Capítulo 29
Serena de Bravery
Por fin había llegado el momento de la verdad.
La noche en la que me jugaría el todo por el todo. En que, una de dos, o lograba escapar y regresar junto a mi hijo, a protegerlo, a llevármelo lejos de su pernicioso abuelo y quién sabe si a fraguar mi venganza, que también la tenía, hirviendo dentro de las entrañas… O moría en el intento.
Bryen Winley no era el único en clamar por su revancha.
Solo de pensar en él, me crecían los colmillos. Mi odio era arrasador.
Por la mañana, antes del almuerzo, lady Helena había venido a verme con la excusa de una infusión que me templara los nervios, y me puso al corriente de su plan.
—Esta noche mezclaré láudano con el agua que sirven a los guardias que vigilan su puerta. Aprovecharé el momento del cambio para dejar la tinaja ahí fuera, lista para que, en pocos sorbos, duerman como angelitos. Tome esto, duquesa, procure que no se la vean.
Me paré a revisar lo que acababa de dejar en la palma de mi mano. Un trozo de metal alargado en forma de L retorcida.
—Una… ¿ganzúa?
—Con ella podrá salvar su cerradura. No veo otro modo de poder dejarla abierta. Si me ven aparecer, sabrán que estoy relacionada con su fuga.
—Prometo pasarme el día practicando —decidí con un suspiro.
—Salga al pasillo cuando no oiga ruido, ningún ruido fuera por más de diez minutos.
Y cuando lo haga… —Helena avanzó un paso y me tomó vehemente por los antebrazos—, duquesa, cuando salga al pasillo estará sola.
Debe tener mucho cuidado. Péguese a las paredes, busque las sombras, esquive a los guardias.
Recorra exactamente el camino que trazamos cada día para bajar a los jardines. El mismo, sin desviarse.
Asentí con la respiración alterada por el esfuerzo que suponía concentrarme y tratar de absorberlo todo, sin olvidar nada.
—Y una vez en el exterior, busque los matorrales de rododendros junto al invernadero. Allí encontrará una segunda entrada que la conducirá al túnel.
—¿El túnel?
—Es una puerta pequeña y deteriorada, pintada de verde oscuro. La cubren las flores, lleva a la galería subterránea que comunica con la calle. Una vez allí, corra. Corra sin detenerse y sin mirar atrás hasta llegar a casa de mis padres.
—Helena, tú…
—No se preocupe por mí, duquesa. Usted póngase a salvo y el resto estará bien.
—Te sacaré de aquí, te lo juro. Diga lo que diga lord Corset. No permitiré que sigas a merced de estos desalmados.
Sus finas manos se apretaron contra las mías y sus comisuras se elevaron con ligereza, como si quisiera sonreír.
—Estoy bien. He desarrollado una especie de relación cordial, muy peculiar, aunque inofensiva, con el conde St. Claire. Por el momento, no me considero en peligro.
—Ese monstruo… —vomité con desdén.
—Debo irme. Oculte bien la ganzúa si viene alguien a visitarla. Y por favor, cuídese. Que la siguiente noticia que tenga sea la de su desaparición y su regreso, con bien, a casa de los Corset. Sabré de usted a través de la familia que se hace pasar por mía.
La vi salir, erguida como una reina valiente, sin mirar atrás y sin poder evitar preguntarme si el destino nos reuniría en el futuro, tal y como deseábamos. Me bebí la tisana a pequeños sorbos e invertí el resto del día manipulando la cerradura que me separaba de la libertad.
Pese a mis espantosos temores, Valent no se dejó ver en toda la jornada, no vino a mostrarme cuán rabioso estaba en mi contra y, cuando a través de las ventanas vislumbré el inicio del crepúsculo, mi pulso se lanzó a un galope desenfrenado a sabiendas de que se acercaba el abismo.
Para aquel entonces, ya manejaba la apertura de la cerradura con cierta soltura. De hecho, a juzgar por los chasquidos, podía intuir que estaba abierta. Si nadie volvía a cerrarla, salir sería más sencillo. Si giraban de nuevo la llave, usaría mi ganzúa por enésima vez.
Por supuesto, no tuve tanta suerte.
Una criada, pálida y cabizbaja, acudió a traerme la cena y tras su marcha, el sonido de la llave clausurando el cerrojo desmoronó mis escasos ánimos.
Comí sin ganas, con el estómago revuelto y la única intención de reunir las fuerzas que más tarde necesitaría.
A partir de ahí, me limité a pegar la oreja a la puerta, esperando que el vocerío y las risas de los guardianes que la flanqueaban cesara.
Para mi absoluto horror, no dejé de oírlas.
Se intercambiaban chanzas e improperios. Uno reía las gracias del otro. Se gruñían, soltaban maldiciones por lo bajo y, a continuación, volvían a carcajearse.
Los minutos transcurrieron eternos y lacerantes sin que la situación cambiara un ápice. Ese silencio que lady Helena me anticipó que oiría, la contraseña para iniciar mi fuga, no llegó nunca.
La desesperación me licuó el alma, mientras poco a poco, el coraje se me desinflaba. Resbalé a lo largo de la puerta hasta caer en cuclillas al suelo, sin distanciarme de la madera, con aquellos sonidos malditos retumbándome en la mente como un látigo envenenado.
No se habían bebido el agua con el láudano.
O a Helena no le había sido posible colocarla en su lugar.
Algo había fallado. Fallado con estrépito.
¿Por qué entonces mi insensato juicio continuaba martilleándome con la ridícula idea de seguir adelante y huir?
¿Cómo pensaba librarme de los guardias que custodiaban mi encierro?
Entonces lo oí. Un rugido ensordecedor y los gritos de terror allí fuera.
El estampido de la lucha. El fragor de un ataque. Más bramidos.
No duró demasiado, aunque bastó para paralizarme de miedo.
Cuando se hizo el silencio, maniobré con la ganzúa en la puerta, las manos tan temblorosas que tres veces se me resbaló de entre los dedos, estampándose en el suelo.
Llorando y resollando hasta oír el click que me permitiría accionar el pomo.
Lo hice muy despacio. Tragando saliva, bloqueada por el pavor, sin saber qué iba a encontrarme tras el madero.
Jamás lo habría imaginado.
La escena era dantesca.
Sangre. Sangre por todas partes.
Dos hombres con las gargantas y parte del pecho destrozados en un amasijo informe de carne desgarrada, arrumbados contra el suelo en posturas imposibles y, entre ambos, mirándome fijamente como si llevase rato aguardando a que apareciera, con el pelaje cercano al hocico manchado de rojo…
Un enorme lobo blanco de ojos amarillos.
Grande como mi pánico.