Capítulo 26
Valent St. Claire
No pensé que tuviera los arrestos de replicarme. El caso es que la pequeña Helena, toda una caja de sorpresas y agallas, lo hizo. ¡Vaya si lo hizo!
—¡Soy una iniciada, no una esclava! —se encrespó— ¡No puede prohibirme que aprenda a luchar! ¡Que sepa defenderme si me atacan! Usted mismo lo ha dicho muchas veces, estamos al borde de una guerra, tenemos que…
Me pegué a ella con un solo movimiento, tan brusco y veloz que la cacé desprevenida.
Mi cara, demasiado cerca de la suya, podía saborear los truenos y centellas que brotaban de sus ojos, la ira que comprimía sus deseables labios.
El calor que se filtraba al exterior desde dentro de su cuerpo y que tanto me motivaba.
—He dicho que te bañes. Hueles mal.
La acusación, que habría ofendido y escandalizado a cualquier dama de educación apropiada, cayó en saco roto. Helena tenía la cabeza y las reclamaciones en otra parte.
—¡Los iniciados entrenan! ¡Ellos sí! ¿Por qué nosotras no? ¡No es justo!
Se acabó mi paciencia.
Con un bufido huracanado y una sola mano crispada como una garra, le arranqué el corpiño que apretaba su torso, haciendo rebosar sus pechos.
A continuación, me la cargué al hombro como un saco de patatas y salí con ella a cuestas, de su habitación a la mía.
Se pasó el camino pataleando, convencida de sus pretendidos derechos y de que a lo que reclamaba, lo asistía la razón.
Cacé al vuelo palabras como «discriminación» y «justicia» que, lejos de agriarme el ánimo, me robaron un esbozo de sonrisa.
Llegué a mis aposentos, compuestos por un amplio dormitorio, un gabinete que hacía las veces de biblioteca y despacho, y la sala de baños, donde la tina aguardaba, llena a rebosar y tibia, mis abluciones diarias.
Sin un mínimo titubeo, me la descolgué del hombro y la metí de espaldas en la bañera. Antes de hundirse del todo, ella me fulminó con una mirada asesina que me hizo reír.
—Maldita sea… —farfulló entre hipidos.
—¡Deja de moverte y de salpicar, demonios! Lo estás poniendo todo perdido. Limítate a quitarte la mugre y a cerrar la boca. Estoy harto de tus quejas y tus aullidos.
La irritante damita todavía tardó unos minutos en calmarse. Resoplando y chapoteando con brusquedad como muestra de su disgusto. Me alejé hasta la mesa de las licoreras y me serví una copa de vino de sangre.
—¿Sabes que las iniciadas tienen por costumbre ser mucho más dóciles?
Me lanzó desde lejos una mirada atravesada que me cosquilleo en el fondo de la garganta y bajo la verga, en los testículos.
—Para eso ya teníamos a Lia, y mire la pobre desgraciada cómo acabó.
Arqueé las cejas a modo de asentimiento.
Desventurada joven.
Cuando monté en cólera tras la desaparición de Serena y decidí castigarla, reacción de todo punto comprensible, no pensé que Bryen fuera a intervenir, mucho menos a llegar tan lejos. Era un maldito sádico.
Con la copa en la mano regresé junto a la bañera, donde Helena parecía haberse petrificado.
Ya que su terquedad le impedía zambullir la cabeza y el rojo cabello lucía todavía intacto y seco, le coloqué la mano libre sobre la coronilla y empujé con brío hasta sumergirla.
Incluso la mantuve así unos segundos y disfruté viéndola pelear.
Al soltarla, su bonito rostro emergió, tosiendo, del agua perfumada y sus pupilas incendiarias me atravesaron sin misericordia.
Fue como que me desearan una muerte desalmada, lenta y cruel.
Con un arrebato veloz como el viento, la agarré del cuello e incliné mi cara hasta dejarla muy cerca de la suya.
—No me mires así. No me retes. No te atrevas.
Lancé la copa con su contenido por el aire, a mis espaldas, oí cómo se estrellaba en el suelo y el cristal se hacía añicos, y sin liberar el cepo sobre su blanca garganta, con la otra mano arremetí contra su sexo, obligándola a abrirse de piernas.
—Que no seas una esclava no te eximirá de un correctivo adecuado —le advertí.
Mis dedos tamborilearon sobre aquellos dulces pliegues de carne y, enseguida, dos de ellos la penetraron a la búsqueda de la protuberancia rugosa escondida en el interior de la vagina, bajo el monte de venus.
El jadeo de Helena, nada más rozarlo, se me encabritó en el pecho.
Lo friccioné con las yemas a buen ritmo, arrancándole largos gemidos de placer.
Helena mantenía sus dos manos engarfiadas en mi muñeca, no sé si pretendiendo separar mi garra de su cuello, ya que, más que tirar, parecía simplemente sujetarse para poder concentrar sus sentidos en aquel estímulo que nos estaba volviendo locos a los dos.
Porque de repente, algo me ardió en las entrañas y puso mi miembro duro como la piedra de cantera. Algo que estalló y me hizo perder el control y que, por primera vez, no tenía nada que ver con Serena ni con mi eterna frustración por no poseerla.
Le solté el cuello y liberé mi verga.
Rodeé su cintura con una mano, dejé de bombear en su entrepierna y tiré de ella hacia arriba, hasta colocarla sobre mis caderas. Acto seguido, la empalé.
Hasta el fondo.
Y me sumergí en la tina de agua templada con ella en mi regazo.
—Cabálgame —le ordené, mientras le retiraba el cabello mojado para dejar el cuello al descubierto.
Mis colmillos la deseaban con fervor. El aroma de su sangre deliciosa palpitando bajo su piel me llamaba y me hacía perder la cordura. Los clavé y succioné. Multipliqué la excitación que los dos sentíamos y la cumbre del clímax, cuando lo alcanzamos, se disparó desbordada a las alturas.
Quedamos unos minutos exhaustos y abrazados, dentro de la bañera, yo todavía en el interior de su vientre, su cabeza reposando contra mi pecho.
Fue una pausa tan corta como extrañamente feliz.
Reaccioné con una sacudida de cabeza que me permitió librarme de ciertas ideas ridículas, nacidas de no sabía dónde.
—Vístete y ordena que preparen una cena en los aposentos de la duquesa.
En lugar de callarse y obedecer, Helena me repasó con un viso de reproche en los poderosos ojos. Como si la ofendiera el que yo pensara en otra mujer justamente después de habérmela follado.
—¿A qué esperas?
—No es una hora adecuada. A la duquesa no le agrada que la importun…
—¡Al infierno con las malditas reglas de cortesía!
—Pues cuando se trata de prohibirme luchar, sí que parece concederles importancia.
La miré con desdén, señalándola con el dedo estirado.
—Tú te comportarás como cabe esperar de una dama de la mejor familia. Y no quiero tener que repetirlo, es mi última orden.