Capítulo 32
Helena de Corset
Envuelta en temblores, empecé a vestirme a toda prisa. Su voz me llegó por la espalda.
—¿A dónde demonios te crees que vas?
Contuve el aliento, con la prenda en el aire.
—Me marcho, amo, querrá usted descansar.
—¿Acaso te he dicho que abandones la cama?
Sin querer mirarlo a los ojos, con el corazón bombeando enloquecido por la ansiedad y el miedo, solté la túnica, que cayó al suelo en una especie de nube vaporosa.
—Acuéstate de nuevo —ordenó, dejándose caer a mi lado, pasando el brazo por debajo de mi cuello, arrimándome a su poderoso pecho hasta que apoyé en él la mejilla—. El esfuerzo ha sido notable, tengo sueño.
Vaya si lo tenía.
En la tinaja había vertido láudano como para tumbar a un caballo.
Y en menos de cinco minutos lo tenía por completo fuera de combate, respirando profundo y a ritmo pausado, como si jamás en toda su vida hubiese levantado un arma para herir a nadie.
Como si fuera la imagen misma del candor y la benevolencia.
Me mantuve allí, encogida, sin saber bien qué pensar, qué hacer, sin poder apartar a Serena ni un solo instante de mi mente. La duquesa se habría quedado esperando que los guardianes se durmieran para poder escapar y yo lo había estropeado todo.
No veía el momento de que amaneciera o de que el conde me dejara ir, para visitarla, pedirle perdón y reorganizarnos de nuevo.
Una idea disparatada me cruzó de repente lo que yo tenía por buen juicio .
Me deslicé con sumo cuidado de entre los brazos que me encarcelaban, apartándolos sin despertarlo, aunque visto el calado de su sueño no eran precisas tantas cautelas, y caminé de puntillas hasta el bargueño donde Valent había dejado, sin orden alguno, lo que parecía ser la ropa del día y sus cosas.
No tuve que explorar mucho para dar con lo que buscaba.
Un puñal de plata con empuñadura bellamente tallada e incrustaciones de citrinos en forma de lágrima, que brillaban como si encerrasen el último rayo de sol en la tierra.
Mi sangre frenó su avance dentro de las venas. Estática y gélida.
Mi pulso se saltó un latido cuando me apoderé de él y lo desenvainé. Giré sobre mis talones y observé el fastuoso lecho en el que Valent dormía como un bendito.
Sería tan fácil.
Cumplir con las peticiones de mi padre, incrustarle aquella hoja en mitad del pecho, atravesar su corazón con la plata y que dejara de existir para siempre.
La pieza más inteligente y vital de la Rosa Negra, su brazo ejecutor, por más que el viejo duque lo negara, borrado, desaparecido. Yo regresaría sin ser vista a mis aposentos y nadie podría culparme, ya que nadie había en los corredores cuando St. Claire me abordó y me instó a acompañarlo.
Caminé con lentitud hasta quedar a su costado. Contemplé la belleza simpar de aquel hombre, una perfección que te doblegaba y te hacía caer de rodillas suplicando clemencia. Como anunciaban los poemas, el tipo de hermosura por el que los reinos luchaban y se rendían.
Alcé los brazos por encima de mi cabeza, sujetando el puñal con las dos manos.
Solo tenía que bajarlos. Descargar el golpe.
Ni siquiera iba a enterarse. Y yo habría cumplido con parte de la misión que me había traído a la logia, destruirla desde dentro, espiar sus secretos y desvelárselos a los Reales.
Nunca tendría una oportunidad mejor que aquella, la casualidad había querido que la duquesa no huyera, pero a cambio, me había servido en bandeja a un Valent St. Claire indefenso y a mi merced.
Mi pecho subía y bajaba descompasado. Una gota de sudor frío resbaló por mi columna desde la nuca a la base de la cintura. ¿Qué me frenaba? ¿Por qué no me sacudía el sopor y actuaba a fin de acabar con Valent de una vez por todas?
¿A qué venía aquella angustia absurda?
Padre me había preparado sobradamente para la misión, no era cierto que no supiera pelear.
Manejaba con soltura puñales, espadas cortas y pistolas.
Incluso me defendía con honores en la lucha cuerpo a cuerpo.
Mi instructor solía alabar los impresionantes reflejos y la agilidad felina con los que la naturaleza me había dotado.
No debía ser difícil. Enterrar la punta del puñal, seguir apretando, hundirlo hasta la empuñadura. Él no se revolvería, no iba a defenderse. La plata se encargaría del resto.
¿Qué era lo que me impedía culminar mi mayor éxito?
Gruesas lágrimas me rodaron cara abajo. Primero, los ojos se habían humedecido con un ligero escozor, en segundo lugar, había notado esa punzada aguda en el esternón y enseguida había sucedido aquello. El llanto descontrolado, el corazón contraído, la confusión adueñándose de mi voluntad.
Bajé los brazos. No podía hacerlo.
Mi alma, mi cerebro, cada fibra de mi ser sentían algo por aquel hombre.
Daba igual si yo me negaba a reconocerlo, eso no cambiaba las cosas.
Desde aquella mañana ya tan lejana en el tiempo en que nos habíamos cruzado a caballo en Hyde Park y yo había sucumbido a sus encantos sin que él supiera que yo existía, Valent se había convertido en protagonista de todos mis sueños y fantasías de jovencita inexperta.
¿Lo amaba? Posiblemente no. No había perdido la razón hasta aquel punto.
Tampoco deseaba su muerte.
Mucho menos causársela yo, que muriese por mi mano.
Retrocedí sin apartar de él mis ojos, hasta chocar con la enorme butaca junto al ventanal donde lo había visto sentado, mirando el exterior, tantas veces.
Me desplomé en el asiento, agotada, todavía sin desprenderme del arma, y lloré en silencio mientras mi respiración se calmaba y volvía a la normalidad.
Debieron de pasar alrededor de treinta minutos y yo seguía sin reaccionar. Comportándome como si me hubieran echado un conjuro de los que secuestran el espíritu, que me hubiese dejado hueca, un cascarón vacío.
Entonces escuché el murmullo procedente de la cama. Su voz, la voz de St. Claire. Una suerte de gimoteo lastimero, el inicio de un sollozo, como la petición de auxilio de un niño con terrores nocturnos.
De eso debía tratarse.
Fijé en él mi atención, desde la butaca y sin soltar el puñal, solo observando con cautela sin atreverme a mover un dedo. Se removía sobre el lecho, inquieto y agitado, con los ojos cerrados y el ceño fruncido en señal de sufrimiento.
Se sacudió y se zarandeó, preso de una evidente angustia, gimiendo frases ininteligibles que sonaban a ruego.
De los balbuceos pasó a los lamentos. De ahí a los gritos entrecortados.
Abandoné la poltrona, solté el arma devolviéndola a su lugar original, y me acerqué a la cama, desconcertada por la escena.
Valent era víctima de alguna pesadilla terrible y el efecto sedante del láudano no le permitía despertar ni, por tanto, escapar de ella.
Me senté en el borde y le tomé una mano. Sus largos dedos se cerraron crispados alrededor de los míos, apretándome como si su vida dependiera de esa trabazón.
Con la mano libre le propiné unas torpes palmaditas de consuelo que apenas lograron apaciguarlo.
Me acomodé sobre el colchón donde un rato antes nos habíamos dejado llevar por la pasión más salvaje.
Poco a poco me deslicé bajo su cuerpo, recuperando la postura entre sus brazos, esa que había roto para levantarme pensando asesinarlo, y lo abracé tanto como pude, habida cuenta la enormidad de su corpachón y lo menudo de mi envergadura.
—Tranquilo, tranquilo —le susurré en un ronroneo—. No pasa nada, estoy aquí. No pasa nada.
Todavía gritó, se estremeció y aspiró aire con agonía, como si se ahogara, un puñado de veces.
Me resistí a soltarlo.
Él parecía querer lo mismo, ya que ninguna de sus sacudidas bastó para separar nuestras manos enlazadas cada segundo con más fuerza. Alargué mi murmullo balsámico, tranquilizador, y bajo su poder de sugestión, su tormento y sus convulsiones fueron suavizándose hasta desaparecer.
Por fin quedó tan en paz como antes de empezar a soñar, sumido en una somnolencia pacífica exenta de gritos y sobresaltos.
Juro que mi brazo se movió solo.
No fue mi voluntad la que le retiró de la cara el largo mechón de pelo oscuro, la que me empujó a besarle la sien, los párpados, a cerrar los ojos y a acompañarlo en el descanso.
Aunque lo hice.