Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Serena de Bravery

Me devolvieron al cuarto, arrastrándome por el camino. Como si en lugar de una persona fuese un fardo de los que manipulan a tirones en los muelles de Londres.

No podía cortar aquel torrente de llanto y desesperación que no me permitía respirar y me empujaba al abismo. Al precipicio en el que ya me encontraba sumida.

Ahora sabía que Arthur estaba muerto.

Lo sabía en mis entrañas, con toda certeza.

Me tumbaron en la cama, en la denigrante posición de costumbre y me maniataron. Me dejé hacer sin rebelarme, preguntándome tan solo por qué razón no acababan de una vez con mi vida y con mi sufrimiento.

St. Claire no me había dirigido la palabra mientras duró el escarnio y la tortura de la pequeña Lia. Ni siquiera había intervenido, permitiendo que Bryen acaparara todo el protagonismo.

¿Era el duque quien ordenaba mantenerme viva? ¿Por alguna razón concreta?

A lo largo de mis muchas horas de aislamiento, me pregunté también qué habría sido de la desdichada muchacha, si finalmente habrían revocado la sentencia de muerte o los acuerdos y promesas no habían sido más que una pantomima barata.

Desde mi conversión, viviendo en Viena entre la aristocracia vampírica, había aprendido que los señores de la noche eran sanguinarios.

Disfrutaban con el dolor ajeno y apenas si sentían piedad.

Era inevitable que el paso del tiempo nos arrebatase la humanidad, aunque no a todos ni en la misma proporción.

Seguía habiendo gente buena por toda la eternidad, que no herían por placer ni por entretenimiento.

Arthur y yo aspirábamos a contarnos entre esos.

Queríamos inculcar principios de benevolencia y generosidad a nuestro hijo…

Ahora Arthur ya no estaba.

Noté el chasquido por debajo de las costillas, como si un pilar de hueso acabara de quebrarse. Sentí el dolor, profundo e insoportable. Invoqué a la muerte.

Luego deseé reunir fuerzas para seguir luchando.

Volvería a intentarlo. Escaparía del modo que fuera, aunque perdiese la vida en el intento, porque mi hijo me esperaba allí fuera, necesitado de mi protección.