Capítulo 13
Valent St. Claire
Aquella pelirroja indómita seguramente tenía mucho que ofrecer en el lecho.
Y me juré que degustaría hasta el más insignificante de sus atractivos.
Pero mi obsesión seguía teniendo nombre de duquesa.
Deseaba a Serena desde aquella vez en que estuvo a punto de ser mía y decidí devolverla a los brazos de su esposo, solo porque estaba encinta.
A veces no entendía esa irritante y absolutamente inútil moralidad mía.
En cualquier caso, los dioses recompensaron mi paciencia. Al que sabe esperar le llega su ocasión, y allí estaba. Indefensa, desamparada, podía usarla a mi antojo.
Y sin embargo… Lo que yo quería es que me deseara. Anhelaba doblegar su rebeldía, que se me ofreciera gustosa porque era su camino y su destino, no porque la obligase por la fuerza.
Sin querer pecar de vanidad, la simple posibilidad de que una mujer me negara sus favores resultaba impensable. Pese a ello, tratándose de una dama enamorada de otro, como Serena, el ascenso a la cúspide se haría pedregoso y difícil.
No tenía prisa, resolví pensando en las dos iniciadas que acababa de recibir. En las curvas deliciosas de la del pelo rojo, en la inocencia que latía en los ojos candorosos de la otra llamada Lia. En el exquisito olor a sangre fresca de las dos.
Tenía con qué entretenerme mientras esperaba.
Codiciaba a Serena con cada fibra de mi ser inmortal.
Que me dedicase miradas rebosantes de amor.
Ambicionaba poseerla como nunca antes había perseguido nada.
Esa escena, todavía imaginaria, en la que ella se arrojaba a mis brazos y buscaba con pasión mi boca, me obsesionaba a tal punto que no podía pensar en otra cosa.
Algo muy peligroso.
La delicada tesitura que en aquellos momentos atravesaba la Rosa Negra lo exigía todo de mí, mi atención íntegra.
Reflexión, análisis, ojo avizor, escuchas.
Debía mantenerme alerta, aguzar al máximo los sentidos, estar en todas partes al mismo tiempo, detectar a los posibles traidores antes de que respirasen o provocaran el primer giro de los acontecimientos.
Winley estaba desgastado y viejo. Obstinado con sus propias represalias y desquites. Si la logia quería crecer, convertirse en un oponente digno frente a los Reales, ocupar la posición que le correspondía en el país, las cosas dependían de mí.
De mí, sobre todo.
Pasé un par de horas reunido en la gran sala con los principales Maestres, discutiendo las maniobras que nos conducirían a controlar los muelles y el movimiento de las mercancías a través del mar, desplazando la autoridad de los Reales.
No negaré que solo parte de mi cabeza y mi juicio debatía los documentos y propuestas sobre la mesa. El resto de mí se encontraba lejos, perdido en la alcoba donde Serena resistía, maniatada y entre dos mundos.
Me habían informado de su estado catatónico.
Desde la última vez que la había visitado, ella parecía no sentir ni padecer.
Miraba al techo de un modo fijo, casi sin pestañear, se dejaba hacer, inanimada, cuando la aseaban y se alimentaba con lo mínimo y a la fuerza, apenas un par de copas de sangre al día.
Serena empezaba a preocuparme.
—Entonces, milord, ¿firmamos los nuevos acuerdos con los vigilantes en los muelles?
La pregunta, posiblemente repetida en más de una ocasión ante mi falta de respuesta, me hizo salir de mi ensimismamiento. Sacudí la cabeza para liberarla de desasosiegos y presté atención, contentándolo con un cabeceo.
Mis consejeros estaban a punto de abandonar la mesa, cuando apareció Winley congestionado y chillando, hecho un auténtico basilisco.
—¡Todo el mundo fuera! —bramó, apuntando a la puerta con el dedo estirado— ¡Fuera, he dicho!
En lugar de obedecer, los nueve vampiros me miraron a mí solicitando mi venia, algo que debió encolerizar sobremanera al antiguo duque. Volví a asentir con un gesto y se retiraron.
—No debería entrar aquí en esas condiciones, Winley —lo amonesté sin perder la calma en cuanto nos dejaron a solas.
—Que sea la última vez que te confieres atribuciones que no posees. No puedes reunirte con el consejo y tomar decisiones a mis espaldas.
Lo repasé de cabeza a pies con algo muy parecido a la condescendencia. Él, por su parte, me mostró amenazador los colmillos.
—¿Qué pretendía con su teatral aparición? ¿Humillarme delante de los Maestres?
—Ocupas un lugar y ejerces una autoridad que no te corresponde.
—¿Puede saberse por qué no?
—¡Yo soy la cabeza de la Rosa Negra!
—¡Usted es un fugitivo! ¡Una cabeza en la sombra! Estará acabado en cuanto los Reales sepan dónde encontrarle. ¿Cómo piensa que la logia continuó avanzando en su ausencia? ¿Por arte de magia? ¿O porque yo estaba aquí? Ocupando ese puesto que se supone que no me corresponde.
—Fue un arreglo circunstancial —trató de patalear.
Solté una carcajada burlona en su misma cara. Winley me miró con verdadero odio.
—Circunstancial. ¿Y debe de serlo también ahora, que tan ocupado se encuentra fraguando su revancha contra el actual duque… su hijo?
—Lo dices como si no fuese capaz de ocuparme de nada más.
—Para usted, eso es ahora lo más relevante. Y no crea que no lo entiendo. Sin embargo, el resto de diligencias y trámites que trata de poner en marcha, el asunto de los muelles, esos métodos suyos…
Dejé adrede la frase sin acabar.
—Entiendo que te muestras en desacuerdo.
—Acierta. Es un procedimiento sumamente arriesgado, que puede volverse en nuestra contra en cualquier momento.
—En función de hasta dónde seamos capaces de controlarlo para que juegue siempre a nuestro favor.
—Winley…
—¡Eres un niño malcriado y consentido, St. Claire! Y yo, aquel que debe decidir, por mucho que te pese. De puertas para adentro, estás en un segundo lugar o en el que yo decida asignarte, ¿recuerdas?
Incliné la cabeza y me guardé para mí mis opiniones.
—Centrémonos en zanjar la espinosa cuestión de su hijo.
—¿Te has follado ya a esa zorra impertinente de mi nuera?
Lo miré impávido y mis comisuras temblaron un instante con el atisbo de una fría sonrisa.
—Desde luego que sí. ¿Acaso lo dudaba?