Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Helena de Corset

Haberle fallado a la duquesa se convirtió en un remordimiento terrible que me serraba el alma. Sin piedad.

Lo tenía clavado en el pecho, no sabía cómo deshacerme de él.

Había sembrado en Serena la esperanza de la liberación, había ideado un plan de escape durante muchas semanas, avanzando cada fase con la mayor paciencia, dándole tiempo al tiempo para que las maniobras madurasen y se disiparan las sospechas en nuestro entorno, para hacerlo más fiable, más eficaz y seguro.

Y en el último momento…

Valent St. Claire, el conde que había puesto patas arriba mi mundo entero por culpa de los sentimientos contradictorios que me inspiraba, el que casi había logrado que olvidase las razones de mi presencia en la logia de la Rosa Negra, me había cazado en medio del pasillo, cargada con la tinaja de agua destinada a los centinelas que custodiaban a la duquesa.

—¿Se puede saber a dónde vas? ¿Piensas desoír mis prohibiciones practicando el tiro al jarrón?

—No, amo. —Luché por disimular el nerviosismo—. Es solo agua fresca, la llevaba a mi alcoba.

Valent frunció los labios con suspicacia.

—¿Acaso no te suministran agua las criadas?

Tenía que inventar algo rápido. Me abracé con más afán a la tinaja que cargaba.

—Bueno, a veces me gusta tomarla yo misma. Es más pura y sabe mejor si está recién recogida.

—Olvídate de la tarea por el momento y entra en mi habitación. —Hizo un gesto decidido con el mentón, señalando el interior del cuarto—. Tengo ganas de probarte una vez más antes de dormir, pelo de fuego.

¡Oh! No, ¡no! ¡Maldita fuera mi suerte!

—Empiezo a impacientarme —me advirtió, socarrón, al ver que no me movía.

Resoplé, y el aire que tenía retenido en los pulmones salió expulsado de golpe.

No me quedaba más remedio que acatar la orden y satisfacer su deseo… que de alguna forma también era el mío. Y pese a ello, a tener pleno conocimiento de mis deberes como iniciada, de lo que el conde esperaba de mí, permanecí petrificada en el mismo punto del corredor en el que me crucé con él.

Valent dio un paso adelante y me rodeó con un solo brazo la cintura. Me pegó a su cuerpo con un ademán posesivo.

—Entra, he dicho.

Esa voz ronca, autoritaria, que no admitía desobediencias penetró mis sentidos y los adormeció. Me hizo suya con solo una orden.

Bajé la mirada y me sometí.

Subí el tramo de escaleras curvas, entré en sus aposentos con la tinaja y el agua con el láudano todavía entre los brazos, como si se tratara de un tesoro que debía proteger.

—Deja eso ahí encima —me indicó lord St. Claire.

Y sabía que se refería al recipiente con el agua intoxicada. Asentí e hice lo que me mandaba, sumisa, sin replicar.

—Ven aquí —fue su siguiente decreto.

Para mi sorpresa, había cruzado la estancia doblando mi velocidad, se había colocado junto al lecho, sentado en el borde, y me abría los brazos, tal que si esperara recibirme.

Me rendí, desconcertada ante aquella inexplicable muestra de… ¿ternura?

En nuestros últimos encuentros, el talante de St. Claire había mutado, volviéndose menos imperioso y distante, más compasivo.

Hasta sus miradas habían perdido parte de aquella fría crueldad que lo caracterizaban a mi llegada y ahora, no siempre, pero sí muchas veces, aquellos iris del color del cobre soltaban destellos cálidos.

Llegué hasta él, mis muslos encontraron el tope de sus rodillas.

Sus brazos abiertos me rodearon; a continuación, abrió de par en par mi túnica de un solo y habilidoso tirón y, una vez que me tuvo desnuda, volvió a sujetarme por las caderas, bajó la cabeza y apoyó su frente en la zona de mi ombligo.

Por un instante, temí que sollozara. La postura de la rendición.

Del enemigo vencido.

Había cerrado los ojos y dejado escapar un largo suspiro de hastío.

Noté el tacto húmedo y caliente de su lengua sobre la piel de mi vientre.

Sus grandes manos abriéndose, abarcando mis posaderas, inmovilizándome.

El viaje de su boca sobre la zona baja de mi cuerpo se hizo más acuciante, más enérgico y furioso, aderezado con pequeños mordiscos juguetones que se iban recrudeciendo conforme alcanzaba mi pubis.

Un tirón, un giro violento, y antes de darme cuenta, ya estaba tumbada en la cama, con las piernas separadas y él entre ellas, devorándome el sexo con los labios, la lengua…

los dientes. La excitación creció en cuestión de segundos, la presión se acumuló en mis entrañas generando delirantes remolinos y la sensibilidad de mi clítoris se disparó de tal modo que hasta pude notar cómo se endurecía y se hinchaba.

Y entonces, cuando estaba a punto de dejarme ir gritando su nombre, Valent clavó sus colmillos en mi vulva, atravesando la tierna carne del capuchón y algo más abajo, junto a la entrada a la vagina, succionó, y me hizo estallar en pedazos.

Mis dedos, hasta entonces posados con delicadeza sobre sus hombros, se crisparon, mis uñas se clavaron en la carne, arañaron su piel marmórea y palparon el músculo activado. El sublime acto de posesión me convirtió en una ráfaga de viento huracanado procedente de los áridos desiertos.

Tórrido y abrasador.

Sin pedir permiso, olvidando mi posición en aquella rígida jerarquía vampírica, quién era él, quién se supone que era yo, demandé con un gesto, aferrándolo de las axilas, que modificase su postura y me cubriera por entero.

Para mi sorpresa, Valent cedió a mi reclama, abandonó el triángulo entre mis muslos, empapado de su saliva y de mis propios jugos de deseo y se deslizó sobre mis curvas hasta encajar por completo.

Su polla dentro de mí, dura y poderosa, su boca y su lengua besando mi cuello, la zona de mis clavículas, mi escote, mis pezones.

Parecía dispuesto a no concederme tregua. En lugar de eso, hundió de nuevo los afilados colmillos y chupó mi sangre mientras me follaba en un bombeo rítmico e inmisericorde.

—Helena —rugió ronco, en voz baja.

Mi nombre en sus labios fue el desencadenante para el orgasmo más intenso y devastador que había sentido en mi vida. No solo mi espalda, mi cuerpo entero se arqueó para él, agradecido por sus atenciones y por lo que me estaba haciendo gozar.

Despierto ante un oscuro deseo difícil de calmar.

Valent también se derramó sin excusas, con un largo gruñido sordo junto a mi oreja para, acto seguido, dejarse caer desfallecido y desalentado a un flanco, tratando de no aplastarme.

Algo fuera de lo común acababa de suceder.

Y no se trataba tan solo de que en el éxtasis me hubiese llamado por mi nombre, eso podía considerarse un comportamiento natural cuando te arrebata el frenesí, yo misma lo había hecho en alguna ocasión.

No.

Era otra cosa. Algo muy distinto.

Su sutileza, la sensibilidad con la que me había tratado, su evidente interés por procurarme placer, cuando lo normal era que un amo fornicara cuanto quería con las iniciadas, asegurándose goce y satisfacción en exclusiva, sin importar lo que ella sintiera.

Vi cómo abandonaba la cama de un brinco, caminaba en toda su gloriosa desnudez hasta la mesa donde yo había dejado la jarra con el agua fresca y se servía, no una, sino hasta tres copas de agua, que consumió de un solo trago.

—Tienes razón —me dijo con una ligera sonrisa—, está deliciosa.