Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Valent St. Claire

Como no podía ser de otro modo, habida cuenta lo que estaba haciendo y la maestría con la que lo ejecutaba, me derramé en la boca de Helena.

De mis labios escapó un largo gemido de placentera agonía que a punto estuvo de gritar su nombre.

Con aquella muchacha notaba una conexión física especial que, pese a mis siglos de devaneos, bacanales y prácticas eróticas de toda condición, no había experimentado antes. La devoción con la que me miraba, la entrega con la que se abandonaba en mis brazos me excitaban, me hacían sentir invencible.

Con solo que Serena me mirase de aquel modo…

Una vez. Una sola.

No pedía más.

—Sírveme más vino —ordené en cuanto me hube repuesto.

Helena estaba todavía hincada de rodillas frente a mí.

Sus ojos enormes me miraron con un destello de júbilo y, con el dorso de la mano, se limpió las comisuras húmedas.

Se puso en pie sin articular una sola letra y, sin molestarse en cubrir su desnudez, fue hasta el lugar donde reposaba el vino y colmó mi copa.

—Amo, ¿puedo pedirle algo? —interrogó al entregármela.

Bebí un sorbo y la alenté a proseguir con un gesto de la mano.

—Quiero aprender a luchar.

Un pedimento así no me lo esperaba. Estuve a punto de expulsar el líquido que tenía en la boca.

—¿Luchar?

—Sí, amo, a luchar y a defenderme. He visto a los iniciados entrenarse en el patio trasero, hasta disponen de un instructor.

—Eres una dama —repuse como si aquello lo explicara todo.

—Soy una medio vampira.

—Eso no es más que tu naturaleza. En sociedad eres una dama, la hija de un noble y, en consecuencia, debes comportarte.

—Amo, soy débil.

—No, no lo eres —contradije con rotundidad.

—Más que el resto. Si al menos mi conversión fuera completa…

Me provocó risa ver que fruncía el ceño con mucho enfado, casi como una niña pequeña a la que acabas de negar una golosina. Iba a burlarme de ella y de sus pretensiones con alguna frase jocosa, cuando golpearon a la puerta.

—Adelante.

—Amo, el Gran Maestre lord Bravery lo requiere de inmediato.

Vaya.

El duque se obstinaba en seguir utilizando su título pese a que la Hermandad Real se lo había retirado. Claro que, ahora que su hijo ya no caminaba por este mundo, quizá tuviera algo más de sentido…

El linaje. Siempre en nombre del linaje y el honor.

Helena, que no se había vestido, solo retirado a las sombras, se mantuvo allí estática y muda. Le dediqué una ojeada rápida y abandoné mi alcoba recomponiéndome los pantalones durante la caminata.

En la sala de reuniones, una estancia lujosamente decorada a medias entre el salón de un club de caballeros y una biblioteca privada, Bryen se mostraba taciturno y hasta atribulado, sentado con dos de los galenos de la Rosa Negra, que alzaron sus miradas y me cumplimentaron con inclinaciones de cabeza al verme aparecer.

—¿Qué sucede?

—Tu duquesa —graznó Bryen con acidez—. Como me temía, es una condenada molestia y un peligro para todos.

Arqueé las cejas demandando más información.

—Los guardias a los que mordió en su intento de fuga… Por supuesto, han muerto. —Abrió una dilatada pausa que no me molesté en quebrar—. Sufren Licania.

—¿Licania? ¿La maldición del lobo? No es posible. —Sacudí a un lado y otro la cabeza, negando— Si a ella la hubiese mordido un lobo, no seguiría con vida.

El aspaviento que contrajo las facciones de Bryen llamó mi atención: era como el que esconde un terrible secreto que puede manchar para siempre su reputación, arruinar su prestigio o borrarlo del mapa, y lo calla.

Tuve la impresión de que le habría gustado chillar ciertas razones que se guardaba bajo la manga porque no le convenía airearlas.

—Esa mujer es extraña, de origen incierto. Me consta que la boda se acordó con su hermana mayor, no con ella. Pero ¿saben qué? A pocas semanas del enlace, la auténtica prometida murió repentinamente. ¿No les parece extraño? Quizá la asesinó por pura codicia, ambicionando ocupar su lugar.

—Eso no son más que cábalas, duque —traté de disuadirlo.

—Mantenerla con vida es un riesgo que no deberíamos correr —insistió sin tenerme en cuenta.

—Recuerde que me pertenece. Es mía —lo silencié con un bramido.

—Es tu juguete y la desgracia de todos. Una posición demasiado insignificante como para que el hecho de que respire nos suponga perjuicio.

Me puse en pie, tal que si me hubiera impulsado un resorte.

—¿Por qué la acusa siempre que tiene ocasión? ¿Por qué razón la odia tanto? La tiene emprendida con ella desde que llegó, no es más que una mujer indefensa, una vampira joven de escaso poder que no supone riesgo para nadie.

—¡Es capaz de transmitir la licania! —bramó congestionado.

—Esos rastros que han hallado pueden deberse a otra causa. ¡Deberían investigar!

Visiblemente enfurecido, crucé la sala de tres zancadas, abrí la puerta y los dejé allí, con el reproche en la boca.

Supuse que Helena habría regresado al recinto de las iniciadas y, hacia aquellas estancias dirigí mis furibundos pasos, a su dormitorio que ya no compartía con nadie después de que Lia cayera en desgracia y fuera devuelta.

Lo que me encontré al empujar la puerta y entrar sin llamar ni pedir permiso, me sacó de mis casillas.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo?

En mitad del cuarto, un fantoche monstruoso construido con madera y paja, al que Helena estaba propinando una auténtica paliza, armada con un palo a modo de jabalina.

Me sorprendió sobremanera, en lo poco que pude espiar, su depurada técnica en la lucha.

Parecía y se movía como una auténtica guerrera, aunque aún le faltasen lustros para alcanzar la perfección.

Frenó al verme, con la burda lanza en el aire, sujeta con las dos manos, y la pierna extendida a punto de propinar un patadón que hubiera desmontado el pasmarote a la primera.

Me miró asustada, con aquellos ojos suyos, violeta, tan expresivos, y se apresuró a recoger la postura y a hundir la mirada en el suelo.

—Lo lamento, amo.

Di un paso airado en su dirección. La olisqueé como un sabueso husmea el rastro de una buena presa.

—Por casualidad, ¿estabas entrenando?

—Sí, amo. Como le dije, quiero aprender a defenderme.

—¿A defenderte de qué? —rugí, arrebatándole el bastón de las manos.

—Hay peligros por todas partes. La Hermandad Real, si nos encuentra, querrá ejecutarnos. Les será mucho más difícil acabar con nosotros si nos encuentran preparados.

Medité un instante su razonamiento lleno de sentido.

Sin embargo, mi natural testarudez y el mal humor que acarreaba desde la discusión con Bryen me empujó a contradecirla.

—Deja de decir sandeces y báñate. Hueles a perro mojado.

—¡Devuélvame la jabalina! ¡No tiene derecho…!

Creo que la callé en seco con mi mirada sanguinaria y aterradora. Siseé mostrando los afilados colmillos. Entorné los ojos de un modo maligno abriendo paso a toda la furia que traía acumulada.

—¿A qué exactamente no tengo derecho?