Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Serena de Bravery

Fue un acto de flaqueza, una muestra de humanidad que le duró escasos segundos.

Pero, en su concisión, dejó patente que, en ciertos aspectos, el gran conde era vulnerable. Supongo que no se perdonaría nunca haber dejado aquella brizna de él al descubierto, el agujero de inicio de su talón de Aquiles, menos aún, delante de una mujer.

Y, no obstante, pese a que esperaba en cualquier momento una reacción brusca y violenta, que se sacudiera el sentimentalismo de encima y se pusiera en pie de un salto, como un felino salvaje, que me atacara, incluso, para mi absoluto pasmo, no hizo nada.

Na. Da.

Permaneció allí, estático, en una posición tan humillante como deshonrosa, de rodillas con la frente pegada al borde de mi cama, tal que si rezase.

Fue superior a mis fuerzas.

—Aléjese de mí. No soporto verlo.

Nada.

—¡Márchese, le digo!

Todo lo hizo muy rápido.

Por fin llegó el huracán que llevaba rato temiendo y que no se dejaba ver: la vibración del aire, su movimiento veloz, la mirada turbadora y asesina, promesa de horribles tormentos. Me miró un instante, amenazador desde su altura, y salió por la puerta sin despegar los labios. Ni un reproche.

Tardé tres días en ver de nuevo un ser viviente.

Si es que a los vampiros podía calificárseles de ese modo.

Atada a la cama, en completa soledad.

No negaré que más de una vez, el deseo de una visita me cruzó por la mente.

Lo deseché al instante, claro está. La simple idea de echar de menos su presencia, el mero hecho de haberme excitado con sus exhibiciones de macho todopoderoso, constituían una traición a la pureza del amor que sentía por Arthur.

Me dolía tanto el corazón. El pecho, el cuerpo entero. Mi alma inmortal.

Lia entró en mi dormitorio-celda sin llamar y, para entonces, me había acostumbrado tanto al aislamiento que no reaccioné. Ni bien ni mal. Mis pupilas no se despegaron de los dibujos en las alturas, mi respiración no se alteró, ni un solo nervio en mi cuerpo acusó su llegada.

—¿Se encuentra bien, duquesa? —Ella rompió el silencio—. Han sido varios días sin verla.

—Supongo —balbuceé con un hilo de voz sin fuerza.

Entonces vino hasta mí y soltó las correas. Mis tobillos y muñecas entumecidos se quejaron con una larga punzada. Seguí petrificada en la misma postura.

A Lia no pareció importarle. Se la veía tan jovial como siempre, encantada en su papel de servicial doncella; hasta los ojos le brillaban.

—¿Tomamos el té, duquesa?

La rabia se arremolinó en mis tripas, formando espirales endemoniadas.

Y de repente, un plan peregrino, atropellado y probablemente imposible, tomó forma en mi cabeza.

No es que las cosas no pudieran empeorar si mi temeraria salida fallaba; sin embargo, ¿qué otra opción tenía?

¿Quedarme allí maniatada y encerrada el resto de mi vida o hasta que se agotasen mis fuerzas y me rindiera ante lord St. Claire?

Antes muerta con una estaca en mitad del pecho.

Vista mi falta de entusiasmo, Lia ya había dispuesto el servicio de té. La miré con un suspiro, me incorporé a medias. Notando dolores y calambres en cada músculo agarrotado.

—De acuerdo. Tomaremos ese té. Mentiría de decir que no te he echado de menos.

El cumplido la contentó, los ojos castaños soltaron un destello.

—Me han permitido traer esos pastelitos de limón que usted adora.

—¿Qué más cosas te han permitido, Lia? —Ocupé mi silla y capturé el pastel de mayor tamaño. Necesitaba energía rápida.

—¿A qué se refiere, excelencia?

—A tus rutinas, a tu margen de libertad. ¿Qué haces durante el día? ¿Sales del edificio? ¿Tienes joyas y bonitos vestidos?

La luz que resplandecía en sus pálidas mejillas se apagó de pronto.

—Bueno, lo cierto es que las iniciadas llevamos una existencia pacífica. Muy poco excitante, salvo cuando el amo nos llama para servirle.

—Entiendo. ¿Te gustaría probarte uno de mis trajes?

Aquella luz casi infantil volvió de golpe.

—El ofrecimiento es… ¿en serio?

—Desde luego que sí. Será divertido ver cómo te quedan. Y las joyas. Tengo un cofre lleno de ellas…

Con total naturalidad, para ver cómo reaccionaba, abandoné la mesa y fui hasta el mueble alto donde descansaba la adornada cajita metálica, regalo de Valent. Lia no hizo el menor intento de detenerme. Coloqué el joyero en mitad de la mesa y lo abrí.

El contenido centelleó hipnótico. Lia se llevó las manos a la cara.

—¡Oh! ¡Son espléndidas!

—Escoge un collar, el que te parezca más hermoso. Yo elegiré un vestido que combine a la perfección. Podemos jugar a tomar este mismo té vestidas de damas…

Volví a levantarme. Reproduje paso por paso la secuencia de antes, con idénticos resultados en cuanto a mi libertad, solo que, en esta ocasión, Lia ni me miraba.

Toda su encandilada atención estaba concentrada en las maravillosas joyas que sacaba, rozaba con la yema de los dedos y contemplaba con embeleso.

Aunque fingí distanciarme en dirección al armario, enseguida volví sobre mi avance con un jarrón vacío en las manos, que en su día había contenido flores y que, una vez muertas estas, nadie retiró.

Me coloqué a espaldas de la muchacha, rogando su perdón para mis adentros, y se lo estampé con furia en la cabeza mientras me encogía, dudando que fuera suficiente.

Por fortuna, Lia se desplomó como un fardo con el collar de diamantes que admiraba, enredado entre los dedos.

Perdí medio segundo conteniendo el aliento, observando el resultado de mi fechoría. Me habría entretenido en verificar su buen estado de salud de haber dispuesto de tiempo para malgastar.

No lo tenía.

Descubrí el cerrojo de la puerta y me lancé al pasillo, descalza y en camisón, como iba, desesperada por hallar cuanto antes una vía de escape.

Fuera de mi alcoba, el edificio, donde quiera que estuviese, seguía teniendo aspecto de mansión corriente.

Los corredores anchos, con suelos cubiertos de gruesas alfombras y paredes forradas de madera noble y retratos hermosos.

Apenas si entraba luz por los angostos ventanales y cada treinta o cuarenta pasos, distinguí aparadores de palisandro idénticos entre sí, que sustentaban candelabros encendidos.

Me deslicé sin rumbo, de puntillas, sin hacer el menor ruido.

Pegada a la pared como si quisiera fundirme con el material que la forraba.

En un momento dado, advertí la presencia de lacayos cargados con bandejas de los que tuve que ocultarme.

Y al atravesar un pasadizo especialmente angosto, me pareció escuchar el sonido de cascos de caballos y el ruido cotidiano de los carruajes sobre los adoquines de las calles.

Era posible que no hubiésemos abandonado Londres.

Y entonces, justo cuando empezaba a renacer una tímida llama de esperanza que hasta entonces no me había atrevido a alimentar, sucedió.