Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Serena de Bravery

Ella sonrió con dulzura y se concentró en colmar las tazas sin ninguna prisa antes de responderme.

—Soy una iniciada, milady.

—¿Una dadora de sangre? —me atreví a indagar.

—Entre otras cosas. Mi familia me pone a disposición de la logia para iniciarme en el universo de la obediencia y los placeres. Y como dadora de sangre, es un privilegio poder servir al amo asignado.

Me entregó la taza, con aquella sonrisa amplia y curva, envuelta en candor.

—¿Un pastelillo?

Ni siquiera supe qué responder. Ella apartó un par en un platito y me lo acercó para que comiera, si ese era mi deseo.

Yo miraba su paz, su semblante en calma, y no podía apartar de mi mente las aberraciones a las que Valent St. Claire la había sometido en mi presencia, lo que me causó un escalofrío.

—Tú… ¿tú eres feliz con esta situación?

—Muy dichosa, milady —replicó sin atisbo de duda.

Pestañeé perpleja.

—El amo es tan viril. Y las noches que somos llamadas a su presencia, aquí o en sus aposentos, nos da placer sin límite. Lady Helena y yo hemos sido increíblemente afortunadas.

—¿Lady Helena?

—Helena de Blackbury. Es mi compañera iniciada, llegamos el mismo día.

Vaya. Así que St. Claire tenía otro juguetito que de momento no me había permitido ver.

—¿Dónde estamos?

Lia me miró con inocencia y ensanchó la sonrisa. Ni era tan ingenua como quería aparentar ni iba a ser tan sencillo seguir sonsacándole información. A la vista quedaba que sabía bien qué decir y qué callar, sin perder su aire ingenuo.

—Estamos en la Rosa Negra —afirmé tajante, como si ya lo supiera sin necesidad de confirmaciones.

Lia no movió un músculo del rostro. Aunque tampoco lo negó.

—Futura Casa de gobierno, conforme a los deseos del amo —informó pasados unos instantes que se me hicieron eternos.

—¿Por qué no te han entregado tus padres a la Hermandad Real? ¿Saben que la Rosa Negra está proscrita? ¿Que nunca será una Casa?

La jovencita se encogió de hombros.

—Muchas familias en Londres empiezan a preferir otra opción que no sea lo de siempre.

¿En serio? ¿Un atisbo de insurrección? Acaso se estaba fraguando una revuelta en las mismas narices de la Hermandad Real, la Casa de gobierno oficial, ¿sin que sus miembros se percataran?

—Algunos consideran que no debería haber una sola Casa a la que obedecer —agregó con delicadeza.

Me mordí el carrillo desde dentro, pensativa.

Lo que acababa de escuchar coincidía con las preocupaciones que últimamente desvelaban a Arthur.

También se lo había oído comentar a lord Corset: que la Rosa Negra, la logia rival, crecía, sumaba adeptos y empezaba a convertirse en un contrincante peligroso al que tener en cuenta y poner freno cuanto antes.

De repente me estiré en su dirección y le cogí una mano.

—¿Te molestaría ser mi amiga? Aquí me siento terriblemente sola —rogué en un lamento que tenía mucho de sincero.

Ella recuperó la movilidad perdida.

—Creo que por eso me han asignado a su cuidado, excelencia. Quedo a su entera disposición. Para lo que guste y cuando me necesite.

La visita que recibí a continuación, de Valent con su iniciada, vino precedida de la colocación en el suelo de una gruesa alfombra. A mí habían vuelto a atarme a la cama, aunque desde donde me encontraba, el ángulo de visión hasta aquel recuadro color carmesí era perfecto.

Cuando Lia entró, pisándole los talones al conde, me miró y me dedicó una sonrisa amable a modo de saludo. Una novedad que me calentó el corazón.

No obstante, su atención no tardó en centrarse en él y solo en él, que con un gesto le ordenó que se desnudara y se tumbase en la alfombra. Lia miraba a St. Claire con una devoción que me revolvía el estómago.

Enseguida dio comienzo el festín de desenfreno.

Con solo apoyar de forma suave las palmas en las rodillas femeninas, logró que la muchacha abriera las piernas.

Libre el camino, los largos dedos de Valent abrieron su sexo, separando sus labios como quien horada los pétalos de una flor de terciopelo.

Y antes de que yo pudiera soltar el resto del aire que tenía retenido en los pulmones, enterró la boca en aquel triángulo, bien a mi vista, y lo devoró.

Con un salvajismo como para temblar de pavor.

Dejó claro que su lengua exigente había pactado no conceder tregua a los gemidos de Lia.

Vi a la muchacha que tomaba té en mi compañía retorcerse de placer sobre la alfombra.

Estremecida ante las embestidas de aquella boca feroz que la condujo al éxtasis tres veces seguidas con una pasión que, más que impetuosa, era brutal.

Mi duque me había arrastrado al cúmulo del placer con su lengua en incontables ocasiones. Sin embargo, jamás lo habría calificado como bravío o indómito. Mientras mi amor era dulce y complaciente, al conde le faltaba un parpadeo para actuar a puro mordisco.

Una cualidad que parecía satisfacer en extremo a su ocasional amante.

Cuando él se apartó y la empaló de un solo empujón, penetrándola hasta el fondo, la muchacha todavía temblaba sin recuperarse tras el tercer orgasmo. Dos, tres acometidas, sujetándola con ambas manos por las crestas de las caderas y los glúteos, y los dos gruñeron de satisfacción al derramarse.

Milord no se tomó un respiro.

Al contrario, se incorporó de un salto, tomó en sus brazos a la lánguida joven, desmadejada tras los intensos clímax y, sin molestarse en cubrir su desnudez con tela alguna, salió por la puerta dejándome sola.

Tragué saliva, forzándome a no separar las pupilas del techo. El corazón me latía desaforado, el pecho subiendo y bajando en una demente carrera a ninguna parte.

Estaba excitada. Inexplicable e indecorosamente excitada.

De no haber estado atada, me habría tocado hasta correrme.

Aquel aristócrata me parecía repugnante y, pese a ello, si cerraba los ojos solo lo veía a él.

Desnudo, con la blanca y perfecta piel brillando bajo una fina capa de sudor, sujetando el cuerpo de Lia, el rostro congestionado por los ramalazos de placer que lo atravesaban como puñaladas.

Oía sus bufidos roncos al correrse. Su pelo largo y oscuro, enmarcándole la cara con mechones húmedos, haciendo de su imagen algo todavía más turbio y deseable.

Grité de frustración.

Tiré de los brazos, de las piernas. Noté el arrastre y el punzante roce de las correas sobre la piel expuesta. El dolor físico y el emocional mezclándose para hacerme añicos.

La desesperación.

Seguramente no había transcurrido ni hora y media, y Valent apareció de nuevo.

Venía suntuosamente vestido, de negro con bordados en hilo de oro, pantalón ajustado y botas altas.

En las manos, un pequeño cofre que me mostró ilusionado cuando, sin pedir permiso, se sentó directamente sobre mi colchón, ocupando un lateral de la cama.

—Le he traído un obsequio.

Por descontado, no lo miré.

—No lo quiero —me sorprendí farfullando, cuando me había prometido no articular palabra.

—Vamos, duquesa, seguro que de niña recibió una educación exquisita, no sea descortés.

—No quiero nada suyo. Nada, salvo la libertad.

Chasqueó la lengua con actitud burlesca.

—Me temo que eso no podré concedérselo. A cambio, hemos llenado su armario de trajes hermosos y tiene una amiga. Puede vestirse, lucir estas joyas, charlar de esas cosas sensibles de las que charlan las damas.

—Y cuando acabe la jornada, me colocarán de nuevo el camisón y me esposarán al lecho. ¿No es así?

—Todo podría ser más sencillo, Serena. Con solo que usted pusiera un poco de voluntad. Seguramente todavía no está preparada, aunque lo estará con el tiempo. No le quepa duda de que lo estará. Y como el caballero que usted siempre adivinó que era… esperaré. Ambos esperaremos.

Iba a espetarle que alimentaba unas expectativas tan ridículas como irreales. Sin

embargo, preferí ignorarlo, castigarlo con mi indiferencia, pegando la vista a la pared. Él se levantó a dejar el cofrecito en el tocador y regresó, sin perder el buen talante. Me sorprendió que no hubiese insistido en mostrarme las joyas, para poder negarme a mirarlas.

Se quedó allí. En silencio, solo observándome con fijeza.

Se me secó la garganta. Se me disparó el pulso. Iba a ocurrir algo.

Noté el tacto de su palma sobre el tejido del camisón, replegándolo desde mis tobillos, muy despacio, hasta alcanzar la altura de las rodillas. Un pequeño giro de muñeca y la enorme mano se introdujo entre mis muslos, asolando la cara interna, palpando con mimo la aterciopelada piel.

Me encogí de miedo, convencida de que llegaría hasta mi sexo. Me puse a temblar. Ya podía sentir sus dedos entrando en mí, enterrados en mis entrañas. Y luego…

Se detuvo a escasas pulgadas de mi abertura.

Sin violentarme. Sin abordarme más allá de la línea límite. Aguardó unos segundos y, acto seguido, para mi total desconcierto, retiró la caricia, la mano, el brazo, y cayó de rodillas junto a mi cama.

Estaba…

No podía ser.

A su modo peculiar, incomprensible y desconcertante, Valent St. Claire estaba…

¿Estaba suplicando?