Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Helena de Corset

Mi primera reacción cuando padre me puso al corriente de sus planes, usarme como espía o como cebo, no sabría decirlo, de forma indecente, temeraria y hasta suicida, en cualquier caso, fue negarme, o impedirlos y boicotearlos del modo que fuera.

Nunca destaqué por mi docilidad; a padre le había dado más de un quebradero de cabeza y creo que solo respiró en paz el tiempo que me enviaron al continente, a estudiar y formarme.

Sin embargo, infiltrarme en la hermandad enemiga como iniciada y dadora de sangre, nada menos, haciéndome pasar por quien no era, se parecía mucho a ponerme en el filo de la cuchilla y me relataba al oído que a mi padre poco le importaba mi seguridad.

Al conde de Corset, obcecado solo con traer al mundo un heredero varón y con derrocar a la Rosa Negra, no parecían desvelarlo las esquirlas del plan.

Me introducirían con un apellido falso, sería una ofrenda por completo libre de sospechas, nadie pensaría mal de una jovencita virginal de dieciocho primaveras.

Y al final, tras mucho discutir en vano, viendo que no lo ablandaban ni siquiera los lloros de mi madre, me vi en la obligación de claudicar.

Mi mayor sorpresa fue conocer a lord St. Claire cuando fui presentada.

¿O debería decir, mejor, reconocer ?

¡Porque no era ningún desconocido! ¡Al contrario!

Ese hombre perfecto que tiempo atrás me había cruzado cabalgando en Hyde Park, del que quedé prendada al instante y al que jamás volví a ver. Ahora lo tenía plantado delante, repasándome con detenimiento como si yo fuera un elemento en su colección.

¿En serio se trataba de él? ¿Era posible tener tanta suerte?

Porque si algo desagradable había debido asumir al aceptar la misión , era que al caballero al que me asignaran, con toda certeza, iba a tener que entregarle mi virtud.

Tratándose de él, hacerlo fue, muy en contra de lo que me temía, una bendición.

Pese a su aspecto feroz, esa primera vez, Valent fue considerado, atento y delicado. Y finalmente, pasadas las semanas, hasta me había permitido beber de su sangre poderosa; una gracia que rara vez concede un noble de tanta alcurnia como él.

Desde el primer día me enfrenté a una auténtica batalla conmigo misma: sabiendo que mi rol era odiarlo y repudiarlo, lo cierto era que lo deseaba con todo mi ser.

Vivía en vilo, aguardando el instante en que me hiciera llamar.

Entregarme a él era siempre un regalo. Sus besos, sus caricias, el tiempo que me dedicaba.

Hasta cuando mascullaba blasfemias y sus frases se acercaban más a una ofensa que a un halago.

No podía sacármelo de la cabeza.

Pensaba en él todo el tiempo. Al dormirme, al despertar, cuando comía y en cada suspiro que le dedicaba mi alma cautivada.

Entonces descubrí su obsesión por Serena, lady Bravery.

La conocía, junto con el duque eran amigos de mis padres.

Sabía de su secuestro, aunque ni en lo más remoto sospechaba que fuese allí donde la tenían retenida.

Y no pude contactar con ella ni prometerle ayuda porque, por alguna razón, Lia había sido la elegida para servirla y para yacer con el amo en los aposentos de la duquesa, mientras yo fregaba suelos de rodillas, restregaba pantalones mojados con los nudillos ateridos y vaciaba los orinales.

Después llegó el mal trago del intento de fuga y la condena de la pobre Lia, que no había hecho nada malo. No la asesinaron, pero le arrancaron los ojos, devolviéndola inutilizada a su familia, como un vil despojo deshonrado.

Maldito fuera Bryen Winley, el Gran Maestre. Monstruo carroñero y letal entre los peores monstruos imaginables.

Maldito fuera él y su nombre perverso mil veces y por toda la eternidad.

Ahí comprendí muchas cosas: hacía bien mi padre en aborrecerlo.

Hacía bien en querer aniquilar el fruto de su esfuerzo: la logia de la Rosa Negra, orgullo del antiguo duque, surgida de un sentimiento de rebelión y traición, debía desaparecer junto con su creador.

Pero no el amo.

No así el conde de St. Claire. No el hombre que me había robado el corazón.

Estuvo triste después de lo de Lia.

Triste.

No contrariado, ni simplemente turbado, ni consternado. Triste con esa tristeza que brota y arde en las tripas desde un sentimiento sincero.

Y no se molestó en disimularlo. Quizá él no habría aplicado un castigo tan cruel. Al fin y al cabo, lo que se espera de todo prisionero es que intente escapar. Y a Lia nadie la había nombrado carcelera de lady Bravery.

Con la excusa de llevarle una copa de vino, me adentré en su alcoba en penumbras. Lo encontré sentado junto a la mesa auxiliar, cerca de la ventana, cabizbajo y pensativo. Avancé en silencio, deposité la bandeja sobre la mesita y osé tocarle un hombro.

Sin pensárselo demasiado y sin mirarme, Valent alzó una mano y capturó la mía por la muñeca.

En un primer momento, me estremecí de miedo. Siempre estaba temiendo una reacción suya, animal y sanguinaria, que supusiera un horrendo correctivo o, peor aún, el fin de mi vida.

—Amo, si no lo considera una intromisión, le he traído un vino.

Me respondió con una palmadita distraída en el dorso de mi mano apoyada. Con la extremidad libre puse a su disposición la copa rebosante. Tardó en aceptarla y cuando lo hizo, lo hizo con un gruñido ronco que se me antojó muy erótico.

—Permítame decirle que lamento lo sucedido. Le tomé aprecio, era una muchacha inocente y servicial.

—Lo sé.

Bebió un largo trago para no tener que seguir hablando. Su ceño fruncido, su mandíbula apretada, el músculo que le palpitaba en la base, la tensión de todo su glorioso cuerpo, me contaban acerca de su rabia, lo encendido de su enfado.

Separé la mano de su hombro, la saqué de debajo de la suya y lo rodeé colocándome delante, frente por frente.

Llevaba puesta una túnica vaporosa y semitransparente, abierta por delante, que desabroché con lentitud e hice resbalar hacia atrás, hasta que cayó al suelo.

Quedé por completo desnuda, expuesta a sus ojos.

—Concédame consolarlo.

Otro gruñido. Otro sorbo a la copa. Otra mirada perdida en el vacío de la nada.

Me arrodillé y la emprendí con sus pantalones. Solté los botones de su bragueta, mientras me relamía. Una vez suelta, lo animé con una simple mirada a moverse lo mínimo como para poder sacárselos y liberar sus magníficas piernas.

Largas. Musculosas.

No encontré ropa interior que impidiera mi ataque. Ni objeción por su parte.

Valent St. Claire estaría furioso, no me atrevería a discutirlo, pero también excitado y duro. Miré su verga con codicia un segundo antes de metérmela en la boca, engulléndola hasta la base.

Mi lengua exploró su punta, se paseó descarada por el engrose y el frenillo rozándolo al pasar, provocándole una sacudida.

Apuró el vino de sangre, dejó la copa abandonada sobre la mesa y se acomodó en su asiento un poco más, decidido a disfrutar de mis atenciones. De la dedicación con la que succionaba y lamía su polla haciéndolo crecer hasta el momento cumbre de la deliciosa explosión.