Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 15
23%

Capítulo 15

Serena de Bravery

Solo de tarde en tarde recuperaba el conocimiento.

La mayoría del tiempo me encontraba embotada y ausente, los sentidos apagados, ajena al mundo que me rodeaba, como si alguien hubiese extraído mi cerebro de su cavidad, dejándolo olvidado sobre una cómoda.

Valent St. Claire venía a visitarme cada pocas horas y su conducta era más y más misteriosa. De no ser porque no estaba en condiciones de procesar información alguna, me habría intrigado. Tras su empuje inicial, su vehemente osadía, ahora no hablaba.

No me provocaba, ni siquiera intentó tocarme.

No había reto ni desafío en sus gestos ni en su mirada. Se limitaba a contemplar mi quietud con cierta preocupación, tal que, si mirándome desde su imponente altura con aquella arrogancia suya y las manos en los bolsillos, fuera a devolverme mi normalidad.

Cuando yo lo que ansiaba era ser libre.

Volver a mi hogar junto a mi familia. Olvidar toda aquella pesadilla…

Y que mi amado esposo estuviese a salvo. En mi situación de aturdimiento, prácticamente lo daba por perdido. Ese era el origen de mi catatonia.

Saberlo en un peligro tan real, tan palpable, me había robado la energía y las ganas de vivir. Nuestro vínculo ancestral vibraba y se resentía a punto de quebrarse.

Si Arthur moría, que me perdonara Soley, yo no deseaba seguir viviendo.

Solo quedaba aguardar el fin.

Que aquel ser, obscenamente bello, pero odioso, que amenazaba con poseerme, diera rienda suelta de una vez a sus perversiones y me asesinara.

Por Dios juraba que no pondría inconvenientes.

La otra opción, desde luego, era escapar. Huir sin mirar atrás, dejando a mi paso un reguero de sangre, de ser necesario.

Mas, ¿cómo conseguirlo?

No era lo bastante fuerte. Estaba prisionera en un foso infestado de vampiros mucho más viejos que yo, me superaban en poder y en número, ¿qué esperaba lograr? Me mantendrían encerrada, convertida en una esclava, un instrumento del que sacar provecho y diversión hasta que me convirtiera en cenizas.

Me costaba volver en mí. Pese a aferrarme a la consciencia con uñas y dientes, apenas si conquistaba unas briznas sueltas de autocontrol.

En uno de esos breves instantes en que recuperé el contacto con la realidad, me percaté de que St. Claire estaba en la alcoba, sentado en su butacón favorito en la esquina frente al lecho, observándome con los ojos ámbar entrecerrados.

Tan perturbador e intimidante como siempre.

—Ya ha sucedido —se limitó a murmurar.

¡Y válganme los infiernos que lo entendí sin necesidad de más detalles!

Todo mi cuerpo se encogió zarandeado por el miedo.

—He de decir que lo siento. También que era inevitable. Nadie habría sido capaz de detener la venganza de Winley. Ahora es usted una respetable esposa sin marido.

Me sobrevino una arcada lo bastante violenta como para separar mi cabeza de los almohadones.

Y otra a continuación, que arqueó mi cuerpo maniatado como si estuviera poseída por los demonios.

Solté un aullido feroz de animal moribundo que repetí hasta agotarme y que fue perdiendo potencia hasta quedar reducido a un lamento casi inaudible.

—Le concederé un tiempo prudencial a fin de que se adapte a las nuevas circunstancias —prosiguió con la misma gelidez—, no espere nada fuera de lo común, no se atreva a abusar. No quiero que piense que soy un monstruo, aunque tampoco se burlará de mi generosidad.

De mi garganta volvió a brotar aquel sonido antinatural que parecía un grito, un rugido y un estertor de muerte, todo al mismo tiempo.

St. Claire abandonó su asiento y se colocó al lado de la cama.

—¿Se encuentra bien, duquesa?

Abrí de golpe los ojos, fijos en su persona, con tal virulencia que lo sobresalté.

Mi bramido de dolor ahora era estentóreo, atronador, y no se detenía. Sacudí brazos y piernas poniendo en cada movimiento el cien por mil de mis reservas de energía.

Una de las correas en mi tobillo saltó por los aires.

Enseguida la siguió la que aprisionaba mi muñeca izquierda.

Le dediqué al conde una sonrisa perversa con la que le prometía una muerte lenta y dolorosa.

No es que Valent se alterara en demasía. Más bien diría que se puso en guardia, listo para contrarrestar mi ataque cuando acabase de soltarme.

Y en simultáneo, se abrió la puerta y entraron cuatro esclavos dispuestos a inmovilizarme de nuevo.

—No le hagáis daño. Reponed las correas, usad otras más fuertes.

Mientras él repartía sus órdenes, yo me retorcía y chillaba como una auténtica demente, mostrando los colmillos en un siseo escalofriante.

—¡Os mataré! —articulé por fin— ¡Juro que os mataré a todos! ¡Empezando por el asesino de mi marido! ¡Lo juro! ¡Lo juro por mi sangre!

Uno de los esclavos me pinchó en el cuello con una solución salina y perdí las fuerzas. Se me aflojaron las piernas, las cuerdas vocales dejaron de obedecer y todo viró a negro.

Cuando recuperé la consciencia, lo primero que advertí es que me habían cambiado de dormitorio. La decoración era más fastuosa y también más sobria, con un indudable aire masculino que me recordaba a Arthur.

Me quebró un sollozo.

Arthur. ¡Arthur! ¡Mi amor!

¿Dónde estabas? ¿Por qué no habías venido a rescatarme? ¿Era cierto?

¿Era horrible, espantosa, insoportablemente cierto que… ya no estabas?

Noté el crujido de lo que debía ser mi corazón bajo las costillas, alojado en mi pecho, ahora reducido a pedazos. El brutal latigazo de tormento que me atravesó de parte a parte con solo pensarlo.

Mi cabello ahora estaba limpio, mi piel también. Llevaba otro camisón nuevo, cuyo escote pronto empezó a empaparse con las lágrimas silenciosas que rodaban por mis mejillas, cayendo más abajo.

Quería morirme. Simplemente dejar de existir. Cuanto antes. Sin Arthur a mi lado ya nada tenía sentido…

Soley.

Mi hijo.

El nieto de Bryen.

Conmigo en aquella prisión, con su padre asesinado, ahora estaba desprotegido, en completo desamparo.

¿Y si el miserable duque ponía sus ojos en él?

Para corromperlo, moldearlo a su conveniencia, ¿para hacer del alma pura y bondadosa de mi vástago el arma con la que fraguar sus maquiavélicos planes?

Él estaba condenado a muerte. Pero Soley era hermoso, sangreazul y era libre.

Podía convertirlo en su brazo ejecutor, en su mano derecha.

Una oleada de pura cólera me consumió los sentidos, engulléndome en una combinación de odio, ira y animadversión.

Tenía que impedirlo. Tenía que socorrer a mi hijo.

Sin embargo, la noticia de la muerte de Arthur me había dejado vapuleada, con la mente difusa, fuera de control.

Todo mi cuerpo, mi capacidad racional estaban como anestesiados y, aunque me aferrara a la esperanza de que Valent me hubiese mentido, mi intuición me advertía de que debía enfrentar lo que no era, sino la verdad.

Tenía que sacar fuerzas de debajo de las piedras, reponerme, buscar aliados, lograr que mi carcelero bajara la guardia, trazar un plan.

Y entonces y solo entonces, huir.

Esa se convirtió, desde ese instante, en mi fijación obsesiva.

Iba a escapar e iba a vengarme del maldito Bryen Winley, antiguo duque de Bravery.  Monstruo entre los monstruos y mi padre por casamiento.