Capítulo 14
Arthur de Bravery
En nombre y bajo el estandarte del primer príncipe de la Hermandad Real, se congregaron más de cien conversos, esclavos y vampiros que, de inmediato, se repartieron por Londres, concediendo idéntica atención al barrido de los barrios bajos que al de las avenidas más elegantes.
Clubes de caballeros, de industriales y de comerciantes.
Clubes deportivos y de boxeo.
Cualquier antro de la condición que fuese, donde pudieran tener retenida a Serena.
Corset me había convencido de varias cosas: abandonar la modesta residencia de St. Jame´s junto con Soley, e instalarnos temporalmente en su mansión, mucho más protegidos, y concederles dos días a las cuadrillas de búsqueda antes de lanzarnos a lo demente a la dirección que se nos indicó en aquella misiva anónima, que olía a trampa a la legua.
Me negué a que fueran más de veinticuatro horas.
Y acababan de cumplirse. Sin resultado ni rastro de Serena.
Desde la desaparición de mi mujer y hasta que la misiva llegó, Corset aseguró que era la primera vez que me veía derrotado desde que me conocía. Que mi seguridad, mi arrogancia de siempre, se habían volatilizado.
Sé que estaba demacrado y hundido.
Que me pasaba día y noche en la calle, buscando a mi esposa.
Y que en los escasos momentos en que no batía los callejones a la desesperada, malgastaba el rato elucubrando rocambolescas teorías acerca de quién había podido ser el ejecutor del rapto y dónde podían tenerla.
Cogí la pistola que acababa de limpiar a fondo y cargar con plata y la acomodé dentro del abrigo, junto a la estaca de madera bien afilada. Con las mandíbulas tan apretadas como mis dientes podían resistir, miré a Corset, su pistola delante, sobre la mesa, a la que contemplaba con aprensión.
Lady Corset, a su vez, nos vigilaba temerosa desde su sofá y su servicio de té.
—Me han hablado de un militar retirado… —arrancó la dama, sobrecogida—.
Dicen que es muy capaz, tiene relaciones poco honorables, aunque a todos los niveles.
Aseguran que se mueve entre las clases bajas como pez en el agua.
Podríamos encargarle que investigase el verdadero paradero de Serena, si bien no dejo de preguntarme si será respetable acudir a un hombre de su condición…
La poca paciencia que me restaba se evaporó en forma de nube, como un estallido de pestilente azufre.
—Lady Corset, le agradezco sus intentos, pero no voy a malgastar más tiempo.
De seguir considerando que aquí la presa es Serena, en lugar de yo mismo, puede que para cuando queramos actuar sea demasiado tarde.
Si ella no se encuentra hoy entre nosotros es solo porque retenerla es la vía más rápida y efectiva para acorralarme y ponerme a mí las garras encima.
—Me cerré el gabán—. Voy a darles lo que quieren.
Mi mujer no estará en manos de esa gente abominable ni un segundo más.
Allistair dio un paso nervioso hacia adelante.
—Bravery, se lo ruego, no se precipite. Nada ganaremos perdiéndolos a ambos.
Alcé las pupilas y atravesé al conde con toda su aflicción.
—Corset. Sé que las intenciones de la logia son acabar con la Hermandad Real. Lo intentarán con toda la artillería, tarde o temprano. Y sé que su propósito es retardarlo cuanto más, mejor. El caso es que no jugaré con la vida de mi esposa, espero que lo entiendan.
—Claro que lo entendemos, Bravery, lo entendemos… Solo buscaba ser precavido.
Tomé la chistera abandonada en una butaca y me la coloqué en la cabeza.
—Se acabaron las precauciones. Si no quiere acompañarme, no se lo tomaré en cuenta. Tengo a gente lista y preparada aguardando en la calle y usted tiene a su familia, que depende de sus cuidados.
Corset se hizo con el arma y también con su sombrero, torpe y agobiado.
—Condesa —me giré desde la puerta y le hablé tenso, por encima del hombro—, cuide de que mi hijo siga sin saber nada de lo que sucede. Y que bajo ningún concepto salga de la mansión. Gracias.
El conde y yo apoyamos con brío las suelas de nuestras botas en el adoquinado de la calle.
La niebla era espesa, envolvente y dificultaba la visión, aunque desde luego, no iba a frenarnos.
Conforme al contenido de la nota original, debíamos acudir a Borough, al sur del Támesis, un área industrial muy activa y poblada, ya revisada por nuestra gente, atestada de almacenes, fábricas y tabernas, en cuyo laberíntico mapa destacaba la vieja Marshalsea, la cárcel cerrada en 1842, todavía parcialmente en pie.
Allí se supone que nos darían información adicional y datos.
Sin intercambiar más palabras, subimos a los carruajes y marchamos directos a la madriguera de la bestia.
El hedor a humedad vieja y sangre seca me golpeó al cruzar el umbral del edificio.
Incluso para un vampiro acostumbrado a los aromas de la muerte, aquel lugar tenía un aliento distinto: el de la desesperación atrapada en piedra.
La prisión llevaba veinte años cerrada, y, sin embargo, aún gemía con los susurros de los que nunca salieron vivos de sus celdas.
Avancé entre los muros de ladrillo ennegrecido, el suelo resbaladizo bajo mis pies. Cada paso crujía entre la grava y el musgo, como si el propio edificio protestara por la invasión. El farol que llevaba Marius, guardaespaldas de lord Corset, apenas arrancaba formas al aire.
No había viento, ni ratas.
Demasiado silencio.
Tenía mis dudas acerca de que aquel fuese el destino final. Husmeé el aire buscando a Serena. Su olor, su esencia viva y encendida. De tenerla allí cautiva, se habría enredado en la atmósfera como una promesa de esperanza.
Sin embargo, no la detectaba.
Iba en vanguardia, con Corset y Marius, su hombre de confianza, a mi flanco, y el resto del pequeño ejército desperdigado alrededor. Doblé una esquina, y ahí estaba.
La vieja sala común de los deudores.
O lo que quedaba de ella: una caverna baja con vigas podridas, cadenas colgantes y una silla al fondo. Y sobre esa silla… mi esposa Serena. Atada, amordazada, el pelo revuelto, la cabeza hundida contra el esternón y el vestido hecho jirones. Con excepción de la suciedad, demasiado visible.
Demasiado intacta.
Y entonces lo oí: una voz gélida y cruel que, por desgracia, conocía muy bien.
—Llegas tarde, Arthur. Como siempre que hay sangre por derramar. Tarde.
Bryen. Maldita fuera su estirpe inmortal.
Emergió de entre las sombras tal que un recuerdo mal enterrado, su sonrisa tan afilada como sus colmillos.
Lo flanqueaban tres criaturas famélicas, de piel tensa y mirada vacía.
Escoria con ambición. Tras ellos, distinguí la alta silueta de St. Claire, imponente y neutra en un segundo plano, sin interés alguno por intervenir.
Al menos, de momento. Porque enseguida dejé de verlo.
No respondí a la provocación. Solo tomé las armas, desabotoné mi abrigo y lo dejé caer. Mi corazón, si aún le quedaba algo de latido, marcaba un ritmo antiguo. Un compás de guerra. De juicio y sentencia de muerte.
Bryen dio un paso y se acercó a la mujer. Antes de que la agarrara salvajemente por el pelo y tirase de su cabeza hacia atrás para que yo pudiera verle el rostro, ya había adivinado que no se trataba de Serena. No era más que un señuelo para hacernos perder el tiempo y desarmarnos.
—¿Dónde está? —silabeé mascando cada letra.
—No la encontrarás ni volverás a verla. Menudo primer príncipe lastimoso has resultado ser —se mofó—. Tú ya no mandas, no deberías. Llevarás a los Reales al desastre. Esta ciudad merece un linaje más fuerte. Menos… entregado al sentimiento.
—Se equivoca —le dije, y mi voz llenó la sala como un trueno sordo—. Como casi siempre, cree saberlo todo y vuelve a equivocarse en lo esencial.
Lo supe. Sentí la convicción de que Serena no estaba en Marshalsea, de que mi padre, con toda probabilidad intentaría matarme y que, de conseguirlo, no quedaría nadie dispuesto a rescatar a mi esposa. Soley quedaría desamparado y huérfano.
Que abandonar Viena para regresar a Londres había sido una terrible equivocación que no debimos cometer.
Anticipando un alarido animal, el primero de sus perros se lanzó en mi contra.
Con apoyo de otro de los nuestros y una fuerza brutal, lo intercepté para estrellarlo contra la pared, con un chasquido de huesos rotos.
Las cadenas tintinearon. Más criaturas brotaron de entre las sombras observándonos con hostilidad.
El aire se volvió rojo.
Y entonces, las pupilas llameantes de mi padre se encontraron con las mías, gritando su sórdida declaración de guerra.
Bryen y yo embestimos como dragones, para fundirnos en el caos.