivido.
Los emocionados ojos de la condesa por fin derramaron sus lágrimas. Y aquella mano que sujetaba la mía, tembló ostensiblemente. Lord Corset, por el contrario, pareció muy incómodo con mi comentario y el giro que suponía en la charla.
—¿Se encuentra bien mi hija? —prosiguió Marianne— ¿La tratan con respeto? ¿Le ha dado algún mensaje para nosotros?
Mis pupilas destilaban furia y reproche a partes iguales.
Se movieron por la sala buscando la cara de milord para posarse en ella y traspasarla.
Tenía tantas, tantísimas preguntas atropelladas por hacer, a sabiendas de que no era el momento.
Debía concederles a ellos la oportunidad de reponerse tras mi aparición.
Yo, recuperar fuerzas, apenas si podía mantener abiertos los párpados.
Pese a ello, el rencor, la rabia contra Corset me ahogaba. No se me ocurriría recriminarle el que no me hubieran rescatado, si bien, detestaba la monstruosidad que había cometido con su hija.
—Ese es el motivo por el que ha mantenido a lady Helena oculta, ¿verdad? —silabeé con resentimiento—. Lejos de bailes y reuniones sociales, para hacerla invisible, que pocos la reconocieran y poder usarla como infiltrada en la Rosa Negra cuando le conviniese.
Allister carraspeo molesto.
—Duquesa, es muy tarde y de seguro se sentirá agotada, debería…
No iba a permitir que usara lo intempestivo de la hora como pretexto para zafarse de lo que era su entera responsabilidad y una sucia maniobra política, que salpicaba a una inocente, poniéndola en riesgo.
—¿Se ha parado a pensar un solo instante en todos los peligros a los que la expone? ¿Lo que son capaces de hacerle si descubren su verdadera identidad?
—La Hermandad Real necesita esos datos. Y yo soy, hoy por hoy, el principal responsable de nuestro órgano de gobierno.
—¿Por encima del bienestar de su hija? ¿Así se responsabiliza? ¿Convirtiendo a una muchacha desvalida en la esclava de St. Claire?
—Antes de que Helena lo confirmara, nadie podía imaginar que el conde de St. Claire estuviese realmente implicado en la horda rebelde. Ahora, gracias a su labor, lo sabemos. Como ve, duquesa, todas las grandes conquistas exigen su precio.
—Si expresara con libertad la calificación que me merece su comportamiento…
Hizo como si no me hubiera escuchado.
—Y en este instante —prosiguió con entereza—, vamos a retirarnos. Todos. Usted debe reposar después de tanta agitación, de lo contrario podría caer enferma. Mañana tendrá ocasión de contárnoslo todo con detalle.
—Conde… —arremetí cortante.
—Y podremos discutir eso que usted considera tan indecoroso.
No insistí porque su tono irritado y evasivo me dijo a las claras que no sacaría nada más de él aquella noche.
Entre dos doncellas y la propia condesa me subieron a la alcoba que me habían preparado, con agua tibia para asearme, un camisón limpio con el que dormir y un caldo que me calentó por dentro y me hizo recuperar algo de energía.
En cuanto me quedé sola y la última criada hubo cerrado tras de sí la puerta, me levanté de un salto y me dirigí, como pude, a la ventana que daba a la calle.
Llovía torrencialmente, pero allí, sobre el pavimento mojado, con su blanco pelaje empapado y sus ojos amarillos mirando en mi dirección, aguardaba el lobo.