Capítulo 18
Valent St. Claire
El jadeo entrecortado de la pelirroja me devolvió a la realidad.
El jugueteo distraído de mis dedos con su clítoris sensible e hinchado la habían hecho correrse mientras yo pensaba en otra dama. Qué fantasía.
La tomé por la cintura y la coloqué en el lecho, bocarriba, sin demasiados miramientos.
El dulce néctar de la sangre que minutos antes me había ofrecido ya circulaba por mi sistema como un rayo de enloquecedora vitalidad, que estimuló y activó cada músculo de mi cuerpo.
Que multiplicó por tres la capacidad de percepción de mis fibras nerviosas y me hizo inclinarme, mucho más dispuesto, a la lujuria.
Me coloqué de rodillas sobre el colchón, con la cadera a la altura de su cabeza y la insté a abrir la boca y a engullirme. Cuando metí la verga en aquella cavidad cálida y tan húmeda, un espasmo de placer me recorrió la espina dorsal con la efectividad de una garra afilada.
—Chupa.
No habría hecho falta ordenárselo. Molesta y todo, la lengua de Helena ya se paseaba por mi abertura tersa y me inspeccionaba sin timidez parte del tronco.
Una succión larga e impecable que me hizo estremecer y endurecerme aún más, un suave roce con el borde de los dientes contra mi frenillo y a continuación, su garganta que se dilataba y se abría para acogerme casi entero.
Bombeé dentro de su boca. Despacio primero, con más brío a continuación. Cerré los ojos e imaginé que aquel túnel placentero era el coño de Serena, palpitante y lubricado, deseando guarecerme. La sensación fue indescriptible.
Helena sería una muchachita sin experiencia con los hombres, mas no me atrevería a poner en duda sus muchas cualidades.
El sexo oral se le daba de maravilla, como a toda una profesional experimentada.
A diferencia de la aristocracia humana, entre los nobles vampíricos, el que las jóvenes presumieran de habilidades sensuales incrementaba su valor como futuras esposas y todos éramos, digamos, propensos a entregarnos sin reparo a bacanales y orgías en cualquier fiesta, por inocente que en un principio pareciera la reunión.
Me corrí entre sus labios, aunque cuando saqué la polla, continuaba duro.
Y como por nada del mundo quería perder aquella ridícula ilusión que yo mismo había creado de estar poseyendo a la duquesa, nada más terminar, tomé el esbelto cuerpo de Helena y lo giré para ponerla de cara al lecho, y asaltarla desde atrás.
Solo su espesa mata de pelo rojo me distraía.
Serena tenía el cabello negro como una noche sin estrellas. Esa era la diferencia.
Para mi total sorpresa, no supuso una traba a mi goce. Introduje una mano bajo el pubis de mi iniciada, alcé su cadera y me encajé en su interior desde mi posición, usando el dedo corazón de esa misma mano para frotar su clítoris, dibujando círculos hasta que la oí gritar.
Entonces, me dejé ir por segunda vez.
Luego le ordené cargar con el orinal y la despaché como si sus virtudes fueran nada, y ella una simple molestia.
Serena de Bravery
El conde regresó en varias ocasiones con su iniciada, a satisfacer sus instintos más salvajes conmigo como testigo y, pese a mis esfuerzos sobrehumanos por mantenerme impasible, cada vez me costaba más no lanzar una ojeada furtiva a aquella danza carnal que ambos protagonizaban, tan provocativa como hermosa.
Porque sí, St. Claire era un animal hermoso.
Con una verga magnífica.
Nunca sabía cuándo vendría. Las visitas eran inesperadas y caprichosas y, muy a mi pesar, me sorprendí deseando verlo aparecer, echando de menos la representación y atenciones que me dedicaba, si no venía.
Sin embargo, aquella noche, cuando la iniciada abandonó mi alcoba y él trató de aproximarse, puede que con intención de intimar, hasta el último nervio en mi ser se tensó para activar el rechazo más absoluto.
—No se atreva a ponerme una mano encima —lo amenacé con los dientes apretados, consciente de mi nulo poder, pero prefiriendo la muerte a pertenecerle.
Su mano se detuvo a una pulgada sobre la curva de mi cintura, si bien, no la retiró.
—Es usted un canalla indigno sin integridad.
—Soy un vampiro, querida duquesa. Quizá lleva usted demasiado poco tiempo en este mundo nuestro. ¿Qué esperaba?
—Debería hacer honor a su título, también es aristócrata, parece que lo olvida.
Recogió el brazo y esbozó una alegre sonrisa.
—Por lo que veo, milady, su estado de catatonia ha llegado a su fin, recuperó las ganas de pelear, no sabe cuánto lo celebro.
Yo misma fui consciente de que tenía razón y, desde luego, por el tuétano de mis huesos que no iba a dársela. De modo que volví a mi parálisis, mi mutismo y a mi mirada vacía clavada en el techo.
St. Claire arrugó el entrecejo con disgusto.
—Vaya. Una duración en extremo limitada. Probaremos en otro momento.
Dio media vuelta, como si mi repulsión no lo hubiese ofendido y en la estancia contigua lo esperase una gran fiesta y, sin despedirse, abrió la puerta de mi alcoba y se marchó.
Me invadió la certeza de que todo aquel suplicio, aquel temible gota a gota diario y eterno, no podía acabar más que volviéndome yo loca.
Que fuera cuanto antes. Al menos me reuniría con mi Arthur.
No.
Soley. Nuestro hijo. Me necesitaba.
Estaba empezando a plantearme como última vía la arriesgada estrategia de permitir al conde acercarse, ganarme su confianza y hallar el modo de huir, cuando la puerta que comunicaba con el corredor volvió a abrirse y apareció la iniciada con la que Valent había gozado y hecho lo que le había venido en gana solo un rato antes, ahora vestida como una doncella normal de casa noble; portando una bandeja grande con un servicio de té y la mejor de sus sonrisas.
¡Cielos!
Me recordó tanto a Betsy, que se me llenaron los ojos de lágrimas.
La muchacha depositó la bandeja en la mesita auxiliar, se acercó a la cama y, muy despacio y diligente, desabrochó las correas que me maniataban.
—El amo le envía este presente.
¿El té? ¿La libertad de movimientos? ¿Ambas cosas?
—Té de sangre —aclaró como si me hubiera leído el pensamiento—. Para que recuerde su pasado como noble humana y recupere las buenas costumbres.
—Gracias —musité titubeante.
No tenía nada en contra de aquella chiquilla. Todo lo contrario, mi cerebro y mi ánimo precisaban con urgencia de un poco de cercanía y afecto, un rato de charla intrascendente, cualquier cosa que interrumpiera aquella perpetua sensación de peligro inminente y muerte al acecho.
Me froté las muñecas erosionadas por mis intentos de soltarme, y terminé sentada en la cama como una enferma terminal que por primera vez se incorpora y lo mira todo con miedo. Observé que en la bandeja reposaban dos tazas.
—¿Me acompañas?
—Si milady lo desea, será un placer.
—¿Cómo te llamas?
—Lia, excelencia.
—Lia. ¿Querida, qué haces aquí con ellos?