Capítulo 23
Serena de Bravery
Me convencí de que nunca más volvería a abandonar aquella cama. Que me consumiría lentamente allí tumbada como fango seco, hasta convertirme en una sombra sin huella.
Al mismo tiempo, me gritaba a mí misma que no podía rendirme. Ni consentir que ganasen la guerra, por más batallas que perdiese yo.
De algún modo que no acertaba a explicar, tras la espeluznante visión del anillo de mi marido en el dedo de su asesino, como un despiadado golpe de realidad, había logrado encerrar el recuerdo de Arthur en un rinconcito del alma donde perduraría por siempre, pero en silencio. Sin protagonismo y sin hacer ruido.
Soley, sus ojos de azul casi transparente, su denso cabello rubio, su porte majestuoso de dios en la tierra. Esa imagen ocupaba por entero mi juicio, de ahí sacaba ahora fuerzas para seguir respirando.
Sin embargo, cuando la puerta de la alcoba se abrió y la mancha oscura de un uniforme de criada entró con una bandeja, ni me molesté en mirar.
Todavía no disponía de un plan.
—Duquesa, la hora de su té.
Fue la curiosidad la que me impulsó a responder.
No porque se tratase de una doncella nueva asignada y quisiera saber de quién se trataba, sino porque aquel tono me resultó extrañamente familiar.
Ella se había acercado lo suficiente como para que yo, sin apenas mover la cabeza, le viese el rostro.
Su abundante pelo color fuego recogido en la nuca, los ojos expresivos y enormes, de un color poco común, la piel de nácar y unos labios perfilados a la perfección, me hicieron expresar sorpresa con cada facción de mi rostro.
La reconocí, y por ello estaba dispuesta a gritar mi asombro.
Lady Helena, la hija de lord y lady Corset, el loco amor platónico de mi hijo, me lo impidió colocando el dedo en un gesto perpendicular sobre la barbilla y los labios. Desmontó el mecanismo que cerraba las correas y me liberó, auxiliándome en el complicado acto de sentarme en el lecho.
—¿Se encuentra bien? ¿Un poco entumecida? ¿Cuánto hace que no camina? Vamos, la ayudaré a dar unos pasos por la estancia. —Me ofreció su brazo—. Le sentará bien. Y luego tomará su té. Verá cómo la reconforta.
Anonadada, me dejé arrastrar por ella. Me colgué de su brazo y sin dejar de mirarla para asegurarme de que no erraba, la seguí en su paseo, vuelta tras vuelta por mi inmensa habitación.
Parecíamos dos damas en un baile de alta sociedad, deambulando por los laterales de los salones como era costumbre, para ser vistas y admiradas.
Mi mano voló a mi antebrazo y se posó sobre la suya.
—¿Qué haces aquí? —susurré en un hilo que nadie más que ella podía escuchar.
—Mi padre me ha entregado como iniciada.
—Tu… ¿tu padre?
—El vizconde de Blackbury —recalcó dándome a entender los términos de la estafa—. Es un devoto seguidor de la logia. Unos pasos más, duquesa. Imagino que estará agotada, pero debe ejercitar esas piernas.
Tragué saliva. Atónita.
El vizconde de Blackbury no existía, claro.
Lady Helena infiltrada en el núcleo duro del enemigo de la Hermandad Real.
Convertida en diana por decisión de su propio padre.
¿Cómo había podido hacerlo, caer tan bajo?
¿Cuánto no estaría sufriendo por ello mi sensible Marianne?
Con razón ese empecinamiento de Allistair, que todos juzgábamos absurdo, con mantener a la muchacha aislada, lejos de la vida social.
Así nadie conocería su rostro, sería una joven anónima que, de ser necesario, podría hacer pasar por hija de cualquiera.
Aquello no había sido un plan improvisado, sino una estrategia concebida por el conde de Corset tiempo atrás. Era aberrante.
—Suficiente. —La voz alegre de lady Helena cortó de cuajo mis elucubraciones—. Mañana seguiremos con los ejercicios, no quiero que se canse. Y si me lo permite, le daré unas friegas con aceite de hierbas. ¿Tomamos ese té, excelencia?
—Ya no soy duquesa —la corregí con infinita tristeza—. Solo la viuda de lord Arthur Winley.
A eso, Helena no respondió. Sin embargo, pude leer el pesar en sus pupilas y el profundo deseo de consolarme, aunque no supiera cómo.
—Sigue teniendo porte de duquesa —me animó con una sonrisa—. Eso no hay vampiro que se lo robe. ¿Un emparedado?
Lady Helena se convirtió en una habitual.
En susurros me prometió que me ayudaría si accedía a seguir sus instrucciones.
Y confié en ella porque no tenía nadie más en quien confiar.
A sugerencia suya, domeñando mis ganas de asesinarlo, acepté tomar el té con Valent y dos semanas más tarde, una cena en la intimidad de su alcoba que, para mi sorpresa, sin ser contigua, no se ubicaba muy lejos de la mía.
—Debe ganarse su confianza —me había recomendado la joven.
El premio a mi cambio de actitud llegó sin retrasos.
Un buen día nos permitieron salir a pasear a los jardines de altísimas tapias.
Sin podérmelo creer, respiré hondo al aire libre y caminé entre flores del brazo de Helena, gracias a lo cual pude comprobar que nos encontrábamos en Londres.
En alguna zona cara, a juzgar por la ausencia de olores y de ruidos molestos, aunque dentro de la ciudad.
—Si se gana su confianza, bajarán la guardia.
Su consejo me retumbaba en la cabeza. Y no es que no fuese razonable, era que el hecho de que llevase aparejada la posibilidad de cualquier tipo de contacto con Valent St. Claire me repelía de tal manera, que me provocaba arcadas.
Poco a poco, no obstante, fuimos construyendo una base que a mí me pareció, en algunos puntos y espacios, sólida. Podía funcionar.
Valent St. Claire
Se iniciaba el milagro. Serena empezaba a aceptarme.
No admitir que desde que había consentido la intermediación de mi iniciada habíamos avanzado a pasos de gigante, sería de necios.
Ella solía tomarlo todo con una calma, o una frialdad que, a mí, dada mi natural vehemencia, se me resistía.
Encadenaba unas acciones con otras, aguardaba a que tras el movimiento de piezas sobre el tablero, se generase la consecuencia.
A continuación, recogía los frutos antes de volver a diseñar una nueva maniobra.
La suya era una mente brillante. El tipo de aliados que requería mi búsqueda de una nueva era para la Rosa Negra hasta convertirla en Casa. Si Helena no fuese tan solo una iniciada, una dadora de sangre a la que follar a lo salvaje y de la que alimentarme…
—Quítate la ropa y ven aquí —fue mi orden seca.
—¿Desea beberme, amo?
—Deseo hacerte mía. Y después de saciado, si me has hecho gozar adecuadamente, obtendrás un obsequio muy especial.
No le hizo falta esmerarse en exceso, Helena y su sorprendente cuerpo eran la panacea para cualquier macho hambriento.
Su descarado atrevimiento, su habilidad con las manos, la boca y el sexo sin perder aquel cándido halo de ingenuidad, tan atractivo, obraban maravillas en el ánimo de un caballero amante de la lascivia.
Así que después de sus bailes exóticos, después de hacer que se corriese una vez tras otra bajo mi peso y de experimentar en sus brazos el mayor placer de los últimos tiempos, le regalé un sorbo de mi sangre.