Capítulo 30
Serena de Bravery
Temerosa de convertirme en la siguiente víctima, no me atreví a dar un paso en ninguna dirección. La mano se me quedó adosada a la manija, la columna rígida como una estaca y el aliento retenido.
Entonces el lobo inclinó la cabeza y reculó tres pasos, dejándome espacio suficiente como para salir, si lo deseaba, sin rozarlo.
Interpreté aquel gesto casi humano como una señal de que no me atacaría.
Por descontado, no podía estar del todo segura, si bien, era lo que me dictaba el instinto. Que me moviera muy despacio, sin aspavientos bruscos que pudieran agitarlo, sin hacer casi ruido, como una corriente de aire se desliza por un corredor angosto.
Me sudaban las palmas de las manos, resbalosas, pegadas a la pared, tanteando entre temblores la superficie de los recubrimientos de madera y, un poco más allá, el brocado de seda verde París.
La colosal bestia me vigiló sin tregua durante los primeros pasos, sin quitarme la vista de encima y luego, para mi total desconcierto, decidió seguirme a paso lento.
Tragué saliva con el corazón en un puño.
Sin saber si el siguiente movimiento me condenaría al degüello.
Retiré la mirada de los dos cadáveres, impresionada por el destrozo y moví los pies avanzando hasta el centro del siguiente pasillo.
El lobo blanco me siguió como si caminase sobre algodón, sin que sus pisadas hicieran el menor ruido.
Todo parecía indicar que había eliminado a los centinelas para favorecer mi fuga. Claro que, aquello no tendría el menor sentido, todo podían ser figuraciones mías, alucinaciones y delirios generados por el terror.
¿De dónde había salido aquella fiera tan hermosa?
La puerta que tocaba superar ahora correspondía al dormitorio de Valent St. Claire.
Sentí un horrible vértigo en la boca del estómago, una sensación de náusea que estuvo a punto de hacerme volver corriendo a mi cuarto, a esconderme bajo la cama, pese a que lady Helena me había asegurado que ya no se hospedaba allí, que se había mudado a unos aposentos más amplios en uno de los torreones. El caso era…
¿Y si no era cierto? ¿Y si había bajado a su antigua alcoba y me atrapaba?
Una vez la hubiera rebasado, el camino hacia los jardines, tal y como me había indicado Helena, sería menos complicado. Si seguía reptando con aquella quietud…
Si el lobo no se abalanzaba contra mí y me arrancaba los pulmones de un mordisco…
Si…
Aspiré aire venciendo el mareo, me humedecí los labios, entrecerré los ojos y caminé muy lento hasta que la puerta de la temible estancia quedó atrás.
Balbuceando una plegaria.
Creí que me desmayaría. De aprensión, de ansiedad, de alivio.
El lobo continuaba su vigilancia del entorno y aquella sorprendente misión de custodia que parecía haberse impuesto. Cada vez más ridículamente convencida de que no me dañaría, al menos de momento, accedí a las escaleras laterales y descendí por ellas con la agilidad de una gacela.
A partir de ahí, las salas y los pasillos que tuve que atravesar, me los encontré desiertos.
Había pasado la hora de la cena, la mayoría de los criados se afanaban culminando sus tareas antes de recogerse, y los ocupantes de la zona noble de la mansión se habían retirado a sus habitaciones a descansar.
Era un buen momento.
Me sabía de memoria el recorrido con el que, casi a diario, lady Helena me llevaba hasta el jardín.
Fui repentinamente consciente de las vueltas sin sentido que suponía aquel itinerario concreto, y sospeché que mi salvadora llevaba semanas urdiendo el plan de mi evasión: no me había guiado a los jardines por el camino más corto , sino por el más seguro .
Y repitiéndolo jornada tras jornada, se había asegurado de que lo aprendiera.
Solo en un instante en que el exceso de confianza me hizo ser imprudente, asomando tras una esquina sin precaución previa, el lobo se me adelantó, atravesándose en mi avance con un suave gruñido, impidiendo que dos criadas que cruzaban cargadas con sendas canastas de ropa limpia, inmersas, por fortuna, en su charla, me descubrieran.
Fue entonces que no tuve la menor duda de que el lobo blanco estaba de mi lado.
Ya quedaba poco. Quedaba muy poco.
La angustia formó un nudo y apretó duro el fondo de mi garganta.
Pronto alcanzaríamos el jardín, podríamos refugiarnos en las sombras, adelantar sin ser apenas vistos, y localizar los rododendros que ocultaban la ansiada puerta.
Se me dispararon los latidos, ahora como un rosario de truenos contra las costillas, la desazón y el miedo.
Me tiritaban las piernas, aunque me negué a flaquear. Mucho menos a desistir.
Había llegado demasiado lejos como para renunciar ahora.
Y entonces, a un puñado de pasos de la salida al exterior, cuando el fin se rozaba con la punta de los dedos y se respiraba cada vez más cercano…, apareció un guardia armado y con cara de pocos amigos.
Probablemente no me conocía, no me había visto en su vida ni nos habían presentado ni sabía mi nombre.
Solo se sorprendió al ver a aquellas horas intempestivas a una dama vagando por la zona que correspondía al servicio.
Ignoro si el pobre vampiro, seguramente un converso, tenía pensado increparme o, por el contrario, cumplimentarme con una reverencia, no obstante, la criatura de pelambre nívea que me acompañaba y su temible dentadura no le concedieron tiempo de espera ni de decisión.
Abrió aquellas fauces monstruosas, similares a las de un pequeño dragón, le brotó un rugido aterrador de lo más hondo del gaznate y por un instante pensé que le seguiría una llamarada incineradora que reduciría a cenizas el cuerpo del guarda.
Con una velocidad sobrenatural que lo convirtió en un borrón blanco invisible a mis ojos, se lanzó contra el desdichado, directo y certero a la zona del cuello y de una dentellada mortal le arrebató la vida.
El hombre cayó al suelo como un bulto inerte, con los ojos desencajados y la garganta abierta en canal.
El lobo me miró un segundo para, a continuación, atravesar la puerta que comunicaba con los jardines.
Me temblaban las rodillas y temí que las extremidades no me sostuvieran cuando salté por encima del cadáver, evitando resbalar con la sangre derramada, y lo seguí a la oscuridad.
A internarme en la penumbra y la niebla.
La helada brisa nocturna se me estampó en el rostro y me cortó el aliento.
Pero lejos de disuadirme, fue el mejor acicate para imprimir energía a todo mi ser y hacerme galopar como el viento, buscando los rincones menos iluminados, en un espacio ya de por sí, tenebroso.
El lobo flotaba sobre el suelo a unos pies de distancia, marcándome el camino, la huida, girando de cuando en cuando la cabeza para asegurarse de mi presencia, y yo ya me sentía incapaz de pensar en otra cosa que no fuera seguirlo a ciegas, sin reflexionar siquiera, reservando mis escasas fuerzas para culminar con bien aquella temeraria estratagema.
Antes de ser consciente de ello, estábamos dentro del túnel de frías paredes de roca que nos conduciría a la libertad.
La oscuridad era absoluta y apenas si me permitía ver por dónde pisaba, de modo que el enorme lobo rectificó su posición en vanguardia y se pegó a mi costado y a mis piernas, ejerciendo de bastón viviente.
Me atreví a bajar la mano, hundirla en el denso y suave pelaje y sujetarme a él, aferrando un mechón con los dedos. Así mi avance se hizo mucho más firme y seguro. Nadie nos seguía, nos envolvía una negrura completa, y tan solo se escuchaba el eco de nuestros apresurados pasos.
Y cuando por fin aparté un arbusto espeso y alto que se interponía en el camino como un muro, una suerte de bosque en miniatura, y vi el suelo adoquinado de una calle de Londres cuyo nombre todavía ignoraba, pensé que me desvanecería de alivio.