Capítulo 28
Valent St. Claire
El tiempo que llevaba encerrado entre aquellas paredes demasiado cerca de la mujer que tanta turbación me causaba, empezaba a ser excesivo. Agobiante. Las manos, los dedos se me movían solos y siempre en su dirección, tratando de tocarla.
Debo decir que, en un alarde de voluntad bajo control, los retenía a tiempo.
Sin embargo, eso y no lanzarme sobre ella, a besarla, morderle la clavícula allí donde su vena parecía llamarme como un canto de sirena, estaba requiriendo tal nivel de autodominio por mi parte, que me palpitaban las sienes y estaba a punto de combustionar.
Parte de la culpa residía en el escote del vestido que había escogido para ella, que era vertiginoso.
Sus voluptuosos senos se desbordaban demasiado llenos para un espacio tan reducido.
La piel cremosa y perfumada invitaba a hundirse, a recorrerla con la lengua y a perderse por completo en el placer más demencial.
Levanté una mano y la posé en la base de su mandíbula, allí donde el rostro se unía con el cuello. Noté su sacudida y su rechazo.
—Es usted un ser egoísta y cobarde, conde.
—Alabados sean los infiernos. ¿Eso piensa?
—¿Qué nombre pondría al caballero que se atreve a privar a una dama de su libertad? ¿Que la arranca por la fuerza de su hogar, de su familia? ¿Cómo le llamaría usted?
—No soy quien la ha secuestrado —expuse, no sin cierto orgullo.
—Pero sí quien me retiene.
—No la retengo —recalqué con énfasis—. La mantengo con vida.
No se revolvió. Ni protestó ni soltó una retahíla interminable de réplicas. Seguramente, porque podía oler la verdad de mis palabras por mucho que le irritaran.
—Sabe que obtendría fácilmente su sometimiento usando la seducción, que bastaría con tomarla entre mis brazos para ver cómo se derrite.
—Puede —subrayó con marcada ironía.
No me amilané. Muy al contrario, me fui aproximando lentamente a ella, dispuesto a apoderarme de aquellos labios deliciosos y saborearlos hasta saciarme.
Serena, a su vez, alzó el brazo y descargó una brutal bofetada sobre mi mejilla.
Me sorprendieron tanto su ímpetu como su fuerza.
Retrocedí con un parpadeo de asombro.
—Se lo dije en su día y se lo repito ahora. —Mascó las palabras—. No se atreva a tocarme.
Apreté las muelas y la calciné con una mirada feroz. Reteniendo a duras penas la amenaza que pugnaba por escupir, destructiva como una bala de cañón.
Sin embargo, no era el único, también sus ojos llameaban coléricos.
—No me tendrá, conde, no me tendrá nunca. Prefiero morir cien veces del modo más horrible, que responder un solo instante a sus despreciables deseos.
No me reprimí.
Me puse en pie de un brinco, la agarré por las muñecas y de un tirón brusco me la llevé conmigo, a rastras, hasta la zona de dormitorio donde, de un empujón, la tumbé bocarriba en la cama.
—Olvídelo —espetó en un siseo—. Puede que después de todo posea mi cuerpo violentándome, es posible que no alcance a impedirlo, pero mi corazón y mi alma jamás serán suyos.
Me esforcé en aplacar mi respiración encabritada.
La idea inicial de abalanzarme sobre ella y hacerla mía en aquel mismo instante se evaporó en el aire como si el viento se la hubiese llevado lejos. Me envaré y la contemplé desde arriba, su largo cabello negro repartido por la colcha de seda como hebras de impenetrable oscuridad.
—Es posible que decida no creerme, el caso es que no pienso tomarla por la fuerza. Si sucede, sucederá porque usted decida, voluntariamente, entregarse.
—Está en lo cierto. —Me observó con desprecio—. No le creo.
Fueron las últimas frases que me dedicó antes de voltear la cara hacia la pared y quedar inmóvil como una estatua de alabastro.
Exhalé un último bufido entre dientes, le deseé lo peor y, frustrado y caliente como la caldera de una locomotora, con la entrepierna tensando la tela de mis pantalones en una erección dolorosa, giré sobre mis talones y me marché.
Despidiendo rayos y centellas a través del aura que me envolvía.
En cuanto llegué a mi alcoba, mandé llamar a Helena.
Me sorprendí sirviendo, mientras esperaba, dos copas de vino de sangre, como si en lugar de ser una vulgar iniciada a la que podría follarme duro para relajar mis pasiones insatisfechas, se tratase de una dama de alta sociedad que acudía en calidad de invitada.
¿La verdad? Tenía más necesidad de consuelo que de sexo.
No era una situación en la que me encontrara habitualmente, más bien se trataba de una urgencia muy inusual. Conversar con una persona inteligente en sintonía conmigo, compartir un refrigerio frente al fuego, maldecir en voz alta sin guardar las formas ni la compostura.
Eso quería.
Me preguntaba si la salvaje Helena sería capaz de dármelo. Ella ofrecía muchas cosas, si bien, no todas eran tan placenteras como su endemoniado carácter y sus altivos retos.
Se quedó varada en la puerta, sin pasar, con los enormes ojos muy abiertos, visiblemente sorprendida.
—¿Me ha hecho llamar, amo?
—Sí, entra. Ven aquí a sentarte junto a la chimenea. Te he servido un vino.
Todavía se lo pensó dos veces.
—No… ¿No tenía previsto cenar en compañía de la duquesa?
Maldita muchacha entrometida y preguntona.
—Pues ahora estoy aquí, deja de indagar en lo que no te incumbe y obedece por una condenada vez, si no es mucho pedir.
Reptó hasta mí, arrastrando los pies, diría que de muy mala gana, lo que exacerbó la acritud de mi carácter.
—¿Acaso he interrumpido tus quehaceres, querida? No estarías discutiendo con ese espantapájaros tuyo —me burlé.
Ella me lanzó una mirada herida.
—No, amo. Estaba a punto de irme a dormir.
—Vaya. Voy a ser el causante de tu trasnoche. No sabes cuánto lo lamento.
—Sí —dijo sarcástica mientras se sentaba—, puedo adivinarlo.
Tomó la copa de vino y dio el primer sorbo. Sus labios le robaron al líquido su tono carmesí y resplandecieron rabiosos y atrayentes. Me entretuve contemplando su perfil a la luz de las llamas, la manera en que su cabello, rojo como el mismo fuego, soltaba destellos y brillaba.
Resultaba inaudito que, pese a su bravura y a su tendencia a imponérseme, aquella muchacha me provocara con su presencia algo semejante a la paz.
—Cuéntame lo que has hecho hoy —le pedí, empezando a amodorrarme.
Ella me miró extrañada.
—¿En serio quiere saber…?
Entrecerré los ojos y resoplé.
—¿Es que no me has oído? Tienes la irritante costumbre de obligarme a repetir, Helena. Dime en qué has invertido tu tiempo.
—Pues… He entrenado —acabó confesando a regañadientes.
Desvié hacia ella una mirada asesina.
—Y luego he vestido convenientemente a la duquesa para su encuentro de esta noche. ¿Acaso no ha sido de su agrado?
Otra provocación.
No supe si golpearla o dejar ir la carcajada divertida que me bullía en la garganta.
—No, no ha sido de mi agrado —apunté—. No estoy diciendo que sea culpa tuya. Ni de ella. Es probable que únicamente esté cansado.