Capítulo 17
Valent St. Claire
Condenada Serena de Bravery, cada vez más hondo dentro de mi cabeza, y cada vez más inalcanzable.
La primera de mis obsesiones. La peor y más indómita.
Si no podía tener su alma, poseería su cuerpo. Y el alma vendría después, con el tiempo, directa a mis manos. Si se negaba a entregarme su corazón, estaba dispuesto a provocarla en sus aspectos más carnales. Pulsar la tecla del deseo y atraerla con lujuria hasta el borde mismo del precipicio.
Una vez cayera, solo yo podría salvarla de la destrucción total.
Fornicar con Lia en su presencia fue un juego en extremo divertido que pensaba repetir cuanto hiciera falta.
Sabía que la refinada duquesa era una mujer fogosa, podía oler su excitación de vampira joven. No era inmune al espectáculo y, sin embargo, era placentero verla luchar consigo misma, controlarse y acallar su sangre cada vez más caldeada, aparentando indiferencia y hasta repulsa.
La tragedia, mi tragedia , era que, mientras hundía la verga en las entrañas de mi iniciada, en lo que realmente pensaba era en penetrarla a ella.
En Serena se concentraban todos mis deseos y mi excitación.
Y poseer a Lia sabiendo que ella era testigo, por más que su actitud impasible quisiera hacernos creer que no tomaba buena nota de lo que iba sucediendo, tan cerca que casi habría podido tocarnos, me había excitado lo indecible.
Con ese arsenal de sensaciones, regresé a mi alcoba todavía más descentrado de lo que me había ido.
Hirviendo como una caldera del Great Western Railway antes del amanecer, pese a haber fornicado hacía nada, aunque determinado a llevar a cabo mi plan paso por paso, por más que conservar viva la paciencia me costase la piel.
Un plan que incluía, como primer punto, respeto absoluto a la duquesa, manteniendo un complicado pulso con el viejo Winley, que la miraba con recelo y bastante odio, y deseaba verla desaparecer.
Me serví una copa de vino de sangre y mandé llamar a Helena. La iniciada respondona e insumisa. Mi juguete más entretenido de las últimas jornadas… si exceptuábamos a mi obsesión.
Me gustaba aquella muchacha a la que parecía no gustarle yo.
Las iniciadas eran jóvenes vírgenes ofrecidas por sus propias familias afines a la Hermandad Real, como dadoras de sangre y para que se estrenaran en las artes amatorias al más alto nivel.
Al crear la logia de la Rosa Negra, Bryen Winley también había importado tan placentera y satisfactoria práctica.
Dado que la Rosa Negra iba extendiendo sus tentáculos por Londres y el resto de Inglaterra a pavorosa velocidad, ya disponíamos de nuestras propias iniciadas.
Todo un privilegio.
Por lo general, las muchachas se sometían, aunque ni en el fondo ni en la superficie estuviesen de acuerdo con una dádiva de sus familias que afectaba directamente a sus cuerpos.
Se rendían al hecho de que una joven casadera de alta alcurnia no disponía de voz ni de voto y que una negativa habría supuesto una mancha inadmisible en la reputación de su apellido.
Helena no era una excepción, aunque en ella, el desagrado era ofensivamente obvio, se le salía por los ojos.
Lo cual me complacía sobremanera. Mucho más divertido.
Por eso le había encargado las tareas más bajas y humillantes posibles: la limpieza de mi alcoba, el cuidado de mis ropas y el vaciado de los orinales.
Una muchachita virginal, inexperta y rebelde como el diablo, que mordía con saña sus ganas de sublevarse para no recibir un castigo, sin imaginar que yo podía palpar su enojo mezclado con el olor de su piel.
—¿Ha llamado, amo?
Su voz tenue me sacó del ensimismamiento.
No me moví del butacón apostado junto a la ventana donde me bebía el vino, y desde allí, la repasé.
Vestía la túnica semitransparente de los encuentros, blanca, arremolinada sobre sus pies descalzos, y al cuello, el collar de sometimiento que solíamos vincular a una correa, a modo de rienda, para usar si se ponían díscolas.
—Aquí me tiene —agregó sin aguardar a que le respondiera.
—Acércate.
Lo hizo a regañadientes, aunque disimulando su contrariedad, y me tendió el brazo para que mordiera su muñeca, como había hecho otras veces, y succionara. Me puse en pie de un salto, con tanta velocidad, que Helena respingó asustada.
Una de mis manos se ancló en su nuca. Con la otra la tomé por la barbilla y la mandíbula y la obligué a girar la cabeza en dirección al ventanal. Su largo cuello de nieve quedó expuesto, no me pensé dos veces atravesar la fina carne con los colmillos y chupar cuanto quise, hasta saciarme.
Notando cómo a ella le temblaban las piernas y se le endurecían los pezones.
Necesitaba sexo, sangre, magia para compensar mi ausencia de éxito con Serena, para mitigar mi frustración al no conseguirla. Y Helena se me antojaba un dulce y perfecto reemplazo.
Di un paso atrás.
Se veía diminuta y delicada, como una florecilla silvestre contra mi envergadura de casi seis pies y medio.
—Ven aquí.
De un solo tirón le arranqué la túnica y el collar y los dejé caer al suelo.
Aquel ángel de piel de nácar tenía una silueta formidable.
Unos pechos llenos y rotundos de rosados pezones, un vientre liso horadado por un ombligo delicioso y las mejores piernas que había visto en mucho tiempo.
Verla desnuda despertaba mis dragones dormidos y llenaba mi polla de vigor.
Cuando me acerqué a besarla, ya estaba erecto a tal punto que resultaba doloroso.
La atrapé por la melena, roja como el fuego y la obligué a mirar al techo mientras yo hundía la boca entre sus pechos y me deleitaba mordisqueando las preciosas puntas de sus senos. El aroma que desprendía gozaba de espectacular potencia y en él destacaba la nota almizclada de la excitación sexual.
Bajé la mano derecha, la colé en su entrepierna e introduje dos dedos en su sexo, sin pedir permiso y sin titubear.
Lo encontré mojado y palpitante. Deseoso de ser conquistado.
¿Entonces?
Aquella niña me anhelaba, pedía a gritos sin palabras un encuentro carnal, y sin embargo…
—¿En qué consiste la lucha que traen en el interior esos ojos? —le pregunté en un murmullo ronco, cerca de su oreja, sin soltarle el pelo, encantado de ver la respuesta de su piel erizada al cosquilleo de mi aliento.
—No sé a qué os referís, amo.
—Me deseas. Al tiempo que te odias por desearme.
Ojalá a Serena terminase ocurriéndole lo mismo.
Era lo que perseguía obligándola a presenciar mis devaneos eróticos con mujeres que no eran ella.
A mí me daba igual si se detestaba por sentir atracción hacia otro hombre que no fuera su difunto marido.
No quería que sufriera, aunque algunos aspectos de aquel proceso resultaban inevitables.
Con el tiempo, los remordimientos y la sensación de culpa, de deslealtad hacia el duque desaparecerían y solo quedaría lo que sintiera por mí.
Un día no muy lejano, Serena Fairhaven me suplicaría que la tocara.
Que la hiciera mía.
De momento, y hasta que ese instante prodigioso llegase, podía concentrarme en mis iniciadas.