Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Serena de Bravery

Creo que pasó una semana completa.

No podría afirmarlo, no tenía modo de contabilizar el tiempo.

Allí encerrada, atada a la cama, no distinguía el día de la noche, dormitaba y me despertaba a ratos con escasa conciencia de la realidad, era posible que hubiesen transcurrido algunas jornadas más.

El avance de los amaneceres y los crepúsculos solo verificaban el anuncio de la muerte de mi esposo.

Porque de estar vivo, Arthur ya habría irrumpido en aquel edificio, fuera el que fuese, derribando puertas y paredes con tal de rescatarme.

Bryen no seguiría respirando si su hijo aún viviera.

Otra vez la aguda punzada lacerándome el pecho. Otra vez el ramalazo de dolor profundo que me doblaba en dos y me impedía respirar. Las náuseas.

Cada vez que lo pensaba.

De nuevo el veneno efervescente me subía desde las entrañas a la lengua, a manifestarse en forma de gritos, aullidos y maldiciones a los que mis captores habían acabado acostumbrándose.

No obstante, por dentro me iba fortificando. Fingía debilidad y devastación, si bien, el deseo de venganza era tan irreprimible y mortífero que ayudaba a la recuperación.

Ese día, fuera la hora que fuese, la habitación estaba muy en penumbras.

El espacio era amplio y solo habían dejado dos candelabros encendidos como fuente de luz.

No era que me importara, pasaba la mayor parte del tiempo mirando al techo, contando las volutas del artesonado.

De extremo a extremo y vuelta a empezar.

Sí me sorprendió que Valent St. Claire irrumpiera de repente en la alcoba, vestido únicamente con unos pantalones oscuros y un batín de seda negra, dejando al descubierto un torso indescriptible y perfecto, seguido por una muchacha cubierta con una túnica semitransparente bajo la que se adivinaba su completa desnudez, y un collar de correa idéntico al que se usaba para sujetar a las bestias de caza, alrededor del cuello.

—Saludos, duquesa —bisbiseó sin lograr que yo replicara. Miró de soslayo a la joven que acababa de cerrar la puerta—. Tú, ven aquí.

Era bonita y parecía inocente. Con el cabello claro y unos enormes ojos castaños abiertos y sorprendidos. Cuando Valent empezó a tocarla por encima de la tela de la túnica, me obligué a no mirar.

¿Tenía pensado el miserable follársela allí, delante de mí?

Conforme se desataba su insolencia, me quedó claro que sí.

Ya le había sacado la liviana túnica por encima de la cabeza, se había colocado a espaldas de la muchacha y con las manos le amasaba desde atrás los pechos con lascivia.

Mirándome a mí.

Sus ojos pendientes de mí.

Su boca pecaminosa recorrió la sien de la joven y bajó hasta su oreja.

Se la acarició con la punta de la nariz primero, como si la olfateara, y enseguida con los labios y los dientes.

A pequeños mordisquitos juguetones que se fueron desatando, haciéndose más salvajes.

La chica se estremeció de pies a cabeza y soltó un suave gemido entrecortado.

Yo no quería mirar, lo juro, pero aquel condenado hombre era hipnótico.

Tanto él en sí, como todo lo que hacía. Los ruidos roncos y los gruñidos que generaba conforme se le encendía la sangre y se iba abandonando.

—No quiero que te aburras, duquesa. Supongo que llevas demasiado tiempo sin compañía ni distracciones. No pienso consentirlo, hay que ponerle remedio cuanto antes.

Clavé las pupilas en el techo. Bien lejos de ellos, aunque siguiera escuchando sus indecorosos intercambios. Los suspiros de la muchacha, cada vez más cerca del primer éxtasis, con las evidentemente habilidosas manos de Valent trasteando entre sus muslos.

Lo último que vi fueron sus largos dedos entrando en ella. La muchacha se arqueó como la cuerda del arco de un violín y dejó escapar un largo jadeo de placer que se apagó sin que yo despegara los ojos de una moldura en forma de helecho justo en la esquina.

Siguieron moviéndose y resollando, y yo me mantuve firme en mi parálisis.

En un instante en que me flaqueó la voluntad y miré de reojo, la tenía inclinada sobre el respaldo de un sofá, cogida del pelo, enrollado en su puño a modo de coleta, y la penetraba desde atrás con fuertes embestidas.

Ella no parecía estar sufriendo, precisamente.

Se me revolvió el estómago. Ojalá se marchasen ya. Ya mismo. Enseguida.

Giré la cabeza y volví a concentrarme en las tallas de madera de la techumbre. En su tamaño, sus curvas, en sus abigarradas formas. Con el corazón al galope.

Sintiendo una indescriptible repulsión por la escena que me obligaban a presenciar y al tiempo, y de una forma que era incapaz de explicar, una tensión en el vientre que estaba volviéndome loca.

Repugnancia y excitación mezclados.

¿Tenía algún sentido?

¿Acaso lo tenía seguir viviendo sin Arthur?

No. Seguramente estaba condenada a perder la cabeza. No obstante, mi hijo me necesitaba. Solo le quedaba yo. Sería su escudo protector. Su muralla defensora.

Antes tenía que escapar.

La presión de aquel torbellino de ideas complejas, contradictorias, embrolladas, se asentó en mis sienes y sentí una punzada de aflicción que me alcanzó la nuca.

Cerré bien los ojos, apreté los párpados y conseguí resistir, con los puños pegados a los costados, rígida como una tabla de madera, luchando por aislarme de lo que estaba ocurriendo a solo unos pies de distancia, hasta que Valent St. Claire se cansó de retozar con su esclava y decidió dejarme tranquila.

La sinfonía de gritos de complacencia y deleite con la que la muchacha me había aturdido cesó de forma inmediata. Como si su cuerpo dispusiera de un resorte capaz de anular en medio segundo sus emociones.

—Hasta pronto, duquesa —se despidió el conde con su insinuante voz masculina—, ha sido todo un placer.

Por supuesto, no respondí.

Aguardé paciente a que la puerta que acababa de abrirse se cerrara de nuevo y reinase el silencio. El silencio que antes tanto me había mortificado, ahora me resultaba curativo. Una suerte de refugio en el que podía pararme a pensar en cómo huir de allí.

Y eso que ni siquiera sabía dónde me encontraba.

La siguiente visita donde milord repitió sus escarceos amorosos frente a mí como testigo llegó muy pronto. Solo dos días más tarde.

Parecía muy ansioso por, ¿provocarme? ¿Estimular alguna parte oscura de mi ser que yo mantenía a buen recaudo? ¿Corromper mi alma enamorada?

Por mi sangre Fairhaven que no iba a permitírselo.

Podía ser irresistible, podría ser seductor, podría tener el aspecto de un ángel caído y, no obstante, St. Claire solo me tendría muerta . Hiciera lo que hiciese.

Pese a todo, esa segunda vez me sorprendí a mí misma observando embobada cómo Valent había tumbado a la muchacha rubia en la mesa cercana, le había separado las piernas y había hundido la lengua entre sus pliegues húmedos y chupado, succionado y mordisqueado con vehemencia hasta que ella estuvo tan preparada, tan cerca de correrse, que penetrarla de un solo movimiento hasta lo más profundo fue cuestión de un simple empujón de cadera.

Me fijé en la manera en que los dedos femeninos se crispaban y se engarfiaban sujetándose a la mesa. La forma en que la joven cerró los ojos y separó los labios para dejar salir un larguísimo gemido con la palabra «amo» encerrada dentro.

Todo aquello y mucho más lo visualicé casi hipnotizada. Solo me apuré en retirar la mirada a toda prisa, cuando Valent me cazó espiando y me dedicó una sonrisa de lobo depredador y hambriento.

De acuerdo. Lo admitía. Acababa de salirse con la suya.

Por un segundo, había latido una maldita chispa de deseo en mi vientre.

Una chispa que yo me encargué de sofocar enseguida.