Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Serena de Bravery

Días más tarde, no recordaría haber matado a nadie.

Solo fui vagamente consciente de haber aprovechado la única y penosa oportunidad que surgió casi de milagro, para escabullirme de la habitación donde me tenían cautiva, recorrer a ciegas pasillos, tramos de escaleras y corredores y, en lugar de buscar primeramente la salida como cualquier persona inteligente y cabal habría hecho en mi lugar, me resistí a aceptar que Arthur, en lugar de muerto no estuviera preso allí mismo, en alguna otra estancia, y me dediqué a buscarlo con frenesí.

Recorriendo aquella mansión, salas y más salas, como una sombra invisible.

Hasta que al final de un rellano, me acorralaron. Un grupo de, al menos, siete vampiros que debían de llevar rato buscándome forjaron un círculo cerrado a mi alrededor, que se fue apretando.

Y yo, en lugar de acobardarme y dejarme capturar, con el absurdo ímpetu de quien no tiene nada que perder, los embestí llevándome a varios de ellos por delante, mordiendo como una bestia salvaje a otros pocos, antes de que me golpearan la cabeza y me tirasen de bruces al suelo.

Al despertar, los recuerdos eran confusos.

Apenas recordaba nada en su orden y el dolor en la nuca me taladraba desde abajo, de una sien a la otra.

Estaba, cómo no, atada a mi cama, aunque no tardaron en aparecer dos guardias malencarados que, tras desatarme con muy poca delicadeza, me levantaron del colchón a tirones y me encadenaron las manos con una aleación de plata que chisporroteaba quemando al contacto con mi piel.

Después me empujaron sin consideración alguna hasta que crucé la alcoba completa y atravesé la puerta. Una vez fuera, cada uno de ellos se me colocó a un costado, agarrándome por los codos, instándome a caminar.

Con sus dedos de hierro clavados en mi carne. En los dos brazos.

Además de los guardas que me escoltaban, ahora la puerta de mi habitación estaba custodiada por otros dos centinelas, firmes cual estatuas.

Durante el trayecto, traté de pensar en cualquier cosa absurda con tal de distraer el martirio del dolor.

En Arthur.

Pensé en Arthur, en el sabor de sus dulces besos, en el amor infinito que le tenía, y en que cada puñado de horas que se consumía allí dentro me alejaba de la esperanza de encontrarlo.

Vivo o muerto. Me miré las manos esposadas delante, contra el regazo, tan inútiles como el resto de mí, y aguanté las lágrimas hasta que no pude más.

Llegamos a destino, una especie de torreta circular con un techo inalcanzable que se perdía en las alturas, y solo había derramado una lágrima.

Una.

Iba tan pendiente de registrar a todos los aristócratas que parecían haberse congregado allí, por si conocía a alguno, que pasé por alto lo más evidente: Lia.

Sujeta con cadenas de plata a una cruz en forma de X, completamente desnuda, frente a un ventanal enorme cubierto con gruesos cortinones de terciopelo, en línea recta. Sollozando a gritos desde su expresión de absoluto pánico.

Miré desconcertada alrededor.

A un lado y otro, tratando de identificar y de leer las caras, aunque ninguna me era familiar. La mayoría eran hombres, todos elegantemente vestidos como si en lugar de a una abominación, hubieran sido invitados a una lectura de sonetos.

Relativamente cerca de donde me habían colocado, distinguí a Valent St. Claire y…

A mi despreciable padre político.

Verlo me llevó a recordar nuestra breve entrevista al inicio, así como los retratos que había contemplado durante horas en Shadow Hall, que en ningún caso recordaban, ni de lejos, al venerable anciano que me suplicó ayuda en la cripta del que fue mi hogar.

Bryen era un caballero distinguido de indudable atractivo, cuya edad rondaría, todo lo más, los cuarenta años, envuelto, todo él, en un magnetismo innegable.

También reconocí el grueso sello de oro que portaba en el meñique.

La sangre se me congeló en las venas.

Se me paró el corazón.

Temí desvanecerme. Aquel dolor agudo, asfixiante, atravesándome el pecho. Sacudiéndome como un vendaval furioso.

Ver el anillo, el sello ducal que tan bien conocía en el dedo del antiguo duque fue para mí como recibir una puñalada en mitad del pecho. Sentí la punzada, la presión, el latigazo de un calvario insoportable.

Era la prueba irrefutable de que mi amor estaba muerto. Su propio padre se lo había arrebatado de la mano para volver a ponérselo. Le había robado la vida y también le había robado el título y la posición que tanto ambicionaba recuperar.

El mundo describió un delirante vuelco en torno a mi persona.

Me flaquearon las piernas, extravié las fuerzas, se me aflojó todo el cuerpo. El único motivo por el que no rodé por la piedra fue porque mis carceleros, tal que si presintieran que estaba a punto de desvanecerme, me agarraron bien fuerte antes.

Fueron unos segundos de auténtico caos, hasta ser consciente de que el círculo que formaba aquella gente se había dilatado reservándome un punto central del perímetro. Todas las pupilas malévolas fijas en mí.

Con una parsimonia desesperante, Bryan Winley abandonó su butaca y señaló a la horrorizada Lia, al tiempo que me acusaba con la mirada.

—Bienvenida, duquesa. Bienvenida a la ejecución.

Mis ojos volaron enloquecidos del rostro del viejo duque al de la doncella. Yo temblaba como una hoja a merced de la tempestad. Quise repetir la palabra «ejecución» en una pregunta, aunque de mi boca repentinamente seca no brotó ningún sonido.

—¿Lo ha entendido ya, querida? Usted comete el pecado, ella lo paga. Sencillo. Las faltas jamás quedan sin expiación, no lo olvide nunca.

—¡Nooo! —aullé— No, no, ¡nooo!

—En cuanto esas cortinas se muevan, nuestro amigo el sol se encargará de impartir justicia.

Por el timbre de su voz se traducía lo mucho que disfrutaba con su crueldad.

El resto de los presentes lo alentaban con sádicas sonrisas de aprobación y amagos de aplauso. Yo tenía lacias las extremidades y solo me mantenía en pie por efecto de mis guardianes.

—No, por favor, no lo haga, ¡no lo haga, se lo suplico! Ella no ha hecho nada…

—¡Se equivoca! —Bryen me señaló con el dedo estirado—. Fue una estúpida que la dejó salir cuando sabe que lo tenía prohibido. Como ve, se ha ganado a pulso morir abrasada lentamente.

Hizo una seña con el mentón y un criado colocó las manos en el borde de las cortinas, listo para tirar de ellas en cuanto se le indicase.

Me estremecí. Más bien fue una sacudida salvaje de pies a cabeza que emborronó mi visión convirtiéndolo todo en bultos difusos.

Desde su cruz del suplicio, Lia, que ya habría recibido más de una paliza antes de la sentencia final, lanzó un gemido lastimero interminable.

—Por favor… —Caí de rodillas—. Clemencia, ¡ruego clemencia!

El duque me ignoró. A su señal, las cortinas se plegaron y los rayos del sol, unidos en forma cónica se estamparon de lleno en el cuerpo de la pobre desdichada con la que reía y tomaba el té.

Lia soltó un alarido como salido del inframundo y el penetrante olor a carne quemada inundó mis fosas nasales.

—¡Por favor! —grité fuera de mí.

Bryen movió con elegancia una mano y la cortina volvió a cerrarse de inmediato.

—Un instante, señores. La duquesa quiere ofrecernos un trato. —Me miró con descaro—. ¿Le importaría a Su Gracia exponernos los términos?

—Haré lo que me pidan —me doblegué ahogada en llanto.

—¡No la oigo!

—Lo que me pidan. Haré lo que me pidan. —Sofoqué una arcada—. Me comportaré, obedeceré las órdenes. No volveré a intentar… Por favor…

—Por favor, ¿qué?

—Perdónenle la vida.