Capítulo 27
Serena de Bravery
El hecho de que el conde hubiese espaciado sus visitas, y que fuera más prudente y educado cuando las hacía, creó en mí una ilusoria esperanza de que se había dado por vencido.
No sabía qué tejemanejes andaba desenvolviendo lady Helena, puesto que apenas si nos comunicábamos por señas temiendo ser descubiertas; en cualquier caso, ella me había rogado que confiase, y lo cierto era que desde que yo había puesto mi destino en sus manos, todo parecía rodar mucho mejor.
Me sentía menos presionada, un poco más libre. Nuestros paseos por los jardines eran un bálsamo curativo sin precio.
Mi mundo de fantasía se derrumbó con estrépito cuando los criados montaron una fastuosa mesa y me anunciaron la llegada del amo Valent para cenar. Helena acudió en avanzadilla para ayudar a vestirme con galas dignas de una audiencia con la reina.
—Sea paciente. Sonría un poco, si puede —me aconsejó en un murmullo, mientras me subía y me acomodaba las mangas.
—Por nada del mundo querría darle una falsa impresión de aceptación. ¿No corro ese riesgo coqueteando?
—No le pido que coquetee, no se comprometa, solo que se muestre más… accesible. Amable. Se trata de montar una pantomima, duquesa, necesitamos que el conde se ablande y baje la guardia. Pronto llegará el momento de su marcha. —Me atrapó las manos—. Sea fuerte, ya queda poco.
La miré con una ansiedad a duras penas contenida.
—¿Pronto? ¿Cuándo?
Me devolvió la mirada, mucho más dueña de sí de lo que yo sería nunca.
—La avisaré con tiempo. —Inició la laboriosa tarea de abotonar mi vestido por detrás, manteniéndose cerca de mi oreja para seguir cuchicheando—.
Hace dos semanas me apropié de una botellita de láudano que precisaré cuando llegue el momento.
Estoy esperando por si alguien la echa en falta antes de dar el siguiente paso.
—¿Y si la buscan?
—Mentiré. —Esbozó una sonrisa descarada—. Diré que me urgía descansar mejor, que lo tomo por las noches.
Moví la cabeza de un lado a otro, estupefacta y admirada.
—Eres increíble, Helena. Tan joven y tan sensata y valiente. Doy gracias al cielo por haberte encontrado.
—Cuando usted desaparezca, St. Claire se volverá loco por culpa de su obsesión enfermiza.
Que se descontrole y se ponga histérico al saberla perdida es la vía más rápida para que cometa errores, eso nos interesa.
Bueno, interesa a los Reales. Yo no entiendo demasiado bien toda esta lucha de poderes, al final solo se trata de controlar los mercados y finanzas, el movimiento de dinero y mercancías.
Duquesa, todos son aristócratas con fortunas colosales. ¿Por qué no les resulta suficiente?
El vestido estaba cerrado del todo. Notaba la presión del corpiño y de la tela a lo largo del torso, en la cintura, en la zona del escote. Helena había tomado un frasco de perfume e iba a rociarme unas gotas sobre la piel y el cabello.
Giré a mirarla y con la palma le acaricié la cara.
—Si dejaran el mundo en manos de las mujeres… Bueno, ellos son así. Tienen sus cosas buenas. No el conde, desde luego, pero puedo decirte que mi esposo era un ser tan magnífico como inmortal… —Enjugué con rapidez una lágrima díscola que escapó por la esquina de mi ojo y suspiré.
Hasta los inmortales conocen el fin.
—Lo siento mucho, duquesa, no sabe cuánto lo lamento. He oído que su duque…
El corazón me dio un brinco dentro del pecho.
—¿Has oído algo?
—Solo que… —Se paró a escoger las palabras. Probablemente, «lo han matado» le sonaría demasiado crudo—, lord Bravery ya no está.
Se me aflojaron las piernas. Tuve ganas de desplomarme de rodillas al suelo, esconder el rostro entre las manos y llorar hasta vaciarme, aunque dudaba que a aquellas alturas me quedasen lágrimas.
—Soy tan necia que mantenía viva la esperanza de que estuviera prisionero. En algún lugar remoto. Me resisto a pensar que Arthur ya no está entre nosotros. No, simplemente no puedo.
Esta vez fue lady Helena la que tomó mis manos entre las suyas, encerrándolas en una amorosa cuna.
—Antes de entrar aquí, solo supe que su marido y mi padre salían a diario en su busca, duquesa; varias veces, en batidas con partidas de hombres armados, sin desfallecer.
Él no parecía dispuesto a cejar en su empeño de encontrarla.
Por favor, no llore. Estamos llegando al fin y necesito que sea más fuerte que nunca. Tiene que hacerlo, por su hijo.
—Por nuestro hijo —repetí en una letanía hueca.
—Vamos a conseguirlo.
—Por nada del mundo querría ponerte a ti en peligro.
—Intentaré mantenerme al margen y que nadie pueda relacionarme con su fuga.
La puerta del dormitorio se abrió abruptamente, de un potente empujón. El vozarrón de uno de los guardias interrumpió nuestra intimidad.
—Llega el amo.
Helena marcó una profunda reverencia ante mí, luego ante Valent, que acababa de entrar, y acto seguido, silenciosa, casi de puntillas, desapareció.
Quedé frente a frente de mi captor. Mirándolo con más timidez que desafío.
Él, por su parte, estaba repasándome con lascivia de pies a cabeza. Finalizada la inspección, sonrió satisfecho.
—Enhorabuena, está usted hermosísima, Serena.
—Gracias, milord —cumplimenté en un susurro velado—. Es mérito de esa muchacha, no recuerdo su nombre.
Me tendió el brazo, lo acepté con renuencia, y me condujo a la mesa.
Una vez estuve sentada, ocupó su asiento en el otro extremo y, por la puerta que no había llegado a cerrarse, empezaron a aparecer criados con platos y bandejas de deliciosas viandas.
A la luz cálida de las velas en los candelabros de oro, comprobé la inexplicable belleza de aquel hombre, de su pelo oscuro y largo, sus facciones perfectas, su aplomo y la aplastante seguridad que rezumaba cada uno de sus poros.
Sin duda, un hombre cautivador del que habría podido prendarme en otras circunstancias bien distintas, y de no haber entregado mi corazón por entero a Arthur Winley.
Poco cambiaba las cosas el hecho de que su propio padre lo hubiera asesinado: sería suya de por vida, suya para toda la eternidad, suya hasta la esencia.
Suya y de nadie más.
Jamás podría amar a otro hombre que no fuera él. Antes me arrancaría el corazón del pecho con mis propias manos.
La cena se desarrolló casi con normalidad. Hablando del tiempo que yo ahora conocía gracias a mis paseos por el exterior, de las últimas noticias acerca de política y pequeñas revoluciones del proletariado, de los caprichos de nuestra desolada reina viuda.
Tras los postres, Valent me conminó a seguirlo hasta el sofá.
Obedecí temblando. Una vez allí, no tendríamos una mesa como parapeto protector entre los dos.
—Van a servirnos una infusión que acaba de llegar de China. Le adelanto que su aroma es embriagador. ¿La prefiere endulzada con miel?
—Dado que desconozco su sabor, no sabría decirle. Quizá sea mejor idea no adulterarla.
La criada sirvió las tazas, se inclinó para reverenciarnos y abandonó los aposentos cerrando la puerta a su espalda.
Intimidad.
Jaula.
Me mordí el labio inferior, notando la vibración de la angustia recorrerme entera.
—Y hablando de sabor… Duquesa, ¿a qué sabe esa boca suya?